lunes, 25 de junio de 2012

El curioso caso de Benjamin Button/El secreto de vivir.


El domingo, después de ver El secreto de vivir (1936) de Frank Capra, y quizá porque sus películas parecen un buen cuento, y además bien contado, me entraron ganas de leer uno. Busqué y al final me decidí por El curioso caso de Benjamin Button, de F. Scott Fitzgerald. Hoy he terminado su lectura, y teniendo tan reciente el visionado de la película he empezado a hacer asociaciones: tanto el protagonista de la película de Capra, Mr. Deeds, (interpretado por Gary Cooper) como el protagonista del cuento de Fitzgerald son dos personajes que van a contracorriente. Uno –qué cosas más raras se les ocurren a algunos –decide repartir la herencia que le ha caído en gracia –o en desgracia –entre los más necesitados; el otro porque su reloj biológico va al revés: nace siendo un anciano y según va transcurriendo el tiempo se irá haciendo cada vez más joven, hasta terminar su vida siendo un bebé. (Igual ya han visto la película que hizo David Fincher basándose en este cuento, pero merece la pena leerlo).

        Son dos hombres que no se ajustan a la norma, son diferentes, y como la diferencia siempre suele mirarse con desconfianza y recelo, no les quedará otra que hacer frente a los comentarios malintencionados, a la incomprensión, al verse señalados por miles de dedos, a las burlas, y a los titulares de los periódicos: Mr. Deeds será apodado “El ceniciento”, mientras que Benjamin Button será “El misterioso Hombre de Maryland”. A su alrededor circularán historias inciertas y exageradas, fruto de los rumores. Como dice el narrador que nos cuenta la historia de Benjamin Button: Pero la verdadera historia, como suele ser normal, apenas tuvo difusión.
Ayer (son más de las 00:00) una colaboradora del blog colectivo A leer que son 2 días, con su post hacía una defensa de la literatura juvenil. Yo doy a la flecha derecha del mando y copio las palabras que dice  Mr. Deeds en el juicio en el que tiene que defender su cordura: Es como si veo a un hombre en una barca cansado de remar y me pide que le lleve, pero hay otro ahogándose. ¿A quién espera que ayude? ¿Al sr. Cedar, que me pide que le lleve? ¿O a esos hombres que se están ahogando? Cualquier niño de diez años respondería correctamente. Mi plan es muy sencillo. Daré a cada familia 4 hectáreas, un caballo, una vaca y semillas. Si la trabajan durante tres años la granja será suya. Si estoy loco por eso,  que me  internen.”

          ¿No parece un fragmento sacado de un cuento de niños? Muchos adultos disfrutamos del cine de Capra. Leemos en dos días y  por primera vez un cuento titulado El curioso caso de Benjamin Button, que al igual que su versión en el cine, nos deja cierta melancolía, y pensamos que no nos hubiera importado leer ese libro con doce años; o ver esas películas con trece. Hay libros y películas que están más allá de la edad.

        También reivindico la literatura juvenil para Niños Grandes. Porque a veces olvidamos con demasiada facilidad lo que cualquier niño de diez años respondería correctamente.
Patricia L.

viernes, 22 de junio de 2012

El ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys.


Jane Eyre, de Charlote Brontë (1816-1855) probablemente sea uno de los libros que más veces se ha llevado a la  pantalla. La última adaptación la pudimos ver en las salas a finales del año pasado: la joven Jane Eyre estaba interpretada por Mia Wasikowska y el señor Rochester por Michael Fassbender. Pero esta es otra historia, o en todo caso la continuación de la que hoy nos ocupa,  El ancho mar de los Sargazos, de Jean Rhys (1890-1978).

        ¿Pero cómo que Jane Eyre es la continuación de una historia que se publicó ciento diecinueve años después? Muy sencillo: Jean Rhys leyó Jane Eyre en 1940, y fascinada por el libro, cogió a uno de los personajes de la novela, el gran secreto del señor Rochester, que estaba tan bien guardado y encerrado en una habitación, y decidió darle el protagonismo en un libro, El ancho mar de los Sargazos. Si recuerdan, el secreto encerrado no era otro que la mujer que vivía oculta en Thornfield Hall. La primera mujer del señor Rochester,  Bertha Antoinette Mason.
-       -  ¿Has visto un fantasma?
-       -   No he visto nada, pero me ha parecido sentir algo.
-     -   Eso es el fantasma.

        Bertha Antoinnette Mason, el fantasma, dejará de serlo, porque gracias a Jean Rhys tomará la palabra para contarnos quién es y de dónde viene. Se llama Antoinnette Cosway, y nos la encontramos en la tierra en la que ha crecido, en su mundo. Recorremos con ella su infancia en las Antillas, en los tiempos en  los que se pone fin a la esclavitud. Antoinette Cosway es una niña perteneciente a una familia esclavista, una niña criolla descendiente de ingleses. Tras la muerte de su padre, su madre se vuelve a casar en Ciudad Española con el señor Mason, un inglés que les ayudará a salir de la pobreza en la que han caído: En algunos sentidos todo era mejor antes de que él llegase, pese a que nos rescató de la miseria. <<Justo a tiempo.>> Los negros no nos odiaban tanto cuando éramos pobres. Éramos blancos, pero no habíamos huido, y no tardaríamos en morir porque no teníamos dinero. ¿Por qué iban a odiarnos?

        Y en una atmósfera, magistralmente recreada por Jean Rhys, vemos matas de guayaba, plantaciones de cafetales, montañas y ríos; olemos dulces y suaves perfumes, pero también vemos caballos envenenados, incendios, cuchillos, rumores, mentiras, y puertas que se cierran. En definitiva, casas en ruinas rodeadas de rosales. Y este es el mundo en el que crece Antoinette, un mundo por el que el señor Edward Rochester, cuando entre en él, quedará fascinado y horrorizado por igual. ¿Qué le pasó a la madre de Antoinette? ¿Por qué cuentan que se volvió loca? ¿Está muerta o no? Me pregunté cómo se descubre la verdad y ese pensamiento no me llevó a ninguna parte.  Un mundo del que querrá arrancar a Antoinette. Un mundo entre la locura y la lucidez, entre los sueños, la embriaguez y la luz de la luna.

La novela está dividida en tres partes. En la primera, la historia nos la cuenta Antoinette; en la segunda se alternan las voces de Antoinette y del señor Rochester; y en la tercera, la más corta con diferencia,  ya estamos en Inglaterra,  en la mansión del señor Rochester, en Thornfield Hall, y ahí de nuevo, en uno de los espacios de Jane Eyre, nos encontramos con el fantasma de la casa, Bertha Antoinette Mason (para nosotros Antoinette Cosway). Justamente en el momento antes de…. Y hasta aquí, como Mayra Gómez Kemp, puedo leer. 

Antoinette tuvo que esperar ciento diecinueve años y la pluma de Jean Rhys para dejar de ser un fantasma y contarnos su versión. Como podemos leer en uno de los diálogos de El ancho mar de los Sargazos:
-         - ¿Hay otra versión?
-         - Siempre hay otra versión.


     Seguro que les gustaría conocer  la versión de alguno de los personajes de sus libros favoritos. En mi caso no es otra versión, pero sí me gustaría saber cómo hubiese sido Holden Caulfield, el protagonista de El guardián entre el centeno, en la edad adulta. ¿Cómo se hubiese desenvuelto? En fin, eso que aunque no se haya escrito, también nos gusta imaginar. Los personajes y sus historias no se quedan en el libro tras cerrar sus tapas. Como no se quedó Antoinnette Cosway en Jane Eyre.
Patricia L.

domingo, 17 de junio de 2012

El asesino hiponcondríaco, de Juan Jacinto Muñoz Rengel.

EL ASESINO HIPOCONDRÍACO, de Juan Jacinto Muñoz Rengel.


¿Pueden imaginarse a un hipocondríaco, elevado a la décima potencia, y que además sea un asesino? ¿Se imaginan cómo interferiría esa hipocondría, y todo lo que ésta conlleva, a la hora de acometer la tarea que le ha sido encomendada? Dejen de imaginar, porque ese asesino existe ya. Sus iniciales son M.Y., aunque es más conocido por todos como el señor Y.: un asesino de moral y puntualidad kantiana, que lleva un año y dos meses intentado asesinar a Eduardo Blaisten, un hombre que bien podría ser su antagonista: lleno de vitalidad, de salud envidiable, ligero en su caminar, que tiene una amante, y que siempre está sonriente; es decir, que tiene todo de lo que carece nuestro señor Y.  Y es que el lector, observando todos los tejemanejes del señor Y., termina compadeciéndose de él y  de su  mala suerte, que le acompaña y acecha desde el mismo día en el que nació.

        A través de esta historia iremos viendo cómo se las ingenia para intentar asesinar al señor Blaisten, y entre los múltiples encuentros y desencuentros con su futura víctima –en el metro, en el Starbucks, Guadarrama y calles de Madrid –también habrá tiempo para que nos cuente anécdotas y curiosidades que ha ido recopilando a lo largo de su vida, y  que guardan relación con  personajes de los que se considera un alma gemela. Antes que él, ellas padecieron multitud de penalidades y enfermedades, y como él, parecían estar asediadas por la mala suerte. Y entonces nos encontraremos con Edgar Allan Poe, los hermanos Goncourt, Jonathan Swift, Descartes, Lord Byron, Tolstói, Molière, Nietzsche o Joseph Merrick, más conocido como El hombre elefante (un espíritu sensible y atormentado, encerrado en un cuerpo de pesadilla).

        El señor Y. también es un espíritu sensible, atormentado y encerrado en un cuerpo de pesadilla (un pie afectado de gigantismo, un homúnculo en el cuello)  y nos enternece cuando nos cuenta que no tiene a nadie a quien confiar sus penas, reconociendo que se siente muy solo. Es un asesino, pero si no ha quedado claro ya, un asesino muy peculiar. Un asesino al que le sale alguna lagrimilla, que cumple con la palabra dada, que bebe té, y que se sonroja y tapa los ojos cuando sin querer ve los pechos de una mujer.

        Un asesino hipocondríaco que hará repaso de todos y cada uno de su males: el Mal de Ondina, el Síndrome del Acento Extranjero, el Síndrome de Proteus, el Síndrome del Espasmo Profesional, y otros desórdenes sin clasificar, pero sobre todo, un asesino que nos hará pasar un buen rato, entretenido y divertido.

        Juan Jacinto Muñoz Rengel tiene publicados también dos libros de relatos, 88 Mill Lane y De mecánica y alquimia. El asesino hipocondríaco es su primera novela, y ya va por su 4ª edición.   Ha tenido muy buena acogida por parte de la crítica http://www.elasesinohipocondriaco.com, como por parte de sus lectores:  http://twitter.com/#!/ahipocondriaco

  Patricia L.



miércoles, 13 de junio de 2012

Una habitación propia, de Virginia Woolf.

Estamos en 1928, año en el que le pidieron a Virginia Woolf (Londres 1882- Lewes 1941) que diese una conferencia sobre las mujeres y la novela. De esa petición nacieron dos textos que excedían los límites del evento, y de ellos, Una habitación propia. 

En la página 11 nos encontramos a la señora Woolf  lista para ir a dar un paseo. Así que más que pasar páginas, nosotros, no meros lectores, atravesaremos puentes, observaremos ríos, lilas, tulipanes y otras flores primaverales, a la par que nos iremos adentrando en el discurrir de la propia narradora. Un discurrir que en ningún momento trata de sentar cátedra, sino que trata de clarificar lo que no se comprende del todo bien.

Saldremos de la Naturaleza
y nos llevará a una Biblioteca, y allí, junto a ella, nos sorprenderemos de la cantidad de páginas y más páginas que se han escrito sobre las mujeres, y sobre todo, de que siempre haya sido la pluma del otro sexo quien haya vertido la tinta acerca del tema. Libros, que al margen del interés cultural que entrañan, sin embargo, considera la Woolf,  han sido escritos a la luz roja de la emoción, no bajo la luz blanca de la verdad. 

¿Y dónde estaban las mujeres? –se pregunta. Qué pocas referencias encuentra Virginia –tan curiosa ella –sobre las condiciones en las que éstas vivían. Lo que si encuentra es a la mujer como personaje, pero un personaje que desgraciadamente, estaba a años luz de su referente en la realidad: Algunas de las palabras más inspiradas, de los pensamientos más profundos salen en la literatura de sus labios; en la vida real, sabía apenas leer, apenas escribir y era propiedad de su marido.            

Se sincera, cuando nos cuenta, que en un primer momento dio más importancia al hecho de que una tía suya le dejase una herencia de 500 libras
al año, que al enterarse, más o menos ese mismo día, que habían aprobado la ley que permitía el voto a las mujeres. La primera noticia se le antojó de mayor relevancia.

Si estuviese en sus manos, quedaría reflejado en los manuales de Historia el momento en el que la mujer empezó a ganar dinero gracias a la escritura, a finales del siglo XVIII: El dinero dignifica lo que es frívolo si no está pagado. Quizá seguía estando de moda burlarse de las <<marisabidillas>> con la manía de garabatear, pero no se podía negar que podían poner dinero en su monedero.

Nos habla de una predecesora de este hecho, Aphra Behn, y considera que sin ella, y todas las que fueron abriendo camino en este sentido, no existirían las Jane Austen, las hermanas Brontë y las George Eliot. Gracias a Aphra Behen la mujer conquistó el derecho a decir lo que le parecía. Y ahora,  las mujeres de clase media, y ya no sólo las aristócratas, podrían escribir. Aunque eso sí, todavía en la salita de estar.

Y Jane Austen, George Eliot, Charlotte y Emily Brönte,  están ahí, en los estantes del siglo XIX, en los que Woolf se encuentra, por primera vez con gran cantidad de libros escritos por mujeres. Mujeres, que como hemos dicho, aún no contaban con una habitación propia en la que poder escribir tranquilamente, y que sentían constantemente los efectos de las interrupciones. Todavía oímos los lamentos de Miss Nightingale, <<las mujeres nunca disponían de media hora… que pudieran llamar suya>>.

Jane Austen, por ejemplo, escribió todas sus novelas en la sala de estar. Y su formación literaria, como la del resto, se limitaba a lo que observaban desde ella. Ahí empezaban y terminaban los límites de su mundo. Aunque de esos pequeños  y concurridos espacios,  de esas salas en las que pasaban sus días,  salieron obras como Emma, Villette, Cumbres borrascosas, Middlemarch, o Jane Eyre, con sus personajes femeninos más independientes, con otros matices, ya más ricos y más complejos, que aquéllos otros que habían sido creados por el otro sexo, y que siempre los definían en relación a él.

Jane, Emily, Charlotë y George Eliot, revelaban con sus personajes que  las mujeres tenían otras inquietudes, otros intereses que traspasaban el mundo doméstico. 
           
            Y ahora, nosotros, en el 2012, cerramos Una habitación propia, y pensamos que si tuviésemos que continuar escribiendo ese periplo, tendríamos que seguir caminando y entonces, en ese caminar,  nos  encontraríamos con ella, con Virginia Woolf, con esa mujer que disponía de 500 libras
al año, que le dejaban tiempo para poder contemplar, y que disponía de una habitación propia, con pestillo, para que no entrara nadie y así no ser molestada en su oficio; sí, nos la encontraríamos ahí, sin sentir vergüenza por escribir, con  plena libertad para pensar lo que le diese la gana,  sin que alguien viniera a decirle, <<no, así no>>. ¿Qué estará escribiendo? Acérquense y miren la hoja: Sólo se me ocurre decir, breve y prosaicamente, que es mucho más importante ser uno mismo que cualquier otra cosa. No soñéis con influenciar a otra gente, os diría si supiera hacerlo vibrar con exaltación. Pensad en las cosas en sí.
           
            Después de ese <<pensad en las cosas en sí>>,  la seguiríamos un rato, a ella, a una de las más grandes escritoras de la Historia
y la veríamos observando a una muchacha detrás de un mostrador y la escritora, se diría, que le gustaría leer la pequeña historia de esa joven, conocer fragmentos de su vida, antes que volver a leer la ni se sabe ya qué número biografía de Napoleón.

            Y termino con algo que dice Virginia Woolf respecto a la lectura de algunos libros que considera fundamentales  y que se ajusta perfectamente a lo que sentimos cuando nos adentramos en los suyos:

La lectura de estos libros parece, curiosamente, operar nuestros sentidos de cataratas; después de leerlos vemos con más intensidad; el mundo parece haberse despojado el velo que lo cubría y haber cobrado una vida más intensa.

Patricia L.


sábado, 9 de junio de 2012

Kubrick y la filosofía, de José Manuel Campillo Ortega.



Sin ser  Kubrick mi director favorito, la primera experiencia con el mundo de los e-books ha sido Kubrick y la Filosofía, de José Manuel Campillo Ortega. Que eligiera este libro y no cualquier otro, supongo que guarda relación con el hecho de que me dejaran una caja con todas las películas del cineasta. Y es que a Kubrick quería darle otra oportunidad.

 Cuando terminé de leer este libro pensé que qué motivador hubiese sido tener una asignatura con los contenidos y la metodología que encontramos en  él. Acercarnos a cuestiones que nos tocan tan de cerca, por formar parte ineludible de nuestra existencia, como son el valor, el miedo, la amistad, el respeto, las obsesiones, la libertad, el poder, el azar, las convenciones sociales, el sexo, los sueños, el carisma, la violencia, los errores, etc., a través de la obra de un cineasta tan estéticamente atrayente como Kubrick. Porque uno puede ser fan o no de Kubrick, incluso puede amarle u odiarle, pero todos guardamos en un lugar de nuestra memoria imágenes de algunas de sus películas. El maestro de la imagen por excelencia pone el énfasis (aunque no sea consciente del todo) en ella, no en la palabra. Y como más adelante señala Campillo, esas imágenes son inseparables de la música que las acompañan: Así habló Zaratustra, el Danubio Azul, la Novena Sinfonía

J.M. Campillo Ortega plantea y analiza de un modo accesible, pero sin perder el rigor que bien se merecen, los temas mencionados más arriba, desmigando –con el acierto de no desvelar los finales de los films, o claves que considera que debemos ser nosotros, los espectadores, quienes las investiguemos –once películas. Pondré al lado de ellas, en cursiva, los libros y autores elegidos por Kubrick para hacer su adaptación al cine, ya que estamos en A leer que son 2 días, y aunque el libro que toca es Kubrick y la Filosofía, puede que su lectura nos abra el apetito de muchas otras:  

1. Atraco perfecto.  Clean Break, de Lionel White.
2. Senderos de gloria. Senderos de gloria, de Humphrey Cobb.
3. Espartaco.  Espartaco, de Howard Fast.
4. Lolita. Lolita, de Vladimir  Nabokov
5. ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú. Red Alert, de Peter George.
6. 2001: Una odisea del espacio.  El centinela, de Arthur C. Clarke.
7. La naranja mecánica. La naranja mecánica, de Anthony Burgess.
8. Barry Lyndon. La suerte de Barry Lyndon, de William M. Thackeray.
9. El resplandor.  El resplandor, de Stephen King.
10. La chaqueta metálica. The short-times, de Gustav Harford.
11. Eyes Wide Shut. Relato soñado, de A. Schnitzler.  

Como compañeros para su ensayo, para su homenaje al director, el autor ha elegido a Freud, Jung, Platón, Aristóteles, Hume, Marx, Pavlov, Nietzsche, Hobbes, Rousseau, Sartre, Foucault, entre muchos otros, sirviéndose del acercamiento a estos pensadores para comprender más y mejor eso que llamamos <<la condición humana>>.  (Con una bibliografía al final que es todo un postre). Y todos girando alrededor de Kubrick, de sus historias. Algo importante: no es necesario haber visto las películas del cineasta para seguir el ensayo, aunque después de leerlo apetecerá verlas. Como apetecerá leer, ¡por fin! Lolita de Nabokov. Y Relato soñado, la novela de A. Schnitzler que Campillo Ortega califica de <<extraordinaria>>.

En el documental Stanley Kubrick: Una vida en imágenes,  Woody Allen al comentar 2001: Una odisea en el espacio, dice que la primera vez que vio esta película no le gustó nada. Luego una amiga le transmitió su entusiasmo por ella, y decidieron ir otra vez al cine. En esa ocasión le gustó bastante más. Y a la tercera, la vencida: le entusiasmó. Esta anécdota, también le sirve a J.M. Campillo para hacer un paralelismo entre la experiencia del visionado de las películas de Kubrick y dos formas de quedar atrapado en las redes de una mujer: la obra de Kubrick no es la mujer que te conquista a primera vista; es la luchadora, la que está ahí, la que al final no te gana para un momento, sino para toda la vida.

            Y me encanta que termine prácticamente su libro así, porque como ya dije, quiero darle otra oportunidad a Kubrick. No sé si el cine de Kubrick me ganará para toda la vida pero lo que sí puedo asegurar es que el libro de Campillo Ortega me ha resultado muy seductor, y me ha transmitido, como aquella amiga le transmitió a Woody Allen, esa pasión por su cine.  Como el señor Allen, volveré a sentarme en el sofá… y PLAY.  Que empiece la función. Y a la segunda o a la tercera…
 
Patricia L.
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