domingo, 17 de junio de 2012

El asesino hiponcondríaco, de Juan Jacinto Muñoz Rengel.

EL ASESINO HIPOCONDRÍACO, de Juan Jacinto Muñoz Rengel.


¿Pueden imaginarse a un hipocondríaco, elevado a la décima potencia, y que además sea un asesino? ¿Se imaginan cómo interferiría esa hipocondría, y todo lo que ésta conlleva, a la hora de acometer la tarea que le ha sido encomendada? Dejen de imaginar, porque ese asesino existe ya. Sus iniciales son M.Y., aunque es más conocido por todos como el señor Y.: un asesino de moral y puntualidad kantiana, que lleva un año y dos meses intentado asesinar a Eduardo Blaisten, un hombre que bien podría ser su antagonista: lleno de vitalidad, de salud envidiable, ligero en su caminar, que tiene una amante, y que siempre está sonriente; es decir, que tiene todo de lo que carece nuestro señor Y.  Y es que el lector, observando todos los tejemanejes del señor Y., termina compadeciéndose de él y  de su  mala suerte, que le acompaña y acecha desde el mismo día en el que nació.

        A través de esta historia iremos viendo cómo se las ingenia para intentar asesinar al señor Blaisten, y entre los múltiples encuentros y desencuentros con su futura víctima –en el metro, en el Starbucks, Guadarrama y calles de Madrid –también habrá tiempo para que nos cuente anécdotas y curiosidades que ha ido recopilando a lo largo de su vida, y  que guardan relación con  personajes de los que se considera un alma gemela. Antes que él, ellas padecieron multitud de penalidades y enfermedades, y como él, parecían estar asediadas por la mala suerte. Y entonces nos encontraremos con Edgar Allan Poe, los hermanos Goncourt, Jonathan Swift, Descartes, Lord Byron, Tolstói, Molière, Nietzsche o Joseph Merrick, más conocido como El hombre elefante (un espíritu sensible y atormentado, encerrado en un cuerpo de pesadilla).

        El señor Y. también es un espíritu sensible, atormentado y encerrado en un cuerpo de pesadilla (un pie afectado de gigantismo, un homúnculo en el cuello)  y nos enternece cuando nos cuenta que no tiene a nadie a quien confiar sus penas, reconociendo que se siente muy solo. Es un asesino, pero si no ha quedado claro ya, un asesino muy peculiar. Un asesino al que le sale alguna lagrimilla, que cumple con la palabra dada, que bebe té, y que se sonroja y tapa los ojos cuando sin querer ve los pechos de una mujer.

        Un asesino hipocondríaco que hará repaso de todos y cada uno de su males: el Mal de Ondina, el Síndrome del Acento Extranjero, el Síndrome de Proteus, el Síndrome del Espasmo Profesional, y otros desórdenes sin clasificar, pero sobre todo, un asesino que nos hará pasar un buen rato, entretenido y divertido.

        Juan Jacinto Muñoz Rengel tiene publicados también dos libros de relatos, 88 Mill Lane y De mecánica y alquimia. El asesino hipocondríaco es su primera novela, y ya va por su 4ª edición.   Ha tenido muy buena acogida por parte de la crítica http://www.elasesinohipocondriaco.com, como por parte de sus lectores:  http://twitter.com/#!/ahipocondriaco

  Patricia L.



miércoles, 13 de junio de 2012

Una habitación propia, de Virginia Woolf.

Estamos en 1928, año en el que le pidieron a Virginia Woolf (Londres 1882- Lewes 1941) que diese una conferencia sobre las mujeres y la novela. De esa petición nacieron dos textos que excedían los límites del evento, y de ellos, Una habitación propia. 

En la página 11 nos encontramos a la señora Woolf  lista para ir a dar un paseo. Así que más que pasar páginas, nosotros, no meros lectores, atravesaremos puentes, observaremos ríos, lilas, tulipanes y otras flores primaverales, a la par que nos iremos adentrando en el discurrir de la propia narradora. Un discurrir que en ningún momento trata de sentar cátedra, sino que trata de clarificar lo que no se comprende del todo bien.

Saldremos de la Naturaleza
y nos llevará a una Biblioteca, y allí, junto a ella, nos sorprenderemos de la cantidad de páginas y más páginas que se han escrito sobre las mujeres, y sobre todo, de que siempre haya sido la pluma del otro sexo quien haya vertido la tinta acerca del tema. Libros, que al margen del interés cultural que entrañan, sin embargo, considera la Woolf,  han sido escritos a la luz roja de la emoción, no bajo la luz blanca de la verdad. 

¿Y dónde estaban las mujeres? –se pregunta. Qué pocas referencias encuentra Virginia –tan curiosa ella –sobre las condiciones en las que éstas vivían. Lo que si encuentra es a la mujer como personaje, pero un personaje que desgraciadamente, estaba a años luz de su referente en la realidad: Algunas de las palabras más inspiradas, de los pensamientos más profundos salen en la literatura de sus labios; en la vida real, sabía apenas leer, apenas escribir y era propiedad de su marido.            

Se sincera, cuando nos cuenta, que en un primer momento dio más importancia al hecho de que una tía suya le dejase una herencia de 500 libras
al año, que al enterarse, más o menos ese mismo día, que habían aprobado la ley que permitía el voto a las mujeres. La primera noticia se le antojó de mayor relevancia.

Si estuviese en sus manos, quedaría reflejado en los manuales de Historia el momento en el que la mujer empezó a ganar dinero gracias a la escritura, a finales del siglo XVIII: El dinero dignifica lo que es frívolo si no está pagado. Quizá seguía estando de moda burlarse de las <<marisabidillas>> con la manía de garabatear, pero no se podía negar que podían poner dinero en su monedero.

Nos habla de una predecesora de este hecho, Aphra Behn, y considera que sin ella, y todas las que fueron abriendo camino en este sentido, no existirían las Jane Austen, las hermanas Brontë y las George Eliot. Gracias a Aphra Behen la mujer conquistó el derecho a decir lo que le parecía. Y ahora,  las mujeres de clase media, y ya no sólo las aristócratas, podrían escribir. Aunque eso sí, todavía en la salita de estar.

Y Jane Austen, George Eliot, Charlotte y Emily Brönte,  están ahí, en los estantes del siglo XIX, en los que Woolf se encuentra, por primera vez con gran cantidad de libros escritos por mujeres. Mujeres, que como hemos dicho, aún no contaban con una habitación propia en la que poder escribir tranquilamente, y que sentían constantemente los efectos de las interrupciones. Todavía oímos los lamentos de Miss Nightingale, <<las mujeres nunca disponían de media hora… que pudieran llamar suya>>.

Jane Austen, por ejemplo, escribió todas sus novelas en la sala de estar. Y su formación literaria, como la del resto, se limitaba a lo que observaban desde ella. Ahí empezaban y terminaban los límites de su mundo. Aunque de esos pequeños  y concurridos espacios,  de esas salas en las que pasaban sus días,  salieron obras como Emma, Villette, Cumbres borrascosas, Middlemarch, o Jane Eyre, con sus personajes femeninos más independientes, con otros matices, ya más ricos y más complejos, que aquéllos otros que habían sido creados por el otro sexo, y que siempre los definían en relación a él.

Jane, Emily, Charlotë y George Eliot, revelaban con sus personajes que  las mujeres tenían otras inquietudes, otros intereses que traspasaban el mundo doméstico. 
           
            Y ahora, nosotros, en el 2012, cerramos Una habitación propia, y pensamos que si tuviésemos que continuar escribiendo ese periplo, tendríamos que seguir caminando y entonces, en ese caminar,  nos  encontraríamos con ella, con Virginia Woolf, con esa mujer que disponía de 500 libras
al año, que le dejaban tiempo para poder contemplar, y que disponía de una habitación propia, con pestillo, para que no entrara nadie y así no ser molestada en su oficio; sí, nos la encontraríamos ahí, sin sentir vergüenza por escribir, con  plena libertad para pensar lo que le diese la gana,  sin que alguien viniera a decirle, <<no, así no>>. ¿Qué estará escribiendo? Acérquense y miren la hoja: Sólo se me ocurre decir, breve y prosaicamente, que es mucho más importante ser uno mismo que cualquier otra cosa. No soñéis con influenciar a otra gente, os diría si supiera hacerlo vibrar con exaltación. Pensad en las cosas en sí.
           
            Después de ese <<pensad en las cosas en sí>>,  la seguiríamos un rato, a ella, a una de las más grandes escritoras de la Historia
y la veríamos observando a una muchacha detrás de un mostrador y la escritora, se diría, que le gustaría leer la pequeña historia de esa joven, conocer fragmentos de su vida, antes que volver a leer la ni se sabe ya qué número biografía de Napoleón.

            Y termino con algo que dice Virginia Woolf respecto a la lectura de algunos libros que considera fundamentales  y que se ajusta perfectamente a lo que sentimos cuando nos adentramos en los suyos:

La lectura de estos libros parece, curiosamente, operar nuestros sentidos de cataratas; después de leerlos vemos con más intensidad; el mundo parece haberse despojado el velo que lo cubría y haber cobrado una vida más intensa.

Patricia L.


sábado, 9 de junio de 2012

Kubrick y la filosofía, de José Manuel Campillo Ortega.



Sin ser  Kubrick mi director favorito, la primera experiencia con el mundo de los e-books ha sido Kubrick y la Filosofía, de José Manuel Campillo Ortega. Que eligiera este libro y no cualquier otro, supongo que guarda relación con el hecho de que me dejaran una caja con todas las películas del cineasta. Y es que a Kubrick quería darle otra oportunidad.

 Cuando terminé de leer este libro pensé que qué motivador hubiese sido tener una asignatura con los contenidos y la metodología que encontramos en  él. Acercarnos a cuestiones que nos tocan tan de cerca, por formar parte ineludible de nuestra existencia, como son el valor, el miedo, la amistad, el respeto, las obsesiones, la libertad, el poder, el azar, las convenciones sociales, el sexo, los sueños, el carisma, la violencia, los errores, etc., a través de la obra de un cineasta tan estéticamente atrayente como Kubrick. Porque uno puede ser fan o no de Kubrick, incluso puede amarle u odiarle, pero todos guardamos en un lugar de nuestra memoria imágenes de algunas de sus películas. El maestro de la imagen por excelencia pone el énfasis (aunque no sea consciente del todo) en ella, no en la palabra. Y como más adelante señala Campillo, esas imágenes son inseparables de la música que las acompañan: Así habló Zaratustra, el Danubio Azul, la Novena Sinfonía

J.M. Campillo Ortega plantea y analiza de un modo accesible, pero sin perder el rigor que bien se merecen, los temas mencionados más arriba, desmigando –con el acierto de no desvelar los finales de los films, o claves que considera que debemos ser nosotros, los espectadores, quienes las investiguemos –once películas. Pondré al lado de ellas, en cursiva, los libros y autores elegidos por Kubrick para hacer su adaptación al cine, ya que estamos en A leer que son 2 días, y aunque el libro que toca es Kubrick y la Filosofía, puede que su lectura nos abra el apetito de muchas otras:  

1. Atraco perfecto.  Clean Break, de Lionel White.
2. Senderos de gloria. Senderos de gloria, de Humphrey Cobb.
3. Espartaco.  Espartaco, de Howard Fast.
4. Lolita. Lolita, de Vladimir  Nabokov
5. ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. Red Alert, de Peter George.
6. 2001: Una odisea del espacio.  El centinela, de Arthur C. Clarke.
7. La naranja mecánica. La naranja mecánica, de Anthony Burgess.
8. Barry Lyndon. La suerte de Barry Lyndon, de William M. Thackeray.
9. El resplandor.  El resplandor, de Stephen King.
10. La chaqueta metálica. The short-times, de Gustav Harford.
11. Eyes Wide Shut. Relato soñado, de A. Schnitzler.  

Como compañeros para su ensayo, para su homenaje al director, el autor ha elegido a Freud, Jung, Platón, Aristóteles, Hume, Marx, Pavlov, Nietzsche, Hobbes, Rousseau, Sartre, Foucault, entre muchos otros, sirviéndose del acercamiento a estos pensadores para comprender más y mejor eso que llamamos <<la condición humana>>.  (Con una bibliografía al final que es todo un postre). Y todos girando alrededor de Kubrick, de sus historias. Algo importante: no es necesario haber visto las películas del cineasta para seguir el ensayo, aunque después de leerlo apetecerá verlas. Como apetecerá leer, ¡por fin! Lolita de Nabokov. Y Relato soñado, la novela de A. Schnitzler que Campillo Ortega califica de <<extraordinaria>>.

En el documental Stanley Kubrick: Una vida en imágenes,  Woody Allen al comentar 2001: Una odisea en el espacio, dice que la primera vez que vio esta película no le gustó nada. Luego una amiga le transmitió su entusiasmo por ella, y decidieron ir otra vez al cine. En esa ocasión le gustó bastante más. Y a la tercera, la vencida: le entusiasmó. Esta anécdota, también le sirve a J.M. Campillo para hacer un paralelismo entre la experiencia del visionado de las películas de Kubrick y dos formas de quedar atrapado en las redes de una mujer: la obra de Kubrick no es la mujer que te conquista a primera vista; es la luchadora, la que está ahí, la que al final no te gana para un momento, sino para toda la vida.

            Y me encanta que termine prácticamente su libro así, porque como ya dije, quiero darle otra oportunidad a Kubrick. No sé si el cine de Kubrick me ganará para toda la vida pero lo que sí puedo asegurar es que el libro de Campillo Ortega me ha resultado muy seductor, y me ha transmitido, como aquella amiga le transmitió a Woody Allen, esa pasión por su cine.  Como el señor Allen, volveré a sentarme en el sofá… y PLAY.  Que empiece la función. Y a la segunda o a la tercera…
 
Patricia L.
Esta entrada también está publicada en el blog colectivo ALQS2D, para leer comentarios puedes hacer

domingo, 13 de mayo de 2012

Las recomendaciones.

Seguro que les ha pasado alguna vez. Seguro que les ha pasado muchas veces. Han tenido un sueño muy profundo, despiertan y no saben qué día es. Durante unas décimas de segundo piensan, igual es un día laboral o igual es… Igual es domingo. Sí, es domingo. Y se dicen que qué gustito, que tienen todo el domingo por delante. Y durante otros segundos piensan en lo mal parado que suele estar el domingo, la mala prensa que tiene este día, pero que sin embargo, a ustedes les gusta, que el domingo es otro día más, otro día igual o mejor, con mil posibilidades. Y se hacen los remolones en la cama, y ya están oliendo el café recién hecho, y el pan tostado con mantequilla y mermelada.

        Este es un domingo de recomendaciones. No un domingo en el que me apetezca recomendar algo, sino un domingo en el que pienso en los días que van por delante de él, o por detrás, según se mire, y en los que me han hecho muchas recomendaciones.

1. L. me recomendó Los enamoramientos de Javier Marías. L. no sólo me hizo una recomendación, también me dejó el libro. Inverosímilmente logramos convencernos de nuestros azarosos enamoramientos, y son muchos los que creen ver la mano del destino en lo que no es más que una rifa de pueblo cuando ya agoniza el verano…
         Qué fino hila siempre Javier Marías. Uno de los personajes de esta historia, le relata a otro, a María, una novela corta de Balzac: El coronel Chabert. Ese coronel que fue dado por muerto en la guerra, pero que seguía vivo. En Los enamoramientos se nos abren muchos interrogantes. Uno de ellos: ¿Qué pasaría si los muertos volviesen a la vida? ¿No se encontrarían con un mundo que ya no es el suyo? ¿Acaso seguiría el lugar que ocupaban, intacto para ser de nuevo ocupado por ellos, o por el contrario, habría desaparecido dicho lugar? ¿Querrían los que siguen aquí, por mucho sufrimiento que les hubiese causado en su día su desaparición, su salida, su marcha, pasado bastante tiempo, que regresaran los muertos a sus vidas?
Me acordé del libro de Vila-Matas, Bartleby y compañía. En aquel libro se hablaba de escritores que un día dejaron de escribir. En una entrevista, Vila-Matas contaba que recibió muchas cartas de lectores para señalarle escritores que un día también dejaron de escribir, pero que no estaban incluidos en su Bartleby y compañía. En Los enamoramientos, Javier Marías habla de muertos, o aparentemente-muertos que regresan al mundo de los vivos, y por eso menciona uno de sus personajes esa novelita de Balzac, la del coronel Chabert, como también mencionan Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas, porque aparece en ese libro el personaje Milady, que aparentemente murió, asesinada por su marido Athos, aunque luego resulta que está viva; descubriendo Athos, más tarde,  que aquélla que creía muerta seguía vivita y coleando.
El viernes fuimos a ver La pesca de salmón en Yemen. Una película divertida, una película simpática, una película que nos gustó mucho a las tres personas que nos metimos en la sala. Una película, en la que también –y podríamos escribir una carta a Javier Marías –casualmente  aparece un personaje que es dado por muerto y no lo está. ¿Recuperará el hilo de su vida, como lo recuperó Ulises, al que le seguía esperando Penélope, o tendrá que empezar de  nuevo porque ya no le espera nadie?

        2. Minutos antes de subir al club de lectura, una compañera, MR., me recomendó dos películas: Estación Termini, de Vittorio de Sica y El ángel azul, de Josef Von Sternberg. Las dos, como los domingos, me han gustado mucho. En la primera actúa Montgomery Clift, aquél íntimo de Elizabeth Taylor, que murió a los cuarenta y cinco años. La misma edad a la que murió Francisco Casavella. El próximo libro que tenemos que leer para el club es Lo que sé de los vampiros de Casavella. Un libro al que tenía ganas de hincarle el diente, así, en plan vampira, y que me regaló hace pocos meses mi tío C. La verdad es que quería leer cualquier libro de Casavella. No sé si saben que Francisco Casavella, en realidad no se llamaba Francisco Casavella, sino Francisco García Hortelano. Sus apellidos ya los tenía otro escritor, Juan García Hortelano, y Casavella, cuando todavía no era Casavella, y era muy jovencito, se interesó por ese señor que tenía sus mismos apellidos, y por eso se compró El gran momento de Mary Tribune. Le pareció tan grande el escritor, que por respeto a él decidió cambiarse los apellidos. Y así murió Francisco García Hortelano y  nació Francisco Casavella. Todo esto lo he leído en un artículo suyo, El gran momento, recogido en el libro Elevación, elegancia y entusiasmo. Artículos y ensayos (1984-2008). Un libro que recoge todos los textos de no-ficción de Casavella. Un libro que ya tenía en mi casa, porque como he dicho, a Casavella hace tiempo que quiero hincarle el diente. Pero cada lectura tiene su momento, y el momento de Casavella ha llegado ahora. Se preguntarán, ¿y por qué sabes que ha llegado ese momento? Y yo les contesto -imitando una escena de La pesca de salmón en Yemen- como le contesta y le sorprende con su respuesta Ewan McGregor (hombre científico, hombre-razón, hombre de poca fe) a Amr Waked (hombre espiritual, hombre de fe): PORQUE LO SÉ. Así, sin explicaciones. Porque no necesito de ellas. Como no necesita ese hombre de ciencia explicar por qué de repente, y en contra de todo su raciocinio, siente que un plan descabellado, un plan a todas luces imposible,  sin embargo, puede ser… puede que funcione… Porque sí. Porque sabe que es así.
 PORQUE LO SÉ.

        3. Ayer me llamó D. El viernes, mientras nosotros estábamos viendo La pesca de salmón en Yemen, ella y J. estaban en otra sala viendo la última de Tim Burton con Jhonny Depp: Sombras tenebrosas. Me alegra que D. me recomiende esta película, porque había perdido toda ilusión por ver a los dos trabajando de nuevo juntos.

        4. En casa de L. llené una bolsa con libros para mi sobrino y películas para ver de domingo a domingo: Dogville, El violinista en el tejado, El cazador, Perros de paja, Perdición, Cumbres borrascosas, Descalzos en el parque, Osama, El aura, Memorias de África, Enamorarse, La importancia de llamarse Ernesto. Como si los Reyes Magos se hubiesen presentado en pleno mayo, con treinta grados, en Madrid. Películas para ver por primera vez, y para volver a ver por no sé cuántas veces ya.

        5. Mi hermano esta semana me ha dejado toda la filmografía o casi toda de Stanley Kubric. Y mi madre me ha vuelto a hablar y recomendar el libro sobre Leonora Carrington. El libro que ha escrito Elena Poniatowska sobre la pintora surrealista, esa pintora que iba a contracorriente –como los salmones en Yemen –esa pintora a la que encerraron en un psiquiátrico en Santander, esa pintora que también escribía, esa pintora-escritora que estaba con Picasso, con Joan Miró, con Dalí…
¿Qué ganas, no?
La posada del Caballo del Alba (1936-1937),  autorretrato de Leonora Carrington
6. Recibí otra recomendación vía correo electrónico de un compañero de la Facultad: si puedes, lee a Thomas Hardy. En concreto: Jude el oscuro. En la Biblioteca he conseguido de Hardy, El alcalde de Casterbridge. Aunque ahora es el momento, PORQUE LO SÉ, de Francisco Casavella.
¡Buen domingo de posibilidades!
P.L.

sábado, 5 de mayo de 2012

El derecho a no terminar un libro.

Así empieza Yo,Claudio, de Robert Graves: Yo, Tiberio Claudio Druso Nérón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá (porque no pienso molestarlos todavía con todos mis títulos), que otrora, no hace mucho, fui conocido por mis parientes, amigos y colaboradores como <<Claudio el Idiota>>, o <<Ese Claudio>>, o <<Claudio el Tartamudo>> o <<Clau-Clau-Claudio>>, o, cuando mucho, como <<El pobre tío Claudio>>, voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida.

Así empieza Yo,Claudio, la serie de televisión basada en las dos novelas de Graves, Yo,Claudio y Claudio el dios y su esposa Mesalina: Yo, Tiberio Claudio Druso Nérón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá, conocido no hace mucho tiempo por amigos y parientes como <<Claudio el Idiota>>, o <<el Tonto de Claudio>> o <<Claudio el Tartamudo>>, voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida.

El martes tenemos la reunión del club de lectura, y Yo,Claudio es el libro que trataremos. Empecé a ver la serie porque no podía más con la historia escrita por Graves sobre la Roma imperial. La Roma imperial contada a través del personaje Claudio (sí, él, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá) quien se convertiría más tarde –quién se lo iba a decir a todos los que se burlaban de él –en emperador. Lo intenté, hice un gran esfuerzo, llegué hasta la página 288 (me faltaban 273 para terminarlo) hasta que me dije, o yo, o él, él, él: Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá.

Respecto a la serie, no llegué ni a los treinta minutos. M. me dejó el viernes la serie entera. 650 minutos que me esperaban contenidos en 6 DVD. Ya lo tenía organizado: 2 el viernes; 2 el sábado; y mañana, domingo, los 2 últimos. Podría ver lo que se me resistía en la lectura. Imposible. Así que recordé los derechos imprescriptibles del lector que enumera Daniel Pennac en su libro Como una novela (un libro orientado a meter el gusanillo de la lectura en los más jóvenes):

  1. El derecho a no leer.
  2. El derecho a saltarse páginas.
  3. El derecho a no terminar un libro.
  4. El derecho a releer.
  5. El derecho a leer cualquier cosa.
  6. El derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual).
  7. El derecho a leer en cualquier lugar.
  8. El derecho a hojear.
  9. El derecho a leer en voz alta.
  10. El derecho a callarnos.

Qué a gusto me quedé. Se me estaba poniendo ya cara acelgada con todos los líos de Livia, Augusto, Tiberio, Julia, Germánico y compañía. Qué culebrón. Cuántas batallas. Cuántos destierros. Y el miedo a ser envenenado. Y cuántos hermanastros. Vaya árbol genealógico. Y calculaba cuántas páginas tenía que leerme al día si quería terminarlo a tiempo. Y hacía divisiones. Y leía cuatro páginas más (que eran como cien de cualquier otro libro) y volvía a contar con los dedos -como hacíamos de pequeños- los días que me quedaban, y dividía de nuevo las páginas entre los días… Y pensé en el horror que sentirían los compañeros que no disfrutaban de La Celestina, ni del Lazarillo, ni de El guardián entre el centeno. O de cualquiera de los libros que nos mandaban leer en el colegio y en el instituto. Supongo que eran lectores potenciales que se quedaron ahí. Si me llegan a dar Yo,Claudio (el mismísimo Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá) creo que no hubiese vuelto a abrir un libro en mucho tiempo. Y no estaría aquí escribiendo un post sobre un libro-que-no-he-podido-terminar.

Para desquitarme, hoy me he ido al cine. He visto Martha Marcy May Marlene (2011), de Sean Durkin, y me ha maravillado la actuación de Elizabeth Olsen (ninguna de las gemelas que veíamos en Padres forzosos, sino una hermana de ellas). Copio la sinopsis de los Renoir, por si alguien no ha oído hablar de esta película y quiere saber de qué va: Martha, sumida en una gran depresión, vive en una granja de una comunidad en los bosques del estado de Nueva York que ayuda a personas con problemas psíquicos. La joven comprueba que la vida en la granja le agobia y la sobresalta debido a los métodos de Patrick, el líder. Se refugia en la casa de su hermana Lucy en Connecticut, donde vive con Ted, su marido. Pese a que es un entorno apacible y bello, Martha está presa de sus recuerdos en la granja y la complicada e inquietante relación con Patrick y sus continuos chantajes emocionales.


P.L.

martes, 1 de mayo de 2012

El paciente inglés y Madame Bovary. Adaptaciones libres, adaptaciones fieles.


Anthony Minghella, en unas declaraciones respecto a su película El paciente inglés (1996), basada en el libro de Michael Ondaatje, decía que finalmente decidió dejar a un lado el libro y partir de cero; tratar de reimaginar y reinventar esa historia y esos personajes y lo que él creía que les ocurría. Después de leer el libro de Ondaatje pensé que Anthony Minghella había hecho una adaptación muy personal y libre de él, y que sin ser fiel a la historia, había conseguido trasladar muy bien el espíritu de esa novela al cine.

Ayer vi la adaptación que hizo Claude Chabrol en 1991 del libro de Flaubert, Madame Bovary (el último libro que hemos leído y comentado en el club de lectura) y aunque parece que estás oyendo al narrador, escuchando parte de los diálogos que hace unos días disfrutaste en la lectura, viendo algunos de tus pasajes favoritos o situaciones que nos pareció oportuno destacar en el club, la película se queda en una simple elección de momentos de la obra. Como si vieses un resumen. Me pregunto qué les parecerá esta película a las personas que no han leído la historia. En la película de Chabrol, o rellenas con lo ya leído en el libro, o no tiene ni pies ni cabeza. Me ha interesado, sin embargo, todo lo que dice el director acerca de la obra de Flaubert, o lo que cuenta sobre cómo trabajó las escenas para intentar trasladar la esencia de su lectura a la pantalla. Dice: En Madame Bovary el punto de partida es haber querido ser absolutamente fiel a Flaubert. Lástima que a veces con las buenas intenciones no sea suficiente. Y se me ocurre, pensando en estas dos adaptaciones, la de El paciente inglés y la de Madame Bovary,  que al margen de si la adaptación trata de ser un fiel reflejo del  libro, o una adaptación más libre, lo mejor que puede decirse es que tiene razón de ser, que no depende ni necesita del libro para  tener sentido. Que en su mundo, el cinematográfico, tiene un lugar. Porque a veces olvidamos que son lenguajes diferentes, sin por eso negar las semejanzas que puedan tener.

Hay en el libro una escena en la que Emma Bovary está bailando con un caballero (que no es su marido) en un día que más tarde dirá que es el más bello de su vida (y no el día en el que se casa, ni el día en el que conoció a Charles Bovary, como tampoco será, más tarde, el día que nace su hija, ni todos esos días –la mayoría de ellos –en los que tiene que interpretar a una ejemplar madre y esposa) y estás leyendo y las palabras de Flaubert te dan vueltas, y vueltas, como si no sólo te estuviese describiendo la escena de ese baile, sino que te permitiese, durante unos instantes, gracias a su prosa, estar ahí, en esa sala,  girando y girando, sintiendo esa dicha en forma de sensualidad,  y teniendo que buscar en la lectura de ese fragmento un punto final, como Emma tendrá que apoyarse, después de dar vueltas y más vueltas, primero en el pecho de él, el vizconde, y luego en una pared para no desmayarse. Sientes leyendo ese mareo que siente Emma bailando, respirando, saliendo de esa asfixia que le oprime en su casa. Pero en la película ves sólo unas faldas rozándose con otras, a muchas parejas deslizándose por la misma sala, a Emma (interpretada por Isabelle Huppert) dejándose llevar por ese joven apuesto. Pero tu pulso ni se inmuta. Se trata de un baile más.

 Nos facilitaron Madame Bovary traducida por Consuelo Berges, y con una introducción que es el primer capítulo del ensayo La orgía perpetua, un estudio de Mario Vargas Llosa sobre el libro de Flaubert. Madame Bovary, nos cuenta Vargas Llosa, es la obra que más veces ha leído. La obra que más le ha emocionado. Y el libro, no sé si exagerando o no, que le ha salvado en alguna ocasión. Dice que leyendo el suicidio de nuestra Madame, esa muerte por arsénico, lleno de dolor, de sufrimiento, que Flaubert describe tan bien, a él se le quitaron las ganas de intentarlo. Pero yo prefiero terminar este post con el baile:

Comenzaron despacio, después bailaron, más de prisa. Daban vueltas y más vueltas, y todo giraba en torno a ellos: las lámparas, los muebles, las paredes y el suelo, como un disco sobre un pivote. Al pasar cerca de las puertas los bajos del vestido de Emma se pegaban al pantalón del vizconde; las piernas del uno se introducían entre las del otro; el vizconde bajaba los ojos hacia Emma y Emma alzaba los suyos hacia el vizconde; la iba dominando una especie de sopor; se paró. En seguida siguieron bailando, y el vizconde, arrastrándola, desapareció con ella hasta el extremo de la galería, donde Emma, jadeante, estuvo a punto de derrumbarse y, por un momento, apoyó la cabeza sobre el pecho del caballero. Y después, dando vueltas de nuevo, pero más despacio, el vizconde la acompañó a su sitio; Emma se apoyó contra la pared y se tapó los ojos con la mano.
P.L.

lunes, 30 de abril de 2012

Take Shelter (2011), de Jeff Nichols

Antes de entrar en el cine ya empezaban a caer unas gotas. Desde que he salido de casa hasta que he llegado a la sala, he visto primero un cielo azul, luego gris y más tarde negro. Durante las dos horas que dura la película, y por tanto, durante las dos horas que una permanece resguardada del tiempo, no sé qué ha pasado en el cielo de Madrid, pero en Ohio, lugar donde transcurre esta historia, lo he visto azul, gris, otra vez azul, de nuevo gris, y más tarde negro. Y también he visto la mente del protagonista interpretado por MICHAEL SHANNON (no puedo escribirlo con minúsculas) pasando por esos  azules, grises y negros.

Esta tarde por la Sierra había cigüeñas, unas volando, otras en sus nidos, mientras que en Ohio había pájaros, muchos y negros. Unos volaban, otros caían muertos. Cómo no pensar en Los pájaros de Hitchcock. Pero los pájaros en Take Shelter no atacan, aunque sí se convierten en el presagio de algo, algo que está a punto de ocurrir y que sólo el protagonista conoce. O cree conocer. Interpretando sus sueños. Sus pesadillas. Sus alucinaciones. La naturaleza. Los rayos, los relámpagos, la lluvia turbia, aceitosa. ¿Pero es un vidente o un enfermo? Porque como le dice a su mujer, interpretada por JESSICA CHASTAIN (tampoco puedo escribirlo con minúsculas) ya sabes de donde vengo (antecedentes enfermos de esquizofrenia).

Y he estado en Ohio, pasando de ese azul luminoso a un negro apocalíptico. Viendo a un hombre que ve lo que otros no ven, que presiente que todo se tambalea, que se acerca algo que pone en peligro a todos y a todo: su salud mental, su familia, sus amistades, su trabajo. Cuando todo lo que estaba controlado empieza a descontrolarse, cuando ese hombre que según su amigo hace las cosas bien, y tiene una buena vida, siente, presiente, que todo empieza a ir mal.

Qué raro que una película como Take Shelter haya tenido tan poca publicidad (si es que ha tenido alguna, que lo desconozco). Qué interpretaciones las de MICHAEL SHANNON y JESSICA CHASTAIN. Padres en la peli de una niña sorda. Curiosamente, se cuentan, se confiesan, que ella, la madre, sigue hablándole a la niña en susurros, y él, su padre,  sigue quitándose los zapatos para no hacer ruido cuando llega un poco tarde a casa. Pero algo empieza a fallar, así que mejor utilizar una pala. Y cavar, cavar... Resguardarse.
P.L.

lunes, 23 de abril de 2012

Las malas hierbas (2009), de Alan Resnais.

Ayer vi Las malas hierbas, de Alain Resnais. Antes de saber que iba a verla, pensé que la tarde apuntaba bien: buena temperatura, sol, gente paseando por todas partes, y una especie de Samuel L. Jackson en sus tiempos de Pulp Fiction. Pero más joven, tumbado en el césped, y vestido todo de rojo: camiseta y vaqueros. Me gustó ver a un joven Samuel L. Jackson, y me gustó ver ese contraste del rojo con el verde del jardín. Más tarde vi en el autobús a un pequeño Billy Elliot. Y me acordé de John Travolta, cuando en Pulp Fiction –otra vez Pulp Fiction –acompaña a Uma Thurman a ese restaurante donde los batidos cuestan 5 dólares, y en el que los camareros hacen de James Dean, Marylin Monroe, etc. Ayer todo se convertía en un parque temático de estrellas.

No tenía muy claro en qué sala meterme, así que me dejé llevar de modo maquinal, o quién sabe, igual haciendo una asociación con la hierba del título y el césped que acababa de ver, y pedí entrada para ver esa película, Las malas hierbas, basada en la novela de Christian Gailly, El incidente. Una película que me hubiese gustado que viese L.  ya que tanto le atrae el tema del azar. Aquí el azar está presente en forma de robo. A una mujer le roban el bolso, y el hombre que se encuentra la cartera decide, sin que sepamos el motivo de su encaprichamiento, ponerse en contacto con ella. No le basta con que el policía devuelva la documentación a la señora. A partir de ahí –de ese “incidente” que es el título de la novela, pero del que Resnais prescinde en el título de su película –surge toda la historia.

Las malas hierbas. Las malas hierbas son aquéllas que interfieren en el buen desarrollo de los cultivos. Las que aparecen ahí, sin ningún sentido, y lo vuelven todo patas arriba. Así son los personajes principales de esta película. Para que se hagan una idea: al final una niña que no ha aparecido en todo el film, sale en escena y le pregunta a su madre: Mamá, cuando sea gato ¿podré comer croquetas? Y es que el equivalente a una mala hierba son estos seres irracionales, que te los encuentras viviendo con una lógica muy particular, una lógica, si se puede decir, carente de toda lógica, y  que trastoca a los demás cuando se presentan en su vida. Todos nos hemos encontrado alguna vez con  una o dos malas hierbas, y en ocasiones nos dejamos llevar por esa irresistible vitalidad que desprenden, y otras preferimos no cruzarnos demasiadas veces en su camino. ¡Que no crezcan a nuestro alrededor! ¡Quién sabe qué consecuencias podrían acarrear! ¡Sálvese quien pueda!

¿Pero qué pasa cuando dos malas hierbas son las que se encuentran por un acontecimiento azaroso como es el robo de un bolso? Para contestar a esa pregunta tendrán que ir al cine. Sólo digo que puede que todo acabe bien, o puede que todo acabe mal. O puede que les dejen elegir el final, así, al gusto de cada uno.

En un momento de la película, y sin saber todavía por dónde iba a ir esta historia, me dije, uy, esto sí que no me lo esperaba… Y es que la historia consigue hacerte sentir precisamente eso que se siente cuando te encuentras con ellas, con las malas hierbas: todo se vuelve caótico, confuso, sin pies ni cabeza, imprevisible. Las malas hierbas se dejan guiar por lo primero que se les ocurre. Aunque después de ver el programa de ayer de Punset, me pregunto, ¿no somos todos un poco o un mucho, malas hierbas? Al parecer, antes de tomar una decisión conscientemente, nuestro inconsciente ya se ha anticipado, y por tanto, aunque creamos que elegimos lo que queremos de un modo voluntario, la realidad es que él, el inconsciente, ha tomado la delantera. 

Y en este programa de Redes, que ya me había avisado también L. días antes de que podría estar bien, hablaron de la plasticidad cerebral. Esta plasticidad cerebral echa por tierra lo que se venía creyendo hasta ahora, esto es, que según vamos haciéndonos mayores las neuronas dejan de crecer, que van deteriorándose. Según los nuevos estudios, cada vez que aprendemos una palabra nueva, o un nuevo rostro, algo cambia en nuestro cerebro. Y para que no dejen de crecer nuestras neuronas, y para que nuestro cerebro no deje de cambiar, de moldearse porque tiene plasticidad, hay que seguir aprendiendo, ya que aprendiendo cosas nuevas se consigue que la fuerza de las conexiones entre las células cambie. Dicen que nuestro cerebro está preparado para aprender durante toda la vida, y esto depende de nosotros, y no tanto de la genética.

Y este paréntesis punsetiano viene a cuento de la película  Las malas hierbas, porque su director, Alan Resnais, debe tener un cerebro de blandiblú, de una plasticidad prodigiosa. Resulta una maravilla ver una película tan moderna y tan  joven, hecha por un hombre de 90 años.

Mamá, ¿cuando sea gato podré comer croquetas? ¡Tengan cuidado, una nueva mala hierba acaba de nacer!

P.L.

domingo, 15 de abril de 2012

Imitación de la vida. Imitación del arte.


Natalie Portman y Winona Ryder en una escena de
Cisne Negro (2010)
Era el año 2010 cuando en Cisne Negro, el director Darren Aronofsky nos devolvía  a Winona Ryder, que con 39 años parecía haber desaparecido del mundo del celuloide, o estaba entretenida con papelitos que no llamaban la atención. En Cisne Negro, Aronofsky le dio un papel secundario, que más o menos reflejaba la situación de Winona: el papel de una bailarina que tenía que salir de escena, viéndose relegada de la función, reemplazada por el personaje interpretado por Natalie Portman, una chica más joven que ella. Al otro lado de la pantalla, la vida reflejaba al arte, y Portman  se llevó  a sus 29 años el Óscar. Sí, estaba la  vida imitando al arte: la actriz diez años menor, dentro de la pantalla y fuera de ella, se llevaba el premio gordo. Mientras ella llegaba muy alto, otras se iban quedando atrás.
Habría que preguntarle al director si la escena en la que se le acusaba al personaje de Winona de un robo, la escribió pensando en la cleptomanía de la actriz, o fue pura casualidad. No obstante: aquí el arte imitaba a la vida.

Bette Davis y Gary Merrill en una escena
de Eva al desnudo (1950)

Sesenta años antes de Cisne Negro, en 1950, Joseph L. Mankiewicz ofrecía a Bette Davis, que pasaba un mal momento profesional (41 años), uno de los mejores papeles de su vida en la película Eva al desnudo: el papel de Margo Channing: una actriz madura, una extravagante pero insegura estrella del teatro, que sufre crisis de ansiedad al presentir que todos los halagos que había recibido y seguía recibiendo, podrían pasar a la historia cuando otra, más joven, viniera a sustituirla, a interpretar papeles de estrella romántica, papeles para los que ya no la contratarían a ella (resumiendo: Bette Davis interpretaría a Bette Davis).
Margo Channing también siente  ansiedad por la relación con Bill Sampson (interpretado por el actor Gary Merrill), diez años menor que ella en la película, e imaginando, que en un descuido, caería embobado por la juventud de Eva, su rival. Pero sabemos que Bill Sampson quiere a Margo Channing, no a Eva, y finalmente Margo le cree, confía en sus sentimientos, y decide casarse con él. Si salimos del cine, y buscamos en los archivos, o sencillamente, ponemos el CD con los contenidos extras, descubriremos que también se casaron en la vida real. De nuevo, aquí, nos encontramos con la vida imitando al arte. Aunque en la realidad no se llevaban diez años, sino siete. Decidían casarse sus personajes. Decidieron casarse ellos al finalizar la película. (Cuentan que Bette Davis, cuando vio a Gary Merrill, quedó prendada: le encantó ese hombre peludo -¡menuda era la Davis!- y me viene a la memoria otro de los grandes papeles que hizo: La loba. Pues finalmente la loba encontró a su lobito).
Pero sigamos con Eva al desnudo. En la película los personajes de Margo Channing y Eva compiten por llevarse el papel principal, y ese mismo año, Bette Davis y Anne Baxter compitieron por la codiciada estatuilla, pero no se lo llevó ninguna. El enfrentamiento de sus personajes en el film tuvo su correspondiente enfrentamiento en la realidad.
En una biblioteca infinita a lo Jorge Luis Borges, debe hallarse un libro que contiene nuestra vida o fragmentos de ella. Como en una pinacoteca infinita, se encuentra un cuadro que nos contiene, que nos refleja, y que si el azar nos lo quiere poner delante, nos descubriremos sorprendidos, encontrándonos en él, y estaremos mirándolo, o leyendo la obra, asombrados por los paralelismos entre nuestra vida y esa obra. Interpretamos papeles que ya han sido escritos con anterioridad. Otras veces, parecen que se han inspirado en nosotros para crearlos.
Aunque se puede dar el caso que nos marchemos sin haber leído nuestro libro, o sin haber visto nuestro cuadro, escuchado nuestra melodía o sin ver las películas que nos correspondían, y por eso, ante la duda, es mejor vivir conforme a lo que nos gustaría encontrar en esas páginas, ese lienzo, esa partitura o en esa enorme pantalla de cine.
Como decía Nietzsche, hacer de nuestra vida una obra de arte.
P.L.

sábado, 14 de abril de 2012

Chagall, Notting Hill y muchos violines


En la película Notting Hill, hay una escena en la que Anna Scott (Julia Roberts) al ver que William Thacker (Hugh Grant)  tiene en la cocina  una reproducción de un cuadro de Chagall, le dice (y transcribo el diálogo entero):
-         No puedo creer que tengas esa obra.
-         ¿Te gusta Chagall?- le pregunta William.
-         Sí. Así debería ser el amor: flotando en un cielo azul oscuro –afirma Anna.
-         ¿Con una cabra tocando el violín?
-         Pues sí... la felicidad no es completa sin una cabra tocando el violín.

Sí, la felicidad no es completa sin una cabra tocando el violín,  y sintiendo que una está en el cielo azul oscuro, sin vecinos ruidosos (de nuevo la casa de al lado vacía), con una taza de té, escribiendo un post tranquilamente, con el libro de Los enamoramientos de Javier Marías por aquí cerquita, tan cerquita que sólo tengo que estirar un brazo para tocarlo con la mano, y con el recuerdo de Ryan Gosling en Los idus de Marzo. Y estoy aquí como soñando con esta felicidad. Con imágenes por toda la casa de Chagall: con el Sueño de una noche de verano, con La novia de las dos caras, con El violinista y El violonchelista, viendo como se funden el artista y su violonchelo, imaginando, ya puestos,  a Chagall mezclándose con sus colores, con el rojo, el azul, amarillo y verde, con figuras volando, con ramos de flores, músicos, muchos músicos, hasta que empiezan a sonar, esta vez sin ser sólo un sueño, y si lo es, qué mas nos da, los violines, porque tiene razón Anna Scott, la felicidad no es completa sin una cabra tocando el violín.


La retrospetiva de Chagall
puede verse en el Museo Thyssen-Bornemisza
 hasta el 20 de mayo
 P.L.


jueves, 12 de abril de 2012

Curso de filosofía en seis horas y cuarto, de Witold Gombrowicz

Curso de filosofía en seis horas y cuarto
Witold Gombrowicz
Fábula Tusquets Editores, 2009
152 páginas
Cuenta Cristina Fernández Cubas en su prólogo al Curso de filosofía en seis horas y cuarto de Witold Gombrowicz que este libro responde a  la ocurrencia que le sobrevino a un amigo del escritor polaco cuando éste sólo sentía dolor (tenía 64 años, padecía asma y había sufrido un infarto de miocardio). Una simple ocurrencia que sin embargo le sirvió a Gombrowicz para interesarse por ella y darle una oportunidad (a la ocurrencia y a él, que ya había pedido una pistola y también veneno).
La idea era la siguiente: Gombrowicz sería el profesor, y su mujer y el amigo ocurrente, los alumnos que asistirían a escuchar sus lecciones de filosofía. Cito literalmente a Fernández Cubas: los filósofos, a los que a menudo acusa W.G. de un exceso de abstracción y desinterés hacia los problemas de la vida, serán, pues, sus fieles compañeros en el momento en que, paradójicamente, es la vida quien ha decidido desentenderse de Gombrowicz.  
            Según  Fernández Cubas, Gombrowicz no renuncia al humor y la ironía en estas clases, y es un buen compendio de lo que fue una de sus pasiones en la vida. Entiendo, que desde mañana, cuando empiece este libro, me voy a encontrar no con un manual  de filosofía, sino con la filosofía digerida por los intestinos, por el esófago, el estómago y la faringe de Gombrowicz. Recuerdo  la sorpresa que me causó la lectura de  El tiempo de los asesinos, de Henry Miller, pensando que iba a ser un ensayo sobre Rimbaud, y luego me di cuenta de que lo que tenía entre manos era un Rimbaud henrymillerizado, o un Henry Miller rimbaudianizado. Y al fin y al cabo, eso es lo que nos interesa. Ver qué hicieron con aquellas lecturas, cómo se las apropiaron, qué les atraía de ellas, cómo influyeron en su obra, en su vida, y cómo llega un momento en el que es imposible discernir a los unos y a los otros, cómo se borran los límites, confundiéndose todos y todo. Ojalá nunca seamos maduros. Ojalá nunca dejemos las aulas. Qué bueno tener en esta ocasión al polaco como profesor.
            P.L.