viernes, 13 de febrero de 2015

Las páginas del mar, de Sergio Martínez.

Las páginas del mar
Sergio Martínez
Grijalbo
632 páginas
20,90 Euros
9,99 eBook
Quizá estos dos “personajes”os suenen: 



 El primero es  Fernando de Magallanes, el segundo Juan Sebastián Elcano. Dos personajes históricos que aparecen en esta novela de Sergio Martínez (Santander,1975) y que nos sirven para situarnos en un contexto muy concreto: estamos en el año 1519,  justo en los momentos previos a  que cinco naves españolas al mando de Magallanes, y posteriormente de Elcano, emprendan rumbo a las Islas de las Especias. La empresa no es pequeña, ya que deben llegar allí atravesando únicamente mares castellanos, respetando de este modo lo acordado en el Tratado de Tordesillas. Un viaje que pasará a la historia: se trata de la primera circunnavegación del Mundo.

 Pero acabamos de ponernos en marcha, y para que este viaje termine tienen que pasar  tres años, muchas aventuras y sobre todo desventuras (hambre, sublevaciones, discusiones, violaciones, egos enfrentados…) Sólo una, de las cinco naves, regresó de la expedición; de los más de doscientos cincuenta hombres que salieron de Sanlúcar de Barrameda aquel veinte de septiembre, sólo dieciocho regresaron.

He empezado esta reseña con dos Grandes Nombres para un Gran Viaje, pero descendamos un poco, porque esta historia tiene como protagonista a un grumete, un  montañés que será junto a Antonio Pigafetta (otro personaje histórico) el encargado de ir anotando lo que sucede en ese periplo, el encargado de narrar esta historia: Definitivamente, no iba a ser fácil retratar al portugués (Magallanes). Además, de eso ya se encargaría Pigafetta; al fin y al cabo, tenía contacto diario con él y gozaba de su confianza. No, mi historia iba a ser diferente. No hablaría de reyes ni de reinos; no hablaría de imperios ni de grandes flotas llamadas a la conquista de nuevas tierras. Como me habían pedido mis compañeros, mi historia se centraría en lo cercano, en el sufrimiento de los humildes, en las miserias de las personas sencillas, a través de uno de nosotros. Yo mismo había propuesto que fuera alguien imaginario, pero me costaba. Entonces lo vi claro: sería mi propia historia; camuflada, sí, pero la mía. Yo sería el personaje. (p.242)

Este protagonista-narrador antes de llegar a formar parte de la tripulación de la nave Victoria vivía en la comarca de Liébana  junto a su madre, su padre, dos hermanas y tres hermanos. Allí sufrían épocas en las que escaseaba el alimento: las raciones eran cada vez más justas y dependíamos en gran medida de lo que nos daba el monte, de tal modo que si no era posible hacer pan de trigo, de centeno o de otro cereal, molíamos las castañas y las bellotas que habíamos recogido en otoño y hacíamos un pan amargo que, aunque no nos gustaba, al menos nos alimentaba. (p.51) Una vida en la que hay que trabajar la tierra, sabiendo que la naturaleza a veces juega malas pasadas, y en la que los que más tienen más quieren y por tanto, más aprietan al resto; pero en la que también habrá gratas sorpresas para él, como es la entrada en ese mundo  de necesidades, otro  materializado en una  Biblioteca, y que le abrirá las puertas a la lectura y a la escritura. Gracias a Sancho el Tuerto –y sólo desvelaré su nombre- irá descubriendo a Herodoto, Platón, San Agustín, Jorge Manrique o al Arcipreste de Hita, entre otros.  Con aquellas lecturas descubría un mundo inmenso de emoción y fantasía que nunca había imaginado. Mis tareas diarias con los animales, en el huerto o en las tierras de cereal, tanto en casa de Sancho como en mi hogar, pasaban como un relámpago mientras recordaba aquellos versos y relatos maravillosos que mi maestro nos hacía copiar (…) (p.104)

Lecturas que sin embargo no pueden hacer nada contra las injusticias que tienen lugar en su pueblo. Y lecturas que luego  tendrán su espacio en el mar. Y es que en el mar, navegando día y noche, día y noche, día y noche, el tedio está al acecho, y sólo queda o bien ponerse a trabajar o sumergirse en otras historias o en la propia, si uno quiere escapar de él. Lecturas que -¡cuánto nos alegramos!- no le llevarán a infravalorar otros conocimientos que están más allá de lo libresco: Sin embargo allí, trabajando en la playa más remota del mundo, rodeado de sencillos grumetes y marineros, me sentía feliz volviendo a aprender, y en aquellas manos curtidas, expertas y sabias de mis compañeros veía el mismo brillo y la misma sabiduría que en las palabras y los consejos de mi maestro. Aquellos marineros que a pesar de los desvelos, los sufrimientos, el frío y el hambre habían sido lo bastante fuertes para no desistir en su empeño y no faltar a su palabra se convirtieron en mi guía para lograr el perdón. (p.183)

En la comarca de Liébana además del gran descubrimiento de los libros,  vivirá  el amor, el cariño, la amistad...

Esta es la historia de un Gran Viaje por mar, pero también la historia de iniciación de un joven montañés que dio la vuelta al mundo a la par que daba una vuelta sobre sí mismo–no exenta de desvíos –hasta encontrar el lugar: su lugar.

Se trata de la primera novela de Sergio Martínez, y aunque llama la atención su extensión el escritor consigue mantener el interés gracias a la alternancia de capítulos que transcurren en la montaña y los que transcurren en el mar. Además gracias a un secreto que guardan el protagonista y su hermano pequeño vamos leyendo y leyendo  también con el empeño de llegar a conocer ese misterio que a veces se insinúa: sólo le ocultamos lo más terrible, aquello que por su bajeza guardábamos para nosotros (p.21). En un intento de dejar atrás nuestros pecados (p.45). 

Hay que destacar personajes como el citado Sancho el Tuerto, la tía Elvira, el tío Pedro, Lucía, su hermano Nicolás o la madre. Personajes que están muy bien tratados, aunque algunos salgan poco. Creo que se debería haber cuidado algunos momentos que resultan un tanto tópicos, momentos que al leerlos tenemos la sensación de haberlos leído o visto ya en otras historias. Por lo demás, he disfrutado mucho leyendo esta novela. Hacía tiempo que no leía un libro con tantas peripecias, con esas aventuras que no deberíamos dejar nunca de lado. Y me gusta la atención prestada a lo que siente un cuerpo en las caminatas, en todos esos días en las naves, etc. A veces parece que se olvida en las novelas el tratamiento del cuerpo. Como si nunca tuviésemos hambre. Como si nunca sintiésemos cansancio. 



Sergio Martínez (Santander, 1975) es licenciado en Historia por la Universidad de Cantabria. Actualmente trabaja en esa misma universidad y es coordinador editorial del Museo Cartográfico Juan de la Cosa (Potes, Cantabria). Ha publicado varios libros de investigación y divulgación, y ésta es su primera novela.







PATRICIA L.D.


Nota: esta reseña se subió el 14 de febrero al blog colectivo ALQS2D en el que algunas veces  también colaboro. 

sábado, 7 de febrero de 2015

Visión de Nueva York, de Carmen Martín Gaite.

En "Visión de Nueva York" me encuentro con una Carmen Martín Gaite (Salamanca, 8 de diciembre de 1925-Madrid, 23 de julio de 2000) que desde este instante pasa a  formar parte de mi imaginario collage en el que voy a pegar a  personas y personajes paseantes. Dice  su hermana Ana María: Amaba la calle. Era como su cuarto de estar, y en este trabajo se aprecia con claridad que sus fuentes de información las obtuvo siempre de su deambular por la ciudad, de su implicación física e intelectual en la actividad ciudadana.

 En "Visión de Nueva York" vemos a Carmen caminar, y seguimos sus pasos no sólo a través de sus palabras, también a través de sus collages. Porque este libro-cuaderno es una mezcla de textos propios y ajenos, fotografías, recortes de periódicos, anotaciones, sobres, facturas, anécdotas, su día a día en esa ciudad, todo cosido por sus manos –ella que tanto admiraba a los artesanos –las manos de Calila, como la llamaba Ignacio Álvarez Vara. Y aquí tengo que recoger algunas palabras de Nacho -como le llamaba Martín Gaite a él- aunque es tan hermoso el retrato que hace de ella  que me quedo con  ganas de transcribirlo entero: Las hadas vienen de mundos tejidos con hilo de oro. Calila llegó a hacer de su forma de tejer el mundo, y de recordarlo, representarlo y presentirlo, una manera de ser. Las cosas insignificantes, ella podía transfigurarlas. Para eso era un hada. Pero ni dibujaba ni vivía ni escribía a golpes de varita mágica. Admiraba el trabajo y lo practicaba como religión.


Carmen Martín Gaite empezó este cuaderno como un homenaje a su amigo Nacho (que desde hacía años le insistía para que fuera a Nueva York) y como un homenaje a Edward Hopper: gracias a una exposición retrospectiva a la que pudo asistir, contempló la obra del pintor, saliendo entusiasmada. Dentro del cuaderno encontramos palabras y un collage dedicado a él: Él no fue un pintor "social" o un "intelectual", afortunadamente estuvo libre de "ideas". Lo que le atrajo en el curso de su larga vida y de su difícil profesión fueron ciertos temas que se repiten: personajes solitarios en habitaciones desnudas, restaurantes, teatros; puentes y azoteas deshabitados (...).   


Por este cuaderno caminamos junto a ella  y nos vamos encontrando a personas anónimas  que gracias a la pluma y el trabajo de cortar y pegar, Carmen  convierte en personajes entrañables; escritoras como Virginia Woolf con la que  tiene tanto en común;  Woody Allen,  Greta Garbo, músicos, calles, sueños, reflexiones, familiares, excursiones y hasta sus ganas de dejar de fumar: A ver si dejo de fumar de una puñetera vez. Ya se me olvidan las veces que lo he decidido y que he vuelto a caer en la chupadita. Tal vez esto de recortar y pegar, además de lo divertido que es, puede llegar a convertirse en un sucedáneo del tabaco(...) Hoy he comprado en Broadway lápices de colores, que aquí son muy baratos, una cinta de cello transparente y el New York Post, que trae muy buena materia para mi trabajo.(...) Busca la materia en todo lo que cae en sus manos y nos lo devuelve con esa mirada tan especial que tanto me gusta.

Tengo la edición de tapa dura, regalo que me hizo mi madre hace unos años, y estos días he decidido volver a abrirlo, leyéndolo y mirándolo como si fuera la primera vez: para los lectores de Martín Gaite es un tesoro. Cuando abrí este blog, una de las primeras entradas que colgué contenía únicamente un collage de este libro  y un texto de los Cuadernos de todo también de la autora. Hoy vuelvo al  blog y quería empezar con ella y con el mundo del collage.

 





PATRICIA L.D.

domingo, 2 de marzo de 2014

ANA MARÍA MOIX (Barcelona, 1947- 28 de febrero de 2014)

Julia, Ana María Moix
Lumen, 2002
240 páginas
Tapa dura con sobrecubierta
15,90 euros
<< Notó la almohada húmeda pegada a la mejilla. Siempre sucedía lo mismo: empezaba por sentir miedo, conseguía tranquilizarse pensando en Eva y, luego, era incapaz de detener sus pensamientos. Encendió la luz de la mesilla. La iluminación de las lámparas pequeñas no le gustaba: media habitación quedaba en la penumbra y temía descubrir extrañas imágenes por los rincones. Le recordaba las iglesias, los velatorios, el interior de la tumba de Romeo y Julieta que tanto miedo le dio al ver la película. Había ido a ver Romeo y Julieta con Rafael, Ernesto y Aurelia en un cine cercano a casa donde les dejaban entrar aunque el programa fuera no tolerado para menores. La película, entonces, le dio mucho miedo: salían muertos y ataúdes. Aurelia tenía la costumbre de cantar mientras trajinaba por la cocina. Después de haber visto aquella película, Julia se tapaba los oídos cada vez que Aurelia se ponía a cantar si vas a Calatayud. Cada vez que Aurelia lanzaba Calatayud por los aires, Julita recogía ataúd sin poder remediarlo. Por la noche, al acostarse, trataba de no pensar en muertos ni cementerios; pero le venía a la mente la palabra Calatayud e inmediatamente veía un ataúd. Y dentro del ataúd estaría Mamá, seguro. La imaginaba metida dentro de féretro y cuatro velas encendidas alrededor. No la vería nunca más. Se quedaría sola para siempre con Papá, que nunca estaba en casa, y con Ernesto y Rafael, quienes andaban continuamente tras ella deshaciéndola los lazos de las trenzas y diciéndole por lo bajo cosas horribles para hacerla llorar: Te volverás negra y Mamá te venderá a un circo. Mamá reía cuando Julita le contaba: Los chicos dicen que me venderás a un circo y allí me harán pasar el plato. Julia se enfadaba cuando Mamá se burlaba de ella, pero pensaba que aún sería peor cuando Mamá hubiera muerto: nunca más estaría con ella. Entonces se acordaba de Bambi, solo por los bosques después de que su mamá muriera en la cacería, y de otras películas como Los marcianos llegan a la tierra y Cuando los mundos chocan, en las que morían miles de personas y se veían las ciudades inundadas por las aguas. De vez en cuando aparecía algún niño solo, llorando en el tejado de una casa que permanecía en pie. Pensar en la muerte de Mamá le producía un dolor inmenso, apenas podía respirar. Por eso no quería pensar en Romeo y Julieta, ni acordarse de Calatayud, porque inmediatamente veía el ataúd y, luego, a Mamá, muerta.>> pp.26 y 27. 

sábado, 25 de enero de 2014

UN ÁRBOL CRECE EN BROOKLYN, de Betty Smith.



Un árbol crece en Brooklyn, de Betty Smith.
Debolsillo,2010.
Traducción de Rojas Clavell
512 págs. 9,95 Euros.

-En el mundo no hay lugar como éste-dijo Francie.
-¿Como cuál?
-Como Brooklyn. Es mágico, no es real…

          



La sensación que me ha dejado Un árbol crece en Brooklyn es la misma que me dejan las películas de Frank Capra (Qué bello es vivir, Juan Nadie, El secreto de vivir…) o la misma que me dejó aquella serie en blanco y negro titulada La pandilla. Una sensación que asocio a “lo entrañable”.

La pandilla (Our gang)

            Todavía escucho el bullicio de Williamsburg (Brooklyn); todavía veo a la protagonista de esta historia, Francie Nolan, esperando que llegue su padre, temiendo que regrese borracho pero ansiosa de escucharle subir las escaleras, que entre en la habitación  y  la llame Prima Donna, y si es cantando entonces ella será la niña más dichosa del mundo:

En Dublín, ciudad encantada,
las muchachas son tan bellas…
Allí fue donde conocí…

Veo a su hermano Neeley, saliendo junto ella a comprar la carne que les ha encargado su madre, tan trabajadora, todo el día fregando; también veo a los dos consiguiendo un gran árbol de Navidad; y les veo leyendo, primero una página de la Biblia y a continuación otra de Shakespeare: ese pan que no les va a faltar, pan de papel, de letras sagradas y laicas. Veo a Francie con la taza de café entre las manos, sintiendo su calor, el aroma.

            He disfrutado metiéndome en el mundo de esta familia, ver cómo no es necesario salir en busca del Anillo Único,  ni pasar por multitud de odiseas para vivir un sinfín de aventuras. Cotidianas, sí, pero aventuras al fin. Cotidianas como coger unos patines ajenos para darse el gusto de dar una vuelta a la manzana sobre 8 ruedas. Cotidianas como ir a la biblioteca y seguir leyendo los autores que empiezan por la “A”, porque Francie quiere leerlo todo, absolutamente todo; como la ternura de los besos del padre; pasear y observar la droguería, la pastelería y la tienda de té; cotidianas como decir la primera mentira deliberada, ser pillada y saber al instante que una quiere ser escritora.

            Betty Smith, la autora de Un árbol crece en Brooklyn,  dijo que el libro tenía bastante de su biografía. No es difícil intuir que ella no sólo era Francie, también el árbol del título: Todo ser se esfuerza por subsistir. Miren ese árbol: crece a través de las rejas, no recibe sol y sólo tiene agua cuando llueve. Brota en tierra áspera y es fuerte porque su persistente lucha lo fortalece. P.103.

             Betty Smith con la perspectiva que da el paso del tiempo transformó el lugar en el que transcurrió su dura niñez y adolescencia así como sus experiencias en una bonita declaración de amor: Un árbol crece en Brooklyn es su Brooklyn; y supo ver que junto a  las penurias que vivió su familia también se podían contar momentos de alegría (o al menos eso es lo que le hubiese gustado a ella y por eso así lo contó: ventajas del arte de ficcionar).

            Elia Kazan se encargó de la adaptación de la novela (si no la han visto la encontrarán como “Lazos humanos”) en 1945. Fue su primera película. James Dunn (en el papel de Johnny, el padre de Francie) se llevó el Óscar a actor de reparto. Estuvo nominada a Mejor Guión. Y Peggy Ann Garner (en el papel de Francie) se llevó el Premio Juvenil de la Academia.


            Prefiero que pase un tiempo desde que termino un libro hasta que veo la adaptación y de este modo evitar las comparaciones, pero en esta ocasión la vi justo el mismo día que terminé la lectura. Creo que merece la pena, ese lado “entrañable” que comentaba al principio está en la atmósfera, en los personajes, aunque me hubiese gustado disfrutar una adaptación de Capra. La historia de Betty Smith es muy Frank Capra. O así me lo parece.

Sobre la tierra de los libres
y el hogar de los valientes…

Patricia L.D.
           
  
          Betty Smith, cuyo verdadero nombre era Sophina Elisabeth Wehner, nació en 1896 en Brooklyn, hija de inmigrantes alemanes. Se dedicó primero al mundo del teatro, pero el éxito extraordinario de Un árbol crece en Brooklyn, publicada en 1943, la convirtió en una escritora famosa y la animó a seguir la carrera de novelista con otros tres textos narrativos.

            Casada dos veces y madre de dos hijas, la autora murió en su casa de Chape Hill (Carolina del Norte), en 1972. 

miércoles, 1 de enero de 2014

LAS 10 LECTURAS Y LOS 10 ESTRENOS DE CINE (2013)

 LOS DIEZ LIBROS QUE MÁS HE DISFRUTADO EN EL 2013:

1. La luz difícil, de Tomás González.
2. Ha dejado de llover, de Andrés Barba.
3. Solo, de Strindberg.
4. Soy una caja, de Natalia Carrero.
5. La abadía de Northanger, de Jane Austen.
6. Caminar, de Thoreau.
7. La libertad según Hannah Arendt, Maite Larrauri.
8. Sostiene Pereira, de A. Tabucchi.
9. Diario 1926, de Robert Walser.
10. Persona, de Julián Marías.

DE LAS PELÍCULAS ESTRENADAS EN EL 2013 ME QUEDO CON:

1. Antes del anochecer, de Richard Linklater.
2. La vida de Adéle, de Abdellatif Kechiche.
3. Blue Valentine, de Derek Cianfrance.
4. 12 años de esclavitud, de Steve McQueen. 
5. The Master, de Paul Thomas Anderson.
6. Amour, de Michael Haneke.
7. Sólo Dios perdona, de Nicolas Winding Refn.
8. Lincoln, de Steven Spielberg.
9. Las ventajas de ser un marginado, de Stephen Chbosky.
10. Tomboy, de Céline Sciamma.


PATRICIA L.D. 

sábado, 14 de diciembre de 2013

SOLO, de AUGUST STRINDBERG.


Solo, de August Strindberg.
El Cobre Ediciones. 
Edición y posfacio de Alejandro García Schnetzer.
Traducción de Graciela Arancibia.
136 páginas. 12 Euros. 


Ya abrí Solo de Strindberg. Ya lo abrí y lo leí. Lejos queda la lectura de su Inferno, no su recuerdo. Solo también es una obra autobiográfica, pero a diferencia de Inferno, mucho más pausada: nos encontramos a un Strindberg menos agitado. Un Strindberg que pasea (sí, en la búsqueda que he emprendido de seres paseantes, en Solo he encontrado a otro) al ritmo de las estaciones del año: Después de muchas demoras, finalmente llega la primavera, y qué fiesta es caminar bajo los tilos esa primera mañana, cuando las hojas acaban de salir (…) Antes era empujado por el frío y el viento; ahora puedo tomarme mi tiempo, caminar lentamente e incluso sentarme en un banco (p.70) y también al ritmo marcado por su soledad: Para vivir en soledad, antes que nada debes llegar a un acuerdo contigo mismo y con tu pasado. Una larga y ardua tarea, una completa educación en la conquista de uno mismo. Pero no hay estudio más gratificante que el comenzar a conocerse, si tal cosa es posible. (p.41)

            Un estudio al que le ha ayudado mucho la lectura de su querido Balzac, de todos y cada uno de los volúmenes que forman La comedia humana: hasta que los hube terminado todos no me di cuenta de lo que había sucedido. Me había encontrado a mí mismo, y pude hacer una síntesis de todas las antítesis hasta ahora no resueltas de mi vida. Y al ver a la gente a través de sus binóculos había aprendido también a contemplar la vida con los dos ojos, mientras que anteriormente lo había hecho sólo con uno, como a través de un monóculo. (p.41)
           
            Cómo le gusta observar a Strindberg y cómo me gusta leer sus observaciones acerca de las personas con las que se cruza, esas personas a las que busca para escabullirse, aunque sea durante unas horas, de su soledad. Cómo observa con atención minuciosa su nueva casa, su cama, el escritorio, el balcón, las vistas a su alrededor. En la última entrada que escribí en este blog recreé el momento en el que el premio Nobel, Elias Canetti, cogía siendo niño un hacha y perseguía a su prima Laurica con la intención de matarla. A Strindberg también le causó una gran impresión el ver desde su ventana –gracias a un telescopio –a una niña de diez años con un hacha en sus manos: ¿Un hacha en la mano de una niña? Ahora, ¿cómo podían armonizar esas dos cosas? Algún secreto se me escapaba: algo siniestro, desagradable. (p.75). Si para Strindberg es lo más natural del mundo comprender que si vemos a un niño cerca de unas piedras y un río, al final el niño terminará cogiendo esas piedras para lanzarlas al agua, lo del hacha le desconcierta. Y es que mucho antes que Hitchcock, Strindberg sabía que el suspense está a la vuelta de la esquina, o como muy bien nos mostró el maestro del suspense en La ventana indiscreta, al otro lado de la ventana.

            A Strindberg no sólo le vemos mirar desde su ventana, también en sus paseos contempla esas casas en las que han dejado las persianas bien arriba, observando, el cotilla, el interior de una habitación en el que varias personas están reunidas: Nunca había visto el aburrimiento, el hastío, el cansancio de la vida tan resumidos como en esa habitación. (p.63-64)

            Me encantan estos libros en los que la vida va transcurriendo a golpe de observaciones, de paseos, al ritmo de las estaciones. Leer Solo de Strindberg es dejar a un lado el ruido, la rapidez con la que parece ir todo. Alejandro García Schnetzer nos cuenta que Nietzsche consideró a Strindberg un <<hermano espiritual>> (p.124); también que Zola quedó muy impresionado con la lectura de la obra de Strindberg El padre y le escribió una carta: su trabajo es una de las raras obras dramáticas que me han conmovido profundamente. (p.124) Y Thomas Mann lo consideraba un visionario: <<el primero en todo>>. (p.126).
           
                 Elias Canetti  recordaba en La lengua salvada cómo Strindberg se convirtió en el autor predilecto de su madre: durante el tiempo que vivimos en Viena siempre se le saltaban las lágrimas al mencionar a Strindberg, y solo en Zúrich llegó a acostumbrarse tanto a él y a sus libros que podía pronunciar su nombre sin excesiva agitación.  

            Nietzsche, Zola, Thomas Mann, la madre de Canetti disfrutaban leyendo a Strindberg. Y Strindberg disfrutaba leyendo a Balzac, a Goethe, del que obtiene gran deleite por su percepción alegre. Más allá de las crisis matrimoniales, de la manía persecutoria que padeció, me gusta verle en Solo por todo lo que he dicho, tan plácido,  divagando acerca del escritor del Fausto y sobre Schiller, ese poeta del que alguien me dijo que le parecía muy guapo: como si el poeta fuera una estrella del cine que al salir de los rodajes le diese por estudiar a Shakespeare, Kant y Voltaire.
           
            Cuántos nombres en esta entrada, cuántas ganas de seguir leyendo, y a la vez, que sensación al mencionar los nombres de Kant, Schiller, Strindberg de Universo tan lejano del nuestro, como si todo fuera un cuento que pasó hace mucho tiempo… 


Pero necesito que me lo sigan contando.

Patricia L.D.


August Strindberg (Estocolmo, 1849-1912) fue maestro de escuela, actor, telegrafista, bibliotecario, pintor, alquimista y escritor de fama. Su dilatada producción suele dividirse en dos periodos: uno naturalista, que supo elogiar Zola, y otro expresionista, que admiró Nietzsche. El padre (1887), La señorita Julia (1888), Danza macabra (1900) y Espectros (1908) figuran entre sus dramas más aplaudidos por el público y por la crítica, que lo consideró el padre del teatro moderno. Su obra narrativa incluyó novelas, poemas, sátiras, ensayos y narraciones breves. El hijo de la sierva (1886), La plañidera de un loco (1888), Inferno (1897) y Solo (1903) fueron la cima de sus trabajos autobiográficos.
            

sábado, 30 de noviembre de 2013

HISTORIAS DE UNAS MANOS. TRES AUTOBIOGRAFÍAS.

Tengan un poco de paciencia y acompáñenme –en esta máquina del tiempo improvisada –a Cambrils, año 1909. ¿Ven a ese niño de cinco años que está sentado en el sillón, en esta habitación repleta de juguetes? Sí, está vestido como un rey, con su capa de armiño y su corona doradísima. Justo ahora está presionando con las manos sus pequeños párpados, para visualizar esas imágenes que tanto le gustan: primero unos huevos fritos (sin sartén) y unos relojes a punto de derretirse. A continuación se ve –cómo no –a sí mismo, junto a un amigo, paseando los dos por el campo. Están atravesando un puente sin barandas. Mientras él camina, ayuda a avanzar al otro, que va en triciclo, y de repente, se le ocurre una idea muy brillante, así es de original.
            Gira su cara para ver si viene alguien, y al comprobar que sólo ellos dos están en ese paisaje, decide darle un empujón al niño del triciclo que cae cinco metros rodando. Nuestro pequeño rey mira hacia abajo, sonríe, y corre a su casa para contar lo que ha pasado: ¡el niño se ha caído! ¡el niño se ha caído!
            Mientras el niño dolorido está tumbado en su cama, nuestro rey con pantalones cortos se encuentra en la planta de abajo, en una mecedora balanceándose una y otra vez, una y otra vez, qué bien se siente. Observa desde su privilegiada posición como bajan dos muchachas con jofainas llenas de sangre. Pero él está de buen humor, en esa mecedora adornada con labor de crochet que cubre el respaldo, los brazos y el almohadón del asiento, mientras él se lleva unas cerezas a su boca rosada. También la labor está adornada con gruesas cerezas de terciopelo. Qué bonito, cómo se gusta y cómo le gusta todo.
            Le vemos coger el camino de regreso a su casa, lleno de gozo, contemplando el contraste de los colores del campo, ¿no ven lo hermoso que es todo? Llama a la puerta y una vez dentro grita: ¡Estoy aquí madre! ¡Que me traigan mi traje de rey!
            De nuevo en su habitación, vestido de rey, alcanza con sus manos el cetro que hay junto al sillón.
(…)
Viajemos ahora al 1910, esta vez a Rustshuk, Bulgaria. Otro niño de cinco años está sentado sobre su cama, en una habitación más modesta que la anterior: una cama, una mesita y una lámpara. Mira fijamente el papel de la pared, los numerosos círculos oscuros de su dibujo. Está moviendo su boca, dando vida a diversos personajes que parece observar, animándolos con su voz. Cierra la boca y sigue mirando. Hasta que sus ojos se quedan fijos y vemos que ahora aparece en un patio fuera de la casa, jugando a la pelota solo. Llega una niña, un poco mayor que él con un montón de cuadernos. Él sale corriendo hacia ella, le pregunta qué tal en el cole, qué es lo que has aprendido hoy, ¿te han leído cuentos? La niña empieza a contarle y él se muere de gusto con lo que escucha de boca de su prima, que ya está aprendiendo a leer y a escribir.
            La niña abre uno de los cuadernos y el pequeño queda fascinado con todas esas letras llenas de tinta azul. ¿Observan cómo acerca su mano para tocarlas? Pero la prima se adelanta a los deseos del pequeño y cierra de golpe el cuaderno. Que se entere que le han prohibido enseñarlo, que nadie más –sólo, sólo ella –puede tocarlo.
            El niño le pide cariñosamente que le deje señalar las letras con el dedo, sin tocarlas, y preguntar al mismo tiempo qué significan. La niña le deja, le responde diciéndole el significado, pero el niño nota que lo dice con titubeos y le grita: ¡No lo sabes! ¡Eres una mala alumna!
            Al día siguiente se repite la misma historia. Le pide que le deje los cuadernos. Que pueda ver lo que hay escrito.
            Ella los saca y los contempla sin que el niño pueda ver las letras: ¡Eres demasiado pequeño! ¡Eres demasiado pequeño! ¡Aún no sabes leer!
            Sale disparada hacia un muro y ahí los deja, fuera del alcance del niño, que aunque salta y salta no consigue llegar.
            El niño furioso va al patio de la cocina, agarra con sus manos bien fuerte el hacha de cortar la leña. Regresa donde está ella: ¡Agora vo matar a Laurica! ¡Agora vo a matar a Laurica! Y ella sale corriendo dando gritos, chillando como una loca.
            El abuelo va corriendo hacia el niño para detenerle. Le quita el hacha de las manos y le regaña.
            El abuelo y otras personas deliberan qué castigo merece el niño.
            Subamos otra vez a la habitación. Sigue mirando el papel de la pared. Entra su madre y él la abraza, apretándola fuerte con sus manos: Pronto aprenderás a leer y escribir. No tienes que esperar a ir a la escuela. Puedes aprender ahora mismo, le consuela ella.
(…)
            Y nuestro último viaje nos exige viajar a otro continente, quizá por unas calles que podríamos llamar de Las Pequeñas Tristezas (como le gustará llamarlas a nuestro protagonista cuando se haga mayor). Estamos en el año 1902, en Nueva York. Él tiene ahora once años. Baja corriendo las escaleras de su casa, para llegar al saloncito de la primera planta. Se encuentra una bicicleta y unos cinco libros. Es el día de Reyes. Con una mano toca el sillín de la bici, pero a los pocos segundos se va directamente a por los libros. Lleva una bata puesta, tiene frío, pero coge uno y se sienta tiritando en el suelo. Lo abre.
            Ahora está junto a su primo de la misma edad, jugando en un parque. Una pandilla se acerca a ellos y empieza a gritarles: ¡sois unos maricas! ¡sois unos maricas! El primo coge una piedra y la lanza al vientre de uno; él también decide coger otra piedra y lanzarla contra el mismo niño. Accidentalmente le da en la cabeza. Cae muerto, y sus amigos se agachan rodeándole. A lo lejos se oye la sirena de un coche policía. Los primos salen corriendo, perseguidos por dos de la pandilla, pero consiguen escapar, han sido más rápidos. Están agotados del esfuerzo.
            Si nos acercamos a casa de su tía, veremos cómo ésta les está preparando a los dos sus rebanadas de pan de centeno, con mantequilla fresca y un poquito de azúcar. Las devoran mientras escuchan a la mujer, con una sonrisa angelical.
            Despidámonos de él donde le dejamos, en la salita, con su bata, y sus manos sosteniendo el libro que tenía abierto.
            Despidámonos de este viaje en el tiempo y volvamos al 2013.

            Todas estas manos, las que empujan al niño del triciclo y cogen el cetro; las que sostienen con fuerza el hacha contra una niña, señalan unas palabras y  abrazan a una madre; así como las que lanzan una piedra y sostienen un libro,  pertenecen respectivamente a Salvador Dalí, Elias Canetti y Henry Miller. Unas manos de niños que sirvieron más tarde para crear unas obras ejemplares. He adaptado a mi antojo estos fragmentos de vida que he encontrado en sus autobiografías porque me parecieron bastante reveladores, y me pareció que se podían poner  en relación unos con otros a través de esas manos.
            El primero lo hallé en Vida secreta de Salvador Dalí un libro que considero una genialidad. Me lo dejaron y al final me lo he comprado, demasiada tentación. Voy por la página 115 y son 430, así que quizá en otra ocasión le dedique otra entrada.
            El de Elias Canetti (premio Nobel de Literatura en 1981) pertenece al primer volumen  de su autobiografía formada por los libros, La lengua salvada, La antorcha al oído y Juego de ojos.  He leído los dos primeros, y de vez en cuando me gusta releer sus páginas. Empecé en 2009 y espero en breve leer la parte que me falta.
            Y el de Henry Miller pertenece a su Trópico de Capricornio.  Henry Miller aparece en todo lo que escribe, incluso cuando escribe sobre otros, así que creo que podríamos considerar todos sus libros autobiográficos. Me parece curioso –lo contó en una entrevista –que padeciera fagomanía, porque cuando le leemos nos da la sensación de ser un hombre con un hambre descomunal de/por todo. Si nunca han leído nada de él recomendaría antes que los Trópicos (Trópico de Cáncer, Trópico de Capricornio) empezar por El coloso de Marusi y sus Cartas a Anaïs Nin o Cartas Durrell-Miller. 1935-1980. ¿Y por qué no recomendar el Trópico de Capricornio que lo he leído tres veces? Pues porque Miller creo que es un caso raro, perteneciente a esa especie que en su autobiografía se pinta peor de lo que es. Así lo dijeron sus amigos más cercanos, como Lawrence Durrell: Debe admitirse, sin embargo, que Miller disfrutaba bastante dando una imagen de sí mismo que sugiere algo entre un fullero, un cow-boy y un payaso; es en realidad su propio fallo si el crítico se atemoriza ante la imagen que presenta de un malhechor despiadado, antisocial e inmoral. Esta vena fáustica en Miller es, sin embargo, una fuente de considerable diversión para sus amigos, que saben que es el más amable, considerado y honorable de los hombres. Ciertamente su generosidad fundamental y su bien corazón le confieren unos rasgos muy poco adecuados para interpretar a Mefistófeles. (Fragmento perteneciente al libro Tres calas en la novela norteamericana del siglo XX, de Bernd Dietz).
            Igual en sus cartas y en El coloso de Marusi vemos otro Miller que nos prepara para el de los Trópicos… Si es que se necesita preparación.
Bon apettit

Patricia L.D.

 Salvador Dalí (1904-1989)
Elias Canetti (1903-1994)
Henry Miller (1891-1980)

viernes, 25 de octubre de 2013

La historia de mi máquina de escribir, de Paul Auster.

La historia de mi máquina de escribir, Paul Auster.
Editoria Seix Barral, 2013.
Ilustraciones de Sam Messer.
Tapa dura.64 páginas.12,95 Euros.

            Utilizo el teclado de mi ordenador portátil Toshiba para escribir una entrada sobre el libro de Paul Auster La historia de mi máquina de escribir, escrito por el autor –cómo no –con la misma máquina a la que se refiere el título y que encontramos retratada por Sam Messer en la portada: una Olympia
           
            En el año 2000, la Olympia y Auster cumplieron veintiséis años de relación, y si las cincuenta cintas que compró el escritor para la máquina, en su papelería de Brooklyn –preocupado por si se quedaba sin las cintas, por si se extinguían – le siguen durando, entonces cuando escribo este post, ellos llevan ya 39 años de convivencia. Una relación que se remonta al año 1974, cuando un antiguo compañero de la Facultad se la ofreció en un momento en el que Auster no tenía dinero para hacerse con una. Desde entonces la máquina de escribir Olympia le ha acompañado a todas partes, y ha seguido en pie sin apenas quejarse por nada (un gritito al arrancarle el hijo de Auster la palanca de retroceso del carro, cambios de cinta, alguna cicatriz, abolladuras…), y sobreviviendo a la llegada –que se quitó del medio a tantas y tantas máquinas de escribir –de los ordenadores. Yo empecé a  parecer un enemigo del progreso, el último pagano aferrado a las antiguas costumbres en un mundo de conversos digitales. p.28-29.


            Esta  Olympia podríamos decir que es una más de la familia –alguien más y no algo –gracias a los retratos que ha hecho de ella Sam Messer, que en cuanto la vio en la casa del escritor se enamoró. Unos retratos que luego le sirvieron a Auster para hacerse más consciente de ella. Nos cuenta: Los cuadros están ejecutados con brillantez, y me siento orgulloso de mi máquina de escribir por haberse constituido en tan valioso tema pictórico, pero al mismo tiempo Messer me ha obligado a ver de otro modo a mi vieja compañera. Aún me encuentro en pleno proceso de adaptación, pero, ahora, siempre que contemplo esos cuadros (tengo dos colgados en la pared del cuarto de estar), me resulta difícil pensar en mi máquina de escribir como un eso. Sin prisa pero sin pausa, eso se ha convertido en ella. p.42.

            Y mientras leemos la historia que ha escrito Auster sobre su vieja amiga y contemplamos las ilustraciones que la acompañan de Messer, empezamos a sentir que esa máquina tiene vida propia.

            Y nos acordamos de una frase de La montaña mágica de Thomas Mann: aquella pieza, que pasaba de generación en generación sin que el tiempo pasase por ella. Y se nos ocurre que quizá esa máquina –como la radio de mi abuela, o los cuatro pequeños volúmenes de El Quijote de mi abuelo –también pase de generación en generación; y seguramente nosotros nos iremos antes que esa radio, que ese Quijote, y que esa máquina de escribir que seguirá ahí cuando ya no estemos, aunque no sabemos si sirviendo con sus teclas para contar otras historias o bien observando toda silenciosa desde algún desconocido lugar.


            Pero sí –y discúlpenme esta debilidad - a veces una cree que ellos tienen vida propia.
 Patricia L.D. 
           
Paul Auster ya apareció por este blog.
            Sam Messer ha expuesto sus pinturas desde 1983. Sus obras se encuentran en numerosos museos y colecciones privadas de todo el mundo, entre ellos el Museo Whitney de Arte Americano y el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Su libro anterior, One Man By Himself: Portraits of John Serl, fue publicado por Hard Press en 1995. Vive en Santa Mónica, California, con su hija, y enseña en la Universidad de Yale. 

sábado, 12 de octubre de 2013

CAMINAR, de Henry David Thoreau.

(…) como si las piernas se hubieran hecho para sentarse y no para estar de pie o caminar, Henry David Thoreau.

 En el  post dedicado al libro de Robert Walser, Diario de 1926, comenté que me gustaría leer sobre el arte de pasear y buscar personajes (ficticios y no ficticios) que le diesen a las piernas. Desde aquella entrada hasta hoy, me han recomendado ya unos cuantos libros. Entre ellos no estaba Caminar de Henry David Thoreau. Caminar llegó en uno de esos paseos tan ramificados que hacemos por Google. Descubrí este breve ensayo y también un artículo en la revista Caimán Cuadernos de Cine (julio-agosto 2013) de Carlos Losilla dedicado a la maravillosa trilogía del director Richard Linklater: Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013).

            Sus protagonistas Jesse y Céline (Ethan Hawke y Julie Delpy) sin duda podrían ponerse en aquel collage que iba/voy a hacer de personajes paseantes, junto a Henry David Thoreau, mi abuelo, Robert Walser y Wordsworth: Cuando un viajero pidió a la criada de Wordsworth que le mostrase el estudio de su patrón, ella le contestó: <<Ésta es su biblioteca, pero su estudio está al aire libre. (p.13)


 William Wordsworth (1770-1850)
         
   Y empiezo  con el primer párrafo de Carlos Losilla:

            Pasear también puede ser un acto de subversión. Mientras paseamos, preferiblemente sin rumbo fijo, no trabajamos, no producimos, no consumimos. Rompemos el circuito mágico del capitalismo. Nos negamos a obedecer las reglas. Y, como mucho, podemos hablar con otro, con otra. Charla también insustancial, que no aporta nada a la gran maquinaria económica.


            Fotograma de Antes del amanecer

Del mismo modo que en la primera parte de esta trilogía nos encontramos a Jesse y Céline deambulando por las calles de Viena sin prisas y  sin ningún objetivo concreto, sin aportar nada a la gran maquinaria económica, Henry David Thoreau (1817-1862) camina desviándose hacia los bosques sabiéndose y sintiéndose al margen de los trayectos prefijados e impuestos por la sociedad: Las carreteras se han hecho para los caballos y los hombres de negocios. Yo viajo por ellas relativamente poco, porque no tengo prisa en llegar a ninguna venta, tienda, cuadra de alquiler o almacén al que lleven. Soy buen caballo de viaje, pero no por carretera. El paisajista, para indicar una carretera, usa figuras humanas. La mía no podría utilizarla. Yo me adentro en la Naturaleza, como lo hicieron los profetas y los poetas antiguos, Manu, Moisés, Homero, Chaucer. (p.18)


            A la par que apuesta por pasear por otros caminos alternativos, alejados de los perfectamente señalizados y estratégicamente orientados por las cercas, también apuesta por un pensamiento salvaje frente a otro domesticado: Así como el ganso silvestre es más rápido y más bello que el domestico, también lo es el pensamiento salvaje, pato real que vuela sobre los pantanos mientras cae el rocío. (p.39).
            Dadme por amigos y vecinos hombres salvajes, no hombres domesticados. (p.43)

            Caminar es un alegato hermoso del paseo, del pasear que es en sí mismo la empresa y la aventura del día, del despreocuparse (dejando a un lado el gran número de ocupaciones diarias), aunque reconociendo también que no siempre es tarea fácil: En el paseo de la tarde me gustaría olvidar todas mis tareas matutinas y mis obligaciones con la sociedad. Pero a veces no puedo sacudirme fácilmente el pueblo. Me viene a la cabeza el recuerdo de alguna ocupación, y ya no estoy donde mi cuerpo, sino fuera de mí. Querría retornar a mí mismo en mis paseos. ¿Qué pinto en los bosques si estoy pensando en otras cosas? Sospecho de mí mismo, y no puedo evitar un estremecimiento, cuando me sorprendo tan enredado, incluso en lo que llamamos buenas obras… que también sucede a veces. (p.15).

            Sabemos que a Céline y a Jesse también les llegará el momento (que no es un momento concreto, señalable en un calendario) en el que ya no puedan desviarse, mantenerse al margen de todo aquello que antes aborrecían; momento  en el que ya habrán tenido que  hacer concesiones y seguramente muchos nos sintamos por eso mismo más cerca de ese pasear de Céline y de Jesse que transcurre por Viena, París o por una pequeña ciudad de Grecia que por los que daba Thoreau por los frondosos bosques; no obstante, en ambos paseos, tanto en el de la pareja como en el de Thoreau, apreciamos y se nos contagia, a pesar de las concesiones, a pesar de la dificultad para quitarnos de encima otras cosas, cierto espíritu de rebeldía que nos invita a pasear y perdernos siempre que podamos por las calles del pueblo o de la ciudad, y a dejarnos sorprender todavía por esos callejones que habíamos olvidado por el simple hecho de no haberlos recorrido jamás.

            Igual que empecé, termino con un párrafo del artículo de Carlos Losilla y a continuación con otro de Thoreau y una breve biografía (de la contraportada del libro):
            Y esa circulación constante entre unos pocos cuerpos que rechazan el orden imperante para construirse otro que compartir, es quizá una alternativa a la realidad, una ficción otra, un posible inicio para la revolución.
            Pues seguramente la revolución empieza en la ficción, que no es otra cosa que pensar alternativas para la vida. Carlos Losilla.

            Espero que seamos más imaginativos, que nuestros pensamientos sean más claros, más frescos y etéreos, como nuestro cielo; nuestros conocimientos más amplios, como nuestras praderas; nuestro intelecto, en términos generales, de una escala mayor, como nuestros truenos, nuestros relámpagos, nuestros ríos, montañas y bosques; e incluso que nuestros corazones se correspondan en amplitud, profundidad y grandeza con nuestros mares interiores. p.29

        
    Henry David Thoreau (1817-1862). Ensayista, topógrafo, disidente nato y maestro de la prosa, su auténtico empleo fue, según él se ocupó de recordar, “inspector de ventiscas y diluvios”. Su nombre ha llegado hasta nuestros días ligado a dos libros capitales para el pensamiento individualista y antiautoritario: Ensayo sobre la Desobediencia Civil (1849) y Walden, o la Vida en los Bosques (1854). Caminar (Walkig) fue, sin embargo, en vida de Thoreau, su obra más popular. Concebida como conferencia, y leída en numerosas ocasiones, sólo se llegó a publicar póstumamente. Es, sobre todo, una defensa de un “pensamiento salvaje”, que arroje sobre nuestra conciencia una luz más parecida a la de un relámpago que a la de una vela. Su ironía y el rumbo de vagabundeo que por momentos toman sus reflexiones, hacen de la lectura de este libro algo tan tonificante como un paseo de buena mañana. Y no hace falta que Thoreau nos recuerde que “el aburrimiento no es sino otro nombre de la domesticación.”


Patricia L.D.

domingo, 15 de septiembre de 2013

CURSO VERANO UIMP / SIN NOTICIAS DE GURB, de Eduardo Mendoza.


Hoy voy a colgar una lista elaborada por el escritor Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943). Del 12 al 16 de agosto tuve la oportunidad de asistir al curso que impartió en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en Santander (Palacio de la Magdalena) titulado Los libros que hay que leer. Eduardo Mendoza es divertido cuando escribe y es divertido como conferenciante. Era verano, hacía calor, y el ambiente estaba lleno de sonrisas. Allá va la lista:

La Biblia.
La Abadía de Northanger, de Jane Austen.
Memorias de la casa muerta, de Dostoyevsky.
La busca, de Baroja.
Si esto es un hombre, de Primo Levi.
El Quijote, de Cervantes.
Guerra y paz, de Tolstoy.
Anales, de Cornelio Tácito.
Edipo Rey, de Sófocles.
El sur, de Borges.
Las desventuras del joven Werther, de Goethe.
La vida es sueño, de Calderón de la Barca.
Hamlet, de Shakespeare.
La metamorfosis, de Kafka.
Divina Comedia, de Dante.
Cándido, de Voltaire.
Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos.
Moby Dick, de Melville.
La isla misteriosa, de Julio Verne.
El sueño eterno, de Raymond Chandler.
El hombre del traje marrón, de Agatha Christie.
Pedro Páramo, de Juan Rulfo.
Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
Todo se desmorona, de Chinua Achebe.
Libro de la almohada, de Sei Shonagon.
En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.

Eduardo Mendoza no recomendó ninguno de sus libros (en más de una ocasión nos dijo que si se sentía orgulloso de algo era de su trabajo como traductor) pero V. hace mucho me comentó que se lo había pasado pipa leyendo Sin noticias de Gurb. A. y A., dos compañeros del curso me regalaron por mi cumple el libro, y en pocos días lo devoré. En el año 1990 apareció Sin noticas de Gurb publicado por entregas en el periódico El País y un año después salió a la luz como libro.

            Eduardo Mendoza no comprende el gran éxito del libro, pero el caso es que mi ejemplar es la 44ª impresión. ¿Qué entenderán los que leen el libro –traducido – y no tienen las referencias necesarias como para saber quién es la cantante Marta Sánchez ni lo que representaba en aquella época? Se pregunta. El caso es que como me dijo V. te lo pasas muy bien siguiendo la pista de Gurb. Porque Gurb apenas aparece en el libro, ha desaparecido, y  junto a uno de sus compañeros alienígenas tendremos que emprender la tarea de encontrarle en la Barcelona preolímpica. Gurb se ha transformado en Marta Sánchez, y no sabemos dónde carajo está.

            Novela breve escrita en forma de diario, está dividida en quince capítulos (desde los días 9 hasta el 24). El diario lo va escribiendo ese extraterrestre compañero de Gurb, y en él anotará unas cuantas veces la frase que da título del libro: Sin noticias de Gurb. Hasta que de con él conocerá a varias personas, nuestras costumbres, nuestra sociedad, paseará por esa Barcelona llena de socavones.

            Hace ya días que lo leí y cada vez que pienso en él me sale una sonrisa y  me viene a la cabeza la canción de los bolígrafos Bic pero con Gurb.

Gurb naranja escribe fino
Gurb cristal escribe normal
Gurb naranja, Gurb cristal
Dos escrituras a elegir
Gurb, Gurb, Gurb, Gurb, Gurb


Cuando leo a Mendoza tengo presente la distinción que hacía Bryce Echenique entre el humor cervantino y el humor quevedesco: el primero está ligado a lo sonriente, lo tierno, lo irónico, mientras el segundo es más sarcástico y cruel. Sin duda Eduardo Mendoza,  tanto como escritor como conferenciante se decanta por el primero.


Patricia L.D.

Nota 1: Obviamente la lista se quedó corta pero sólo teníamos cinco días, y entre conferencia y conferencia también fueron saliendo otros libros. Lo que me gusta de Eduardo Mendoza es que sabe desviarse del programa y perderse si es necesario. No obstante, el programa lo vimos entero.
Nota 2: “Sin noticias de Gurb” es un libro que mandan leer a los adolescentes, suele gustarles mucho.