sábado, 31 de diciembre de 2011

ETCÉTERA

Empezar el último día del año escuchando a George Harrison. All things must pass. Me gusta la cajita que contiene los 2 CD. George H. sentado en un taburete, en medio de un inmenso jardín, rodeado de unos enanos (tipo cuento Blancanieves) con gorros rosa fucsia. Lo pequeño contenido en lo grande. O lo grande contenido en lo pequeño rosado. Y trajes violeta. Parece el Jardín, con mayúsculas. Parece que sus canciones hablan de ese Jardín. Y te invitan a escucharlas con ese último té. Que no es más que el principio: recorrido por el Belén contenido en este pequeño pueblo. A tamaño natural. Y alguien me corrige y dice, ¿”real”? Pero no, tamaño natural. Y luego iremos a visitar uno más pequeño, una reproducción. Y esto parece un día-matrioska. No sé. Y pasaremos la mañana con los amigos. Y la noche con la familia, que contiene a otra familia más pequeñita, que el día de mañana quizá se abra a otra más... Y unos se van. Y otros vienen. Como vendrá el 2012 y se irá el 2011. No más que números en el calendario. Y nada menos. Todos cuentan, aunque a veces tengamos la sensación de que nada, absolutamente nada es tan importante... Pero cuentan. Y están ahí. Mirando por primera vez a través de la ventanilla del metro. Y descubriéndonos lo que pudo ser nuestra primera vez. Y las escaleras mecánicas. Y los regalices gigantes. Las estatuas humanas. Que nos lanzan pompas de jabón. Y nos ofrecen su mano.  Y nos sentimos como esos enanos de la cajita de los 2 CD. Unos niños grandes. Gracias a esa pequeña nueva familia. What is life.  Empieza What is lifeEtc.

¡Buen 2012!

P.L.

lunes, 26 de diciembre de 2011

LAS 10 DEL 2011

De las lecturas que he hecho este año,he disfrutado sobre todo con:

 La montaña mágica, Thomas Mann
Frankenstein o el moderno Prometeo, Mary W. Shelley
Las correcciones, Jonathan Franzen
Mefisto, Klaus Mann
Los papeles de Aspern, Henry James
Dietario voluble, Enrique Vila-Matas
El fondo Coxon, Henry James
Leviatán, Paul Auster
El lector común, Virgina Woolf
Dublinesca, Enrique Vila-Matas

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Las correcciones, de Jonathan Franzen

Había una corona de acebo en el dintel de la puerta. El camino de acceso tenía linderos de nieve y marcas de escoba separadas a intervalos regulares. Esa calle del Medio Oeste le producía al viajero la asombrosa impresión de un país maravilloso, rico, plantado de robles y con espacios descaradamente inútiles. Al viajero no le entraba en la cabeza que semejante sitio pudiera existir en un mundo de Lituanias y Polonias. Había que remitirse a la eficacia aislante de las fronteras políticas para comprender que el poder no saltara, sencillamente, sobre la distancia que separaba tan divergentes voltajes económicos. La vieja calle, con su humo de roble y sus setos techados de nieve y sus aleros festoneados de carámbanos, parecía una realidad precaria. Parecían un espejismo. Parecía el recuerdo excepcionalmente vivo de algo que alguna vez amamos y que ahora está muerto.

Las correcciones, Jonathan Franzen