sábado, 25 de diciembre de 2010

Para el próximo año

Morimos con un rico bagaje de amantes y tribus, sabores que hemos gustado, cuerpos en los que nos hemos zambullido y que hemos recorrido a nado, como si fueran ríos de sabiduría, personajes a los que hemos trepado como si fuesen árboles, miedos en los que nos hemos ocultado, como en cuevas. Deseo que todo eso esté inscrito en mi cuerpo, cuando muera. Creo en semejante cartografía; las inscripciones de la naturaleza y no las simples etiquetas que nos ponemos en un mapa, como los nombres de los hombres y las mujeres ricos en ciertos edificios. Somos historias comunales, libros comunales. No pertenecemos a nadie ni somos monógamos en nuestros gusto y experiencia. Lo único que yo deseaba era caminar por una tierra sin mapas.

Michael Ondaatje, El paciente inglés

Que 2011 sea generoso con todos en tatoos vitales, cargados de contenido y significado.

martes, 7 de septiembre de 2010

Sostiene Pereira


Aquella fotografía se la había hecho él, en mil novecientos veintisiete, había sido durante un viaje a Madrid y al fondo se veía el perfil macizo de El Escorial.
Antonio Tabucchi, Sostiene Pereira

domingo, 5 de septiembre de 2010

De Henry Miller a Proust

Porque hay libros que nunca terminan. Porque prenden y nunca se apagan. Porque te queman pero no quieres que te echen agua. Porque te asalta la necesidad de coger un lapicero. Porque parece que te roban, aunque te dan. Porque crees que van dirigidos a ti, pero van dirigidos a todos. Porque todos empezamos a mirar a través de sus mundos. Porque hacen mundo. Porque necesitas comunicarlo. Porque después quieres gritar. Y se lo escribes a Anaïs Nin. Y le pides opinión: lo que me interesa de manera vital es la reacción de una mente femenina. Y no recuerdas si te contestó o no. Pero da igual. Sigues copiando y  copiando y le sigues enviando párrafos del libro, de ese libro. ¿Siente lo mismo que tú? y hoy es Proust, y mañana es Cendrars, y pasado será Hamsun. Y te sientes primo de Dostoievski. Y mezclas unos con otros. Y qué más da. Te llevas las manos a la cabeza con desesperación, ¿y qué escribo ahora yo? Ellos parecen haberlo dicho todo. Te paralizas, te bloqueas. Pero luego sigues hacia delante. Sigues. Adelante, porque está muy bien que existan ellos, pero también que existas tú. Y escribes, divagas, te pierdes, te vuelves a encontrar, pero no, prefieres las digresiones. Y te dices que un escritor puede desconcertar a una psicólogo. Y que además es el escritor más psicólogo que el psicólogo: el escritor no da respuestas. Mantiene el drama, el misterio, el esquema indescifrable es lo vital. Y retomas a Proust. Siempre Proust. Y te hubiese gustado leer el guiño que le dedicó Alan Pauls. Pero ya estabas muerto. Y ahora, en tu muerte, te llega aquella carta que le enviaste a Anaïs. La vuelves a abrir. En el cielo hay ángeles-carteros. El sello es de una ciudad desconocida. Lo abres. Te descubres. Te lees de nuevo. Te acuerdas, sí, de aquella carta que escribiste y decides ir a la biblio-celestial y volver a coger En busca del tiempo perdido. Ni allí, en el cielo, se termina Proust, ni allí se apaga, ni allí quieres que echen agua. Pero antes relees la carta, tus propias grafías. Ha pasado tiempo, pero sigues pensando lo mismo:

Lo que me ha ocurrido después de leer a Albertine es que estoy en llamas. Es todo lo que puedo hacer para no subrayar cada línea. Este hombre parece quitarme las palabras de la boca, robarme cada una de mis propias experiencias, sensaciones, reflexiones, introspecciones, sospechas, tristezas, torturas, etc, etc.

Me pregunto a mí mismo: ¿soy el único que experimenta esto o se trata de un sentimiento general que se produce en todos los que devoran con avidez el texto de Proust? En este libro, recuérdelo usted, soy poco consciente -muy poco- de las belleza de su lenguaje, de los matices y demás. El contenido es lo que me asalta, y el sentimiento. No puedo dejar de repetirlo: es como si lo hubiera escrito para mí personalmente. Y por ende me pregunto con verdadera perplejidad qué obtienen los demás de esta obra, qué comprenden aquellos que no han saboreado esas particulares experiencias. En lugar de estar ahíto por la excesiva acumulación de detalles, por las repeticiones con variaciones que Proust emplea con tanta habilidad, estoy fascinado y temeroso del final inevitable, no puede haber final, por cierto, dado el tratamiento que utiliza. Es tan ilimitado como el universo mismo.
 
P.L.
 

domingo, 29 de agosto de 2010

Domingos Alegres

Abro El Mundo al tuntún y me encuentro con la página dedicada a excéntricos: Leonora Carrington. Leonora tiene una gata, una gata a la que no ha puesto nombre. Recuerdo que Holly, el personaje interpretado por Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, también tiene un gato, y le llama Gato. Gato. Es raro, no el nombre del gato Gato, sino la palabra "gato": ga-to.
Y al pensar en más cosas raras recuerdo haber  leído ayer en Mantra algo que le parecía raro al narrador. Lo busco y lo transcribo: Me gustaban las revistas de superhéroes (en especial esos números especiales del sindicalismo con superpoderes que era la serie <<Campeones de la Justicia>>, donde aparecían todos juntos -Supermán, Batman, Wonder Woman, Aquaman, Flash, Flecha Verde, Atom, Linterna Verde, Canario Negro...-y compartiendo una misma casa y, bastante seguido, peleándose entre sí), pero mi variedad predilecta era la serie <<Domingos Alegres>>. La variedad <<Domingos Alegres>> era -ya desde su nombre-algo raro. Una variante culta bajo ese nombre que nunca comprendí. ¿Eran revistas que sólo podían ser leídas durante el domingo porque su función era alegrártelos? Yo siempre pensé y sigo pensando que el domingo era el día más triste de la semana (...)
Y me he acordado también de ese párrafo porque al leerlo anoche pensé que hacía tiempo que no sentía el domingo como el día más triste de la semana. Anoche sentí nostalgia de aquellos domingos tristes. Hasta que ha llegado el domingo y al abrir la terraza me he encontrado con ese insecto ahí: muerto. Y no sé si dejarlo sin nombre, o llamarle La Polilla Mariposa. Así, tipo historieta.
 Tipo Domingos Alegres.
P.L.

sábado, 28 de agosto de 2010

MANTRA

Martín Mantra sonrió una sonrisa leve pero que parecía involucrar la sutil acción de demasiados músculos. Martín Mantra nos miró a todos, a uno por uno, antes de sacar del bolsillo de su delantal un revólver, abrirlo con el mismo movimiento seguro con que se quiebra una rama o el espinazo de un animal pequeño pero peligroso, ponerle una bala en el tambor, hacerlo girar, cerrarlo, llevarse el largo caño a la boca sin arruinar su sonrisa rara y apretar el gatillo. No pasó nada, pero el sonido del percutor golpeando sobre el azar de una recámara sin munición nos pareció más poderoso que el de varios truenos, porque se trataba de un momento importante, iniciático, sagrado.
Después, enseguida, Martín Mantra -con una voz inesperadamente dulce y extendiéndonos su mano y su revólver, como si fueran una ofrenda y una bienvenida- preguntó quién iba, quién quería, quién se atrevía a ser el próximo.
Fui yo.


jueves, 26 de agosto de 2010

Fahrenheit 451



Al otro lado de la calle, hacia abajo, las casas se erguían con sus lisas fachadas. ¿Qué había dicho Clarisse, una tarde? <<Nada de porches delanteros. Mi tío dice que antes solía haberlos. Y la gente, a veces, se sentaba por las noches en ellos, charlando cuando así lo deseaba, meciéndose, y guardando silencio cuando no quería hablar. Otras veces, permanecían allí sentados, meditando sobre las cosas. Mi tío dice que los arquitectos prescindieron de los porches frontales porque estéticamente no resultaban. Pero mi tío asegura que éste fue sólo un pretexto. El verdadero motivo, el motivo oculto, pudiera ser que no querían que la gente se sentara de esta manera, sin hacer nada, meciéndose y hablando. Éste era el aspecto malo de la vida social. La gente hablaba demasiado. Y tenía tiempo para pensar. Entonces, eliminaron los porches. Y también los jardines. Ya no más jardines donde poder acomodarse. Y fíjese en el mobiliario. Ya no hay mecedoras. Resultan demasiado cómodas. Lo que conviene es que la gente se levante y ande por ahí. Mi tío dice... Y mi tío... Y mi tío...>>
La voz de ella fue apagándose.
Ray Bradbury, Fahrenheit 451

martes, 24 de agosto de 2010

Le dijeron que se decidiera: o arriba, o abajo. Empezó a subir, y miró hacia El Escorial. Empezó a bajar, y miró hacia San Lorenzo. No podía elegir. Optó por quedarse entremedias: Escorenzo del Coral.

P.L.

sábado, 21 de agosto de 2010

Lluvia


Y el otro día llovió. Y aproveché para hacer una fotografía. Hoy la he vuelto a mirar, y al verla me he acordado de Lluvia, de Victoria de Stefano. He ido a la estantería, y sí, el libro seguía ahí. La protagonista, ya no lo recordaba, se llama Clarice. Clarice, alter ego de Victoria, homenaje, nos lo dice Ednodio Quintero, a Clarice Lispector, y a la Carice Daloway de Virginia Woolf, y tampoco recordaba estos datos. Quizá porque en el año que descubrí Lluvia todavía no había leído nada de Clarice, la otra Clarice, la escritora brasileña. Y hace poco se paseó por aquí Lispector, la de Venezuela. Y si continuase estableciendo relaciones caería agotada, tambaleada por su infinitud. Y quizá en ese agotamiento me dormiría y soñaría con un artículo que me enviaría una amiga sobre Vila-Matas hablando de Lluvia; y con la lluvia de Seven; y la lluvia de Blade Runner; y en ese sueño cogería de nuevo el libro de Victoria, y lo abriría, y leería algunas páginas, y pensaría en la escritura y la vida; y en el sueño y la vigilia. Y al despertar me daría la vuelta y alcanzaría el libro: Es impresionante cómo el embrión de un relato puede surgir de cualquier parte. Todo lo que se requiere es prestarle atención a lo que salta unos centímetros por arriba o por debajo del fondo familiar de las rutinas. Todo lo que hace falta es bajar de la torre al mundo... Subir, bajar. Pasear la mirada de arriba abajo, lanzarla más allá del límite a partir del cual se vuelve borrosa. Subir bajar. Arriba abajo. E intentaría escribir un post diciendo que el otro día llovió, y hablaría de una fotografía, y de la lluvia reflejada, y no recordaría que la frase ¿cuántos recuerdos contiene una lágrima? era creación mía, y no de la película 2046, sino que yo la asocié a esa película, a esas mujeres llorando, y creería que la saqué de allí, pero no, era mía, aunque lo habría olvidado. Y volvería a ver en dvd la película, y daría vueltas a eso de los recuerdos, y la memoria, y de las proyecciones que hacemos, y entonces me iría de ahí a Inception, y a pensar en esos mundos simultáneos, y en Bergson, y de nuevo a Lluvia de Stefano, y en subir, bajar de la torre al mundo, y en pasear la mirada de arriba abajo, lanzarla más allá del límite a partir del cual se vuelve borrosa, y dormirme y sentir una lágrima bajo la lluvia, y despertar y apartarme esa lágrima de la cara, y preguntarme: ¿cuántos recuerdos contiene una lágrima?

P.L.

jueves, 19 de agosto de 2010

Ya estaba otra vez sin saber qué hacer. No hacía más que un momento pensaba que había tomado ya una decisión, pero los argumentos de sus compañeras eran convincentes y volvieron a hacerla dudar. Bajó desmoralizada la escalera de la Casa de Baños.
Milan Kundera, La despedida

miércoles, 18 de agosto de 2010

Quieres una sopa

La revista sobre el periódico. La calculadora sin pilas. El vaso sin agua, y la nevera casi vacía. No hay niños corriendo, ni jugando en el jardín.  Entonces empiezas proyectos. Para el curso que viene. Y buscas otra Universidad. Y organizas horarios. Encargas material. Avanzas algún tema. Pero los libros no llegan. Te esfuerzas. Lo vuelves a intentar. Abres un blog. Cuelgas citas. Y una fotografía. Todo sigue quieto. Y por fin  llueve. O quieres que llueva. Y todo cambia. Lees un post sobre Lispector. Y a continuación recibes un correo. M. ha sido mamá. Y entonces te alegras y pones la televisión. Y te ríes con el sopero nazi. Nada de preguntas. Nada de comentarios. Ni elogios. Hay que pedir la sopa tal cual, sin dudas, sin titubear. No confundirse. Las mejores sopas de la ciudad. Mediana de cangrejo. O grande de puerro.  Pero la chica la pide mal. Y el sopero nazi explota. Se enfada.  No hay sopa que valga. Entonces el chico dice que no es su novio, que no la conoce de nada. Él quiere una sopa. Prefiere  la sopa. Se queda con ella. Con la sopa. Y te  ríes de nuevo. Y entonces dejas los proyectos. Y los encargos por Internet. Y relees el post. Y buscas unas pilas. Vuelves a abrir el correo. Llenas el vaso. Y ves la foto de nuevo. Quieres una sopa. Y cenas sopa.
P.L.

martes, 17 de agosto de 2010

Collage

... ahora hacía collages en cartón de embalaje con pedazos de chatarra y chapas de botella, son momentáneos-decía-, fugaces por esencia como la vida, mezcla casual, material de derribo, que eso es el arte cuando huye del comercial.
Carmen Martín Gaite, Irse de casa.

Selecciona una serie de personajes de los que al principio no se sabe apenas nada y luego irnos prendiendo y llevando a través de las relaciones de cada uno con cada uno. Naturalmente, según con quien se enfrenten y vayan hablando se desvelan distintos. El final es como el mosaico en cada uno de ese conjunto de conversaciones y actitudes. Las influencias interpersonales y mutuas. Los hay que cambian menos y más, según con quien se relacionen. También se daba esto en Contrapunto y en Dostoievski.
 Novelas como fragmentos de vida.
Carmen Martín Gaite, Cuadernos de todo.

lunes, 16 de agosto de 2010

Añoranza







¡Añoranzas! Las tengo hasta de lo que no ha sido nunca mío, debido a una angustia de fuga del tiempo y una enfermedad del misterio de la vida. Caras que veía habitualmente en mis calles habituales, si dejo de verlas, me entristezco; y no han sido nada mío, a no ser el símbolo de toda la vida.
Fernando Pessoa, El libro del desasosiego


Ve a un chico que se aleja de su vida y se va, inaccesible ya para siempre. Hipnotizada, sólo puede mirar ese pedazo de vida que se aleja, resignada a mirarlo y sufrir. Experimenta una sensación, del todo nueva, que se llama añoranza.
Milan Kundera, La ignorancia

sábado, 14 de agosto de 2010

El bulto

Abro este blog el día de mi cumpleaños. Para inaugurarlo he elegido esta versión que hice hace un par de años de un texto de Lascano Tegui, incluido en su libro De la elegancia mientras se duerme. Leído hoy, después de reencontrarme ayer con amigos de toda la vida, adquiere otros significados. A ellos se lo quiero dedicar, y espero que entre nosotros siempre quede algo (¿un bulto?) que compartir. Abrazos a todos: y también a los que no pudieron venir.



El bulto
Variación de un texto del Vizconde de Lascano Tegui

Vimos cómo lo enterraban, cómo metían la pala, cavaban un pequeño hoyo y tiraban el cuerpo. Lo enterraron casi en la superficie, lo sabíamos, lo habíamos visto y por eso cada tarde, los alumnos del colegio San Marcos, íbamos presurosos en busca del bulto. Nos adentrábamos en el bosque y recogíamos palos.

Nuestros padres nos contaron la historia, a todos la misma: el señor Fargón, al enterarse del asesinato de su hermano a manos de su mujer, bebió mil tragos de aguardiente, cogió una pistola y se pegó un tiro. Así fue. Ellos nos lo dijeron. Nosotros les creímos.

Teníamos los palos y disparábamos las piernas ¡bang! ¿Quién lo tocará antes? Así pasábamos las mañanas en el colegio, impacientes, esperando la campanada de las cinco, hora a la que salíamos agitados, sin volver la vista atrás.

Un día el primero fue Luís, otro Manuel. Éramos seis, y los seis llegamos a compartir el gusto por sentir ese pedazo de carne cerca de la nuestra. Ese compendio de músculos, de nervios y huesos se presentaba tentador a nuestros ojos, aunque sólo viésemos tierra. Estaba ahí, esperándonos.

El suelo, con el paso de los días, se volvió más movedizo, más elástico, como si en ese fragmento de bosque, esa porción de piedras diminutas, cobrase vida. Parecía un gusano, se deslizaba, se metamorfoseaba oculto, y a nosotros nos urgía alcanzarlo con los palos. Eran días en los que no peleábamos, algo por encima de nuestras rabietas nos mantenía juntos. Y formábamos una hermandad a través de ese juego compartido.

Hasta aquel día. Una tarde, bajo el calor asfixiante, la tierra se lo tragó para siempre.

Ahora sólo los mastines del bosque, beben con fruición en ese bache donde va a parar el agua.
P.L.