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sábado, 30 de noviembre de 2013

HISTORIAS DE UNAS MANOS. TRES AUTOBIOGRAFÍAS.

Tengan un poco de paciencia y acompáñenme –en esta máquina del tiempo improvisada –a Cambrils, año 1909. ¿Ven a ese niño de cinco años que está sentado en el sillón, en esta habitación repleta de juguetes? Sí, está vestido como un rey, con su capa de armiño y su corona doradísima. Justo ahora está presionando con las manos sus pequeños párpados, para visualizar esas imágenes que tanto le gustan: primero unos huevos fritos (sin sartén) y unos relojes a punto de derretirse. A continuación se ve –cómo no –a sí mismo, junto a un amigo, paseando los dos por el campo. Están atravesando un puente sin barandas. Mientras él camina, ayuda a avanzar al otro, que va en triciclo, y de repente, se le ocurre una idea muy brillante, así es de original.
            Gira su cara para ver si viene alguien, y al comprobar que sólo ellos dos están en ese paisaje, decide darle un empujón al niño del triciclo que cae cinco metros rodando. Nuestro pequeño rey mira hacia abajo, sonríe, y corre a su casa para contar lo que ha pasado: ¡el niño se ha caído! ¡el niño se ha caído!
            Mientras el niño dolorido está tumbado en su cama, nuestro rey con pantalones cortos se encuentra en la planta de abajo, en una mecedora balanceándose una y otra vez, una y otra vez, qué bien se siente. Observa desde su privilegiada posición como bajan dos muchachas con jofainas llenas de sangre. Pero él está de buen humor, en esa mecedora adornada con labor de crochet que cubre el respaldo, los brazos y el almohadón del asiento, mientras él se lleva unas cerezas a su boca rosada. También la labor está adornada con gruesas cerezas de terciopelo. Qué bonito, cómo se gusta y cómo le gusta todo.
            Le vemos coger el camino de regreso a su casa, lleno de gozo, contemplando el contraste de los colores del campo, ¿no ven lo hermoso que es todo? Llama a la puerta y una vez dentro grita: ¡Estoy aquí madre! ¡Que me traigan mi traje de rey!
            De nuevo en su habitación, vestido de rey, alcanza con sus manos el cetro que hay junto al sillón.
(…)
Viajemos ahora al 1910, esta vez a Rustshuk, Bulgaria. Otro niño de cinco años está sentado sobre su cama, en una habitación más modesta que la anterior: una cama, una mesita y una lámpara. Mira fijamente el papel de la pared, los numerosos círculos oscuros de su dibujo. Está moviendo su boca, dando vida a diversos personajes que parece observar, animándolos con su voz. Cierra la boca y sigue mirando. Hasta que sus ojos se quedan fijos y vemos que ahora aparece en un patio fuera de la casa, jugando a la pelota solo. Llega una niña, un poco mayor que él con un montón de cuadernos. Él sale corriendo hacia ella, le pregunta qué tal en el cole, qué es lo que has aprendido hoy, ¿te han leído cuentos? La niña empieza a contarle y él se muere de gusto con lo que escucha de boca de su prima, que ya está aprendiendo a leer y a escribir.
            La niña abre uno de los cuadernos y el pequeño queda fascinado con todas esas letras llenas de tinta azul. ¿Observan cómo acerca su mano para tocarlas? Pero la prima se adelanta a los deseos del pequeño y cierra de golpe el cuaderno. Que se entere que le han prohibido enseñarlo, que nadie más –sólo, sólo ella –puede tocarlo.
            El niño le pide cariñosamente que le deje señalar las letras con el dedo, sin tocarlas, y preguntar al mismo tiempo qué significan. La niña le deja, le responde diciéndole el significado, pero el niño nota que lo dice con titubeos y le grita: ¡No lo sabes! ¡Eres una mala alumna!
            Al día siguiente se repite la misma historia. Le pide que le deje los cuadernos. Que pueda ver lo que hay escrito.
            Ella los saca y los contempla sin que el niño pueda ver las letras: ¡Eres demasiado pequeño! ¡Eres demasiado pequeño! ¡Aún no sabes leer!
            Sale disparada hacia un muro y ahí los deja, fuera del alcance del niño, que aunque salta y salta no consigue llegar.
            El niño furioso va al patio de la cocina, agarra con sus manos bien fuerte el hacha de cortar la leña. Regresa donde está ella: ¡Agora vo matar a Laurica! ¡Agora vo a matar a Laurica! Y ella sale corriendo dando gritos, chillando como una loca.
            El abuelo va corriendo hacia el niño para detenerle. Le quita el hacha de las manos y le regaña.
            El abuelo y otras personas deliberan qué castigo merece el niño.
            Subamos otra vez a la habitación. Sigue mirando el papel de la pared. Entra su madre y él la abraza, apretándola fuerte con sus manos: Pronto aprenderás a leer y escribir. No tienes que esperar a ir a la escuela. Puedes aprender ahora mismo, le consuela ella.
(…)
            Y nuestro último viaje nos exige viajar a otro continente, quizá por unas calles que podríamos llamar de Las Pequeñas Tristezas (como le gustará llamarlas a nuestro protagonista cuando se haga mayor). Estamos en el año 1902, en Nueva York. Él tiene ahora once años. Baja corriendo las escaleras de su casa, para llegar al saloncito de la primera planta. Se encuentra una bicicleta y unos cinco libros. Es el día de Reyes. Con una mano toca el sillín de la bici, pero a los pocos segundos se va directamente a por los libros. Lleva una bata puesta, tiene frío, pero coge uno y se sienta tiritando en el suelo. Lo abre.
            Ahora está junto a su primo de la misma edad, jugando en un parque. Una pandilla se acerca a ellos y empieza a gritarles: ¡sois unos maricas! ¡sois unos maricas! El primo coge una piedra y la lanza al vientre de uno; él también decide coger otra piedra y lanzarla contra el mismo niño. Accidentalmente le da en la cabeza. Cae muerto, y sus amigos se agachan rodeándole. A lo lejos se oye la sirena de un coche policía. Los primos salen corriendo, perseguidos por dos de la pandilla, pero consiguen escapar, han sido más rápidos. Están agotados del esfuerzo.
            Si nos acercamos a casa de su tía, veremos cómo ésta les está preparando a los dos sus rebanadas de pan de centeno, con mantequilla fresca y un poquito de azúcar. Las devoran mientras escuchan a la mujer, con una sonrisa angelical.
            Despidámonos de él donde le dejamos, en la salita, con su bata, y sus manos sosteniendo el libro que tenía abierto.
            Despidámonos de este viaje en el tiempo y volvamos al 2013.

            Todas estas manos, las que empujan al niño del triciclo y cogen el cetro; las que sostienen con fuerza el hacha contra una niña, señalan unas palabras y  abrazan a una madre; así como las que lanzan una piedra y sostienen un libro,  pertenecen respectivamente a Salvador Dalí, Elias Canetti y Henry Miller. Unas manos de niños que sirvieron más tarde para crear unas obras ejemplares. He adaptado a mi antojo estos fragmentos de vida que he encontrado en sus autobiografías porque me parecieron bastante reveladores, y me pareció que se podían poner  en relación unos con otros a través de esas manos.
            El primero lo hallé en Vida secreta de Salvador Dalí un libro que considero una genialidad. Me lo dejaron y al final me lo he comprado, demasiada tentación. Voy por la página 115 y son 430, así que quizá en otra ocasión le dedique otra entrada.
            El de Elias Canetti (premio Nobel de Literatura en 1981) pertenece al primer volumen  de su autobiografía formada por los libros, La lengua salvada, La antorcha al oído y Juego de ojos.  He leído los dos primeros, y de vez en cuando me gusta releer sus páginas. Empecé en 2009 y espero en breve leer la parte que me falta.
            Y el de Henry Miller pertenece a su Trópico de Capricornio.  Henry Miller aparece en todo lo que escribe, incluso cuando escribe sobre otros, así que creo que podríamos considerar todos sus libros autobiográficos. Me parece curioso –lo contó en una entrevista –que padeciera fagomanía, porque cuando le leemos nos da la sensación de ser un hombre con un hambre descomunal de/por todo. Si nunca han leído nada de él recomendaría antes que los Trópicos (Trópico de Cáncer, Trópico de Capricornio) empezar por El coloso de Marusi y sus Cartas a Anaïs Nin o Cartas Durrell-Miller. 1935-1980. ¿Y por qué no recomendar el Trópico de Capricornio que lo he leído tres veces? Pues porque Miller creo que es un caso raro, perteneciente a esa especie que en su autobiografía se pinta peor de lo que es. Así lo dijeron sus amigos más cercanos, como Lawrence Durrell: Debe admitirse, sin embargo, que Miller disfrutaba bastante dando una imagen de sí mismo que sugiere algo entre un fullero, un cow-boy y un payaso; es en realidad su propio fallo si el crítico se atemoriza ante la imagen que presenta de un malhechor despiadado, antisocial e inmoral. Esta vena fáustica en Miller es, sin embargo, una fuente de considerable diversión para sus amigos, que saben que es el más amable, considerado y honorable de los hombres. Ciertamente su generosidad fundamental y su bien corazón le confieren unos rasgos muy poco adecuados para interpretar a Mefistófeles. (Fragmento perteneciente al libro Tres calas en la novela norteamericana del siglo XX, de Bernd Dietz).
            Igual en sus cartas y en El coloso de Marusi vemos otro Miller que nos prepara para el de los Trópicos… Si es que se necesita preparación.
Bon apettit

Patricia L.D.

 Salvador Dalí (1904-1989)
Elias Canetti (1903-1994)
Henry Miller (1891-1980)

domingo, 1 de julio de 2012

Mi familia y otros animales, de Gerald Durrell.



Hace unos días, el 26 de junio, Viajera sin descanso me lanzaba a través de un comentario en el blog colectivo "A leer que son 2 días" una invitación: lee Mi familia y otros animales de Gerald Durrell, que además, seguía diciendo, es un buen libro para el verano al transcurrir en Corfú. Hasta ahora no había leído a Gerald, pero sí había disfrutado mucho con la lectura de su hermano Lawrence (Larry), por eso no entendí que Viajera sin descanso me dijera que para ella Larry siempre sería el hermano pesado de Gerald. Hasta que empecé a leer este libro. Si Lawrence es conocido por su tetralogía El cuarteto de Alejandría, Gerald lo es por la trilogía de Corfú, que engloba Mi familia y otros animales; Bichos y demás parientes; y el último, El jardín de los dioses. En la introducción al libro nos dicen que es una mezcla de géneros: retrato de gentes y lugares, la autobiografía y el relato humorístico. Para mí, sencillamente, es un canto a la vida.
            Igual les extraña algo de los dos primeros títulos, ese meter en un mismo paquete a la familia y a los animales, a los parientes y a los bichos, pero cuando entramos en el mundo de Gerald entendemos que es sólo fruto del cariño que siente por todos (aunque parece sentirse más unido a los bichos, aparte de comprenderlos más y mejor). Gerald Durrell fue además de escritor, zoólogo, y ya desde sus diez años, que es a la edad que se remonta para contar esta historia, descubrimos su pasión por los animales. Quizá ese observar tan detenidamente desde la niñez el comportamiento animal, le convirtió más tarde en un excelente retratista. ¿Y a quién retrata aquí? Pues a toda su familia durante los cinco años que pasaron en Corfú. Nos encontramos con su madre (viuda), gran cocinera, siempre entre pucheros, recogiendo plantas, flores, cuidando de su prole; con su hermano (muy pesado, sí) Larry, de veintitrés años, pedante a más no poder en ese momento, y futuro novelista; con su hermano Leslie, de diecinueve, gran amante de la caza, disparando aquí y allá; su hermana Margo, de dieciocho, aficionada a coleccionar trapitos y colonias; y sobre todo nos encontramos a muchos, muchos bichos: galápagos, perros, salamanquesas, escorpiones, amantis, culebras, gaviotas, urracas, etc. Mezclados y conviviendo unos con otros. Y si estos “personajes” no fueran ya suficientes, a lo largo de esos cinco años y tres casas (una la dejaron porque venían muchos amigos de Larry de visita y necesitaban una más grande para acogerles; otra porque iba a venir un pariente no muy deseado, y para que no viniese, volvieron a trasladarse a una más pequeña) aparecerán también un buen número de excéntricos, pero claro está, van que ni pintados con esta familia. Vivir en Corfú era como vivir en medio de la más desaforada y disparatada ópera cómica.
            Cuando se publicó Mi familia y otros animales, la madre de los Durrell ya había muerto. A ella se lo dedica Gerald. Y Larry, en el prólogo del libro de su hermano, empieza diciendo que es la heroína de esta historia. Cuando terminas de leerla, sientes que un pedacito de esta familia y un pedacito MUY GRANDE de Corfú se te ha quedado dentro. Cuando terminas de leerla, también piensas que a lo mejor no hay grandes o pequeños temas, sino grandes o pequeños narradores. Y cuando hay amor, y profunda pasión por algo, es muy difícil no transmitirla. Gerald la transmite: por su familia, por sus bichos (increíble cómo narra las relaciones entre los animales), por Corfú.
            Cuando Viajera sin descanso me recomendó este libro, le dije que a ver si podía localizar una de las muchas cartas que Lawrence (el pesado Larry) le escribió a Henry Miller, y a lo mejor, leyéndola,  empezaría a mirarle con otros ojos; en concreto se trata de una carta que más tarde se convirtió en apéndice del libro El Coloso de Marusi: el delicioso libro de Henry Miller en el que narra su viaje a Grecia.
             En esta carta de Lawrence, que es otro canto a la vida, descubrimos lo que significó esta tierra para otro de los hermanos Durrell. Espero que os guste. La transcribo porque también es muy de verano: Kikirikiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii.  
            A bordo – Arntena                                                                 
            10 de agosto de 1940
            Los campesinos están echados por todas partes comiendo sandía; el jugo corre por las cunetas. Una enorme multitud se dirige en peregrinación a la Virgen de Tinos. Y aquí estamos precariamente fuera del puerto, escudriñando la línea del horizonte en busca de submarinos italianos. Lo que en realidad quiero contarte es la historia de los gallos de Ática. Servirá de marco a tu retrato de Katsimbalis, que aún no he podido leer, pero que según dicen es maravilloso. He aquí la historia: Subimos todos a la Acrópolis la otra noche, muy borrachos y exaltados por el vino y la poesía; era una noche oscura y calurosa y el coñac nos hervía en las venas. Estábamos sentados en las gradas en la entrada del gran pórtico, pasándonos la botella: Katsimbalis recitaba y Georgakis lloriqueaba; de pronto a aquél le sobrevino una especie de ataque y tras ponerse de pie de un salto, comenzó a gritar: << ¿Queréis oír los gallos de Ática, condenados modernos?>>. Su voz tenía un timbre de histeria. No respondimos, ni tampoco él lo esperaba. Se acercó corriendo al borde del precipicio, como si fuese la reina de las hadas, todo vestido de negro; echó la cabeza hacia atrás, colgó el bastón de su brazo herido y emitió el toque de trompeta más espeluznante que haya escuchado jamás. Quiquiriquiii. Resonó por toda la ciudad, parecida a un tazón oscuro salpicado de luces como cerezas. Rebotó de un montículo a otro y se deslizó bajo los muros del Partenón, bajo la victoria alada, aquel horrible canto de gallo macho, peor que Emil Jannings. Quedamos mudos de perplejidad, y mientras nos mirábamos el uno al otro en la oscuridad, a lo lejos, con una claridad argentina en la noche, respondió un gallo soñoliento, y luego otro, y otro. K. enloqueció entonces. Adoptando la postura de un pájaro a punto de lanzarse al espacio, agitando los faldones de la chaqueta, lanzó un alarido terrorífico, y los ecos se multiplicaron. Gritó hasta que se le hincharon todas las venas, parecía un gallo apaleado y destrozado de perfil, aleteando en su propio estercolero. Seguía gritando histéricamente y su auditorio siguió creciendo en el valle, hasta que, como clarines, cantaron y cantaron respondiéndole desde toda Atenas. Finalmente, entre carcajadas y acceso de histeria, tuvimos que rogarle que se callara. La noche entera vibraba con el canto de los gallos, toda Atenas, toda Ática, toda Grecia, parecía, hasta imaginé que incluso tú te despertabas en tu escritorio de Nueva York para oír aquel repique sonoro y terrible; el canto del gallo de Katsimbalis en Ática.
            Fue épico. Un momento grandioso y puramente katsimbaliano.
            ¡Si hubieses podio oír aquellos gallos, el frenético salterio de los gallos de Ática! Soñé con ellos dos noches seguidas. Bueno, en este momento nos dirigimos a Mykonos, resignado ahora que hemos oído los gallos de Ática desde la Acrópolis. Me gustaría que lo escribieras, sería parte del mosaico.
            Saludos a todos.
            Larry.
Patricia L.

jueves, 12 de abril de 2012

Curso de filosofía en seis horas y cuarto, de Witold Gombrowicz

Curso de filosofía en seis horas y cuarto
Witold Gombrowicz
Fábula Tusquets Editores, 2009
152 páginas
Cuenta Cristina Fernández Cubas en su prólogo al Curso de filosofía en seis horas y cuarto de Witold Gombrowicz que este libro responde a  la ocurrencia que le sobrevino a un amigo del escritor polaco cuando éste sólo sentía dolor (tenía 64 años, padecía asma y había sufrido un infarto de miocardio). Una simple ocurrencia que sin embargo le sirvió a Gombrowicz para interesarse por ella y darle una oportunidad (a la ocurrencia y a él, que ya había pedido una pistola y también veneno).
La idea era la siguiente: Gombrowicz sería el profesor, y su mujer y el amigo ocurrente, los alumnos que asistirían a escuchar sus lecciones de filosofía. Cito literalmente a Fernández Cubas: los filósofos, a los que a menudo acusa W.G. de un exceso de abstracción y desinterés hacia los problemas de la vida, serán, pues, sus fieles compañeros en el momento en que, paradójicamente, es la vida quien ha decidido desentenderse de Gombrowicz.  
            Según  Fernández Cubas, Gombrowicz no renuncia al humor y la ironía en estas clases, y es un buen compendio de lo que fue una de sus pasiones en la vida. Entiendo, que desde mañana, cuando empiece este libro, me voy a encontrar no con un manual  de filosofía, sino con la filosofía digerida por los intestinos, por el esófago, el estómago y la faringe de Gombrowicz. Recuerdo  la sorpresa que me causó la lectura de  El tiempo de los asesinos, de Henry Miller, pensando que iba a ser un ensayo sobre Rimbaud, y luego me di cuenta de que lo que tenía entre manos era un Rimbaud henrymillerizado, o un Henry Miller rimbaudianizado. Y al fin y al cabo, eso es lo que nos interesa. Ver qué hicieron con aquellas lecturas, cómo se las apropiaron, qué les atraía de ellas, cómo influyeron en su obra, en su vida, y cómo llega un momento en el que es imposible discernir a los unos y a los otros, cómo se borran los límites, confundiéndose todos y todo. Ojalá nunca seamos maduros. Ojalá nunca dejemos las aulas. Qué bueno tener en esta ocasión al polaco como profesor.
            P.L.

domingo, 23 de enero de 2011

Solo una cosa no hay. Es el olvido.

Recuerdo -hace mucho tiempo- que mi amiga Vanesa me contó algo sobre un cuadro, algo sobre cómo al mirar ese cuadro sentía que ella había estado allí, como si hubiese vivido en esa época, y en ese momento. Me gustaría, si se acuerda, que me dijese qué cuadro era. Yo tengo una sensación similar cuando leo una carta que le envió Lawrence Durrell a Henry Miller. En ella le cuenta cómo un grupo de amigos subieron una noche borrachos a la Acrópolis. Estaban allí, sentados y embriagados por el vino y la poesía, cuando de repente, uno de ellos, Katsimbalis, se levantó de golpe y gritó:<<¿Queréis oír los gallos de Ática, condenados modernos?>>. Ninguno le contestó. A continuación fue corriendo al borde del precipicio y de su boca salió un espeluznante Quiquiriquiii. Y a ese Quiquiriquiii fueron uniéndose los maullidos de un gato, y luego otro, y otro tras otro. En un instante pareció que toda Atenas despertaba al grito de Katsimbalis. Y los amigos reían a carcajadas. Cuando leo esa carta, entro en ella. Entro en la Acrópolis, en esa noche mágica, y estoy allí. Escuchando, riendo con ellos. También siento que he estado allí, en esa época, y ese momento. Como Vanesa en aquel cuadro. Y pienso en el gozo que experimentaría Henry Miller mientras  leía esa carta. Desde Nueva York. Y cuánto le hubiese gustado estar reunido con sus colegas. Aquella carta la puso como apéndice para su obra El coloso de Marusi. Una delicia de libro sobre su viaje a Grecia.


Hace poco recibí dos fotografías de Antonio, un compañero de la Facultad que había ido a pasar unos días a Grecia. Una de ellas era ésta.  La Acrópolis. En la noche:
Quiquiriquiiii

Pasados unos días en un correo suyo  aparecía una frase de Borges: “Solo una cosa no hay. Es el olvido.” Y acordándome del cuadro de Vanesa y de la carta de Lawrence Durell, y de la similitud entre lo que sentimos al ver ese cuadro y al leer esa carta, me pregunto si en verdad no habríamos estado allí, en ese otro mundo, ella en el del cuadro y yo en la Acrópolis con Katsimbalis y los demás, lo único que hasta entonces la memoria no nos lo hubiese recordado.

Y después de leer la frase de Borges en el correo de Antonio continué con el libro que tenía entre manos, Dietario voluble de Enrique Vila-Matas.  Nos habla de Nungesser y Coli, los dos pilotos que no consiguieron atravesar el océano Atlántico. Dos semanas más tarde de su tentativa, lo consiguió Lindbergh. Se acuerda de ellos, de los dos pilotos gracias a la lectura de un un haiku de Sebald: <<El 8 de mayo de 1927/ los capitanes/ Nungesser & Coli/ despegaron de Le Bourget/ & después nunca más/ se les volvió/ a ver.>>. Nungesser y Coli desaparecieron, y tras hablarse un tiempo de su historia, todo cayó en el silencio. Sebald los recupera en su haiku, a continuación los recupera  Vila-Matas, y ahora yo.  Porque solo una cosa no hay. Es el olvido.

Vila-Matas menciona un cuadro del pintor mexicano, Ángel Zárraga, cuadro que es un homenaje a aquellos dos pilotos desaparecidos. Además de ellos, en el cuadro salen unas mujeres esperando, a modo de cuadros autónomos dentro del cuadro. (¿Sería el cuadro de Vanesa, de su época, de su momento?). Y termina el párrafo Vila-Matas diciéndonos:<<He mirado esa pintura y después me he olvidado de todo, salvo del olvido>>.

Sí, después de leer la frase de Borges en el correo electrónico de mi compañero,  me encuentro en el libro de Vila-Matas esa otra parafraseándola. Y pienso en lo que le gusta a Laly todo lo relacionado con las casualidades. Y cuánto disfruta con los libros de Paul Auster. Ayer me contaba que había terminado el último y que también hay casualidades. Y mi madre me dijo que tengo que leer Leviatán, de Paul Auster,  que me va a gustar mucho. 

Me acuerdo, para terminar,  que Borges además de decir que <<Solo una cosa no hay. Es el olvido>>, también sostenía que las casualidades no existen, que los sucesos  imprevistos son producidos por hechos y circunstancias en las que nada tiene que ver el azar sino leyes muy precisas que nosotros, los hombres,  desconocemos y por ello las atribuimos a lo incontrolable.

P.L.


domingo, 5 de septiembre de 2010

De Henry Miller a Proust

Porque hay libros que nunca terminan. Porque prenden y nunca se apagan. Porque te queman pero no quieres que te echen agua. Porque te asalta la necesidad de coger un lapicero. Porque parece que te roban, aunque te dan. Porque crees que van dirigidos a ti, pero van dirigidos a todos. Porque todos empezamos a mirar a través de sus mundos. Porque hacen mundo. Porque necesitas comunicarlo. Porque después quieres gritar. Y se lo escribes a Anaïs Nin. Y le pides opinión: lo que me interesa de manera vital es la reacción de una mente femenina. Y no recuerdas si te contestó o no. Pero da igual. Sigues copiando y  copiando y le sigues enviando párrafos del libro, de ese libro. ¿Siente lo mismo que tú? y hoy es Proust, y mañana es Cendrars, y pasado será Hamsun. Y te sientes primo de Dostoievski. Y mezclas unos con otros. Y qué más da. Te llevas las manos a la cabeza con desesperación, ¿y qué escribo ahora yo? Ellos parecen haberlo dicho todo. Te paralizas, te bloqueas. Pero luego sigues hacia delante. Sigues. Adelante, porque está muy bien que existan ellos, pero también que existas tú. Y escribes, divagas, te pierdes, te vuelves a encontrar, pero no, prefieres las digresiones. Y te dices que un escritor puede desconcertar a una psicólogo. Y que además es el escritor más psicólogo que el psicólogo: el escritor no da respuestas. Mantiene el drama, el misterio, el esquema indescifrable es lo vital. Y retomas a Proust. Siempre Proust. Y te hubiese gustado leer el guiño que le dedicó Alan Pauls. Pero ya estabas muerto. Y ahora, en tu muerte, te llega aquella carta que le enviaste a Anaïs. La vuelves a abrir. En el cielo hay ángeles-carteros. El sello es de una ciudad desconocida. Lo abres. Te descubres. Te lees de nuevo. Te acuerdas, sí, de aquella carta que escribiste y decides ir a la biblio-celestial y volver a coger En busca del tiempo perdido. Ni allí, en el cielo, se termina Proust, ni allí se apaga, ni allí quieres que echen agua. Pero antes relees la carta, tus propias grafías. Ha pasado tiempo, pero sigues pensando lo mismo:

Lo que me ha ocurrido después de leer a Albertine es que estoy en llamas. Es todo lo que puedo hacer para no subrayar cada línea. Este hombre parece quitarme las palabras de la boca, robarme cada una de mis propias experiencias, sensaciones, reflexiones, introspecciones, sospechas, tristezas, torturas, etc, etc.

Me pregunto a mí mismo: ¿soy el único que experimenta esto o se trata de un sentimiento general que se produce en todos los que devoran con avidez el texto de Proust? En este libro, recuérdelo usted, soy poco consciente -muy poco- de las belleza de su lenguaje, de los matices y demás. El contenido es lo que me asalta, y el sentimiento. No puedo dejar de repetirlo: es como si lo hubiera escrito para mí personalmente. Y por ende me pregunto con verdadera perplejidad qué obtienen los demás de esta obra, qué comprenden aquellos que no han saboreado esas particulares experiencias. En lugar de estar ahíto por la excesiva acumulación de detalles, por las repeticiones con variaciones que Proust emplea con tanta habilidad, estoy fascinado y temeroso del final inevitable, no puede haber final, por cierto, dado el tratamiento que utiliza. Es tan ilimitado como el universo mismo.
 
P.L.