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viernes, 22 de septiembre de 2023

El papel pintado amarillo, Charlotte Perkins Gilman

Nada más terminar la lectura de este texto he ido a mirar si estaba incluido en la 'Antología del cuento norteamericano' que hizo Richard Ford. No está... pero podría.
Su autora, Charlotte Perkins Gilman(1860-1935), sufrió una crisis nerviosa con tendencia a la melancolía, y añade, ¡y más que eso! , aconsejándola un especialista, tras un breve descanso, que ya estaba bien y lo único que tenía que seguir eran estos consejos: llevar una vida lo más doméstica posible, no tener más de dos horas de vida intelectual al día, y no  acercarse a una pluma, a un lápiz o a un pincel.

Afortunadamente Charlotte Perkins Gilman tras seguir esos consejos tres meses y ver la ruina mental en la que caía decidió salir de ahí. Fruto de aquella experiencia es este cuento. Nos lo cuenta en un breve texto de 1913 'Por qué escribí El papel pintado amarillo' que muy acertadamente incluyen al final en esta edición. Al cuento la acompañan unas ilustraciones de Laura Varsky. La traducción es de Victoria León.

Sería estupendo llevar este cuento al cine. Me he acordado de la peli de Polanski 'Repulsión' y cómo salían de las paredes unas manos que se acercaban al personaje que interpretaba Catherine Deneuve. Quizá estaría bien volver a verla  desde el texto de Perkins Gilman:

《Había luna. Y la luna ilumina por todas partes, igual que el sol.
Detesto verla a veces por esa lentitud con que trepa y por cómo se asoma, una por una, a través de todas las ventanas.
John dormía y yo odio despertarlo, así que me quedé quieta y estuve observando la luz de la luna sobre el ondulante papel pintado hasta que me pareció aterrador.
La figura borrosa de detrás parecía agitar el dibujo como si quiera salir.》p.25

lunes, 1 de noviembre de 2021

Leyendo a Enrique Vila-Matas

 

Fue leyendo Marienbad eléctrico de Enrique Vila-Matas como descubrí un libro de Alain Robbe-Grillet, Por qué me gusta Barthes. Un libro que Vila-Matas adora por su rareza, esa rareza que consiste en explicar por qué se admira a otro:  frente a los que prefieren increpar o despreciar las obras de sus colegas. En el prefacio Olivier Corpet cuenta que Robbe-Grillet distinguía entre relaciones <<turbias, sospechosas>> y <<relaciones de novelista a novelista>> o <<relaciones amorosas>>. Imagino que esa relación entre Robbe-Grillet y Barthes que tanto adora Vila-Matas la habrá asociado a su relación con Dominique Gonzalez-Foerster.

Dominique Gonzalez-Foerster

Fue leyendo Marienbad eléctrico de Enrique Vila-Matas como descubrí a la artista Dominique Gonzalez-Foerster, y a través de ella al director de cine Tsai Ming-liang. La artista, fascinada por la secuencia final de la película Viva el amor, marchó a Taipéi (Taiwan) en busca del parque donde transcurría esa escena para pasear también ella con su cámara en mano, como hizo Ming-liang en 1994, con el fin de tratar de responder a por qué esa escena y no otra despertó su deseo de hacer videos.  No sé la respuesta, pero si vi en Dominique ese gesto del que hablábamos más arriba, ligado a esa relaciones nada sospechosas y que tienen que ver más con las relaciones amorosas. De alguna manera en su video está implícito su admiración por Ming-liang.

Busco sin éxito  esa película, Viva el amor, no doy con ella en ninguna plataforma.  Voy limitando la búsqueda hasta dar, al menos, con la escena con la que termina el film, esa escena que desencadenó el deseo de hacer películas en Dominique. Y la encuentro. Play: aparece una mujer caminando por una zona en construcción, el mismo parque por el que caminará Dominque cinco años después de ese rodaje. Escuchamos el sonido de sus tacones sobre el asfalto, unos pájaros, el claxon de los coches. Apenas hay nadie además de ella. Solitarios paseando, alguno corriendo. Hasta que llega a un auditorio al aire libre en el que hay muchos bancos. Vemos sentado a un hombre canoso, leyendo el periódico. La joven se sienta unos cuantos bancos detrás y empieza a llorar. Vemos su rostro, cubierto por la larga melena rizada agitada por el viento. No para de llorar. 

Viendo esas lágrimas resbalar recuerdo que en la entrevista en la que he podido escuchar a Ming-liang  dice que tiene una relación muy especial con el agua. Somos como una planta. La uso de una manera consciente en la medida de que está siempre presente en nuestra vida. En Taiwan lo está. La relación del agua con las lágrimas y con el deseo es importante. 

La actriz mira no sabemos si al escenario que tiene enfrente, recordemos que estamos en un auditorio, o hacia dentro, hacia eso que trata de salir, quizá si hubiese visto la película entera… pero qué importa. Van amainando el llanto y el viento. Se quita con la mano el cabello de la cara. Retira las lágrimas. Quizá llorar en público tiene algo que lo emparenta con  leer rodeada: como si construyésemos con esos dos actos un iglú que nos aislase de los otros. Aunque también leemos con otros y lloramos con ellos. Definitivamente: leer y llorar siempre remite a un otro por muy distanciados que en ese momento parezcamos estar.

 Pienso en el llanto, o en determinado llanto, como una mezcla de aburrimiento y sueño como los entendía Walter Benjamin. El aburrimiento decía Benjamin es  el momento máximo de relajación espiritual, mientras que el sueño el momento máximo de relajación corporal. Y no nos sentimos después de llorar ¿doblemente relajados? Sí, así lo pienso ahora, como si lo anímico y lo corporal pudiesen, al menos por un rato, descansar. Y quizá entonces es posible la escucha. Como si al liberarnos de esa emoción quedara un lugar desde el que poder escucharnos.

A Ming-liang no le importa detenerse en ese momento. La mujer frente al escenario, nosotros frente a ella durante nueve minutos y once segundos que dura la escena. El director nos regala un tiempo que está más allá del tic tac de un reloj, el mismo tiempo que la mujer se está concediendo. Me gustan esos directores tan generosos con los espectadores.

 Se suena la nariz con un pañuelo de papel. Por fin vemos su cara totalmente despejada en el momento en el que enciende un cigarro.

Dominique Gonzalez-Foerster viendo esa escena quiso ponerse en marcha y grabar su plano en Taipéi, y curiosamente, lo grabó en un día de mucha lluvia, su plano de Taipéi empapado; me pregunto si lo habrá visto Tsai Ming-liang, una secuencia que podría yuxtaponerse a la suya, esta vez bien cubierta de lluvia. Las lágrimas de ella se mezclarían con las que caen del cielo de Taipéi (sé que también han pensado en Blade Runner).

Vila-Matas dice que Georges Perec explica en Espacio de espacios, que cada detalle de un lugar en el que fijemos nuestra atención es ya una narrativa en miniatura. Quizá Dominique vio en esa película su propia narrativa en miniatura. Dominique no dejó escapar esa escena del parque de Taipéi, y decidió situarse en el lugar “real” que vio por primera vez a través del cine. A través de una película decidió filmar la suya.

 

Viva el amor (1994), Tsai Ming-liang

Dominique González-Foerster dice: yo escribo como puedo en el espacio.

Tsai Ming-liang en la entrevista que vi: los espacios son muy importantes, son espacios que tienen una carga emocional para mí. No elijo lugares turísticos. Les doy importancia porque nos ayudan a poder sacar lo que lleva un personaje dentro. Es otro personaje. Los analizo mucho. Vuelvo a ellos.

Como vuelven cada cierto tiempo Enrique Vila-Matas y Dominique Gonzalez-Foerster al café Bonaparte de París, lugar donde comparten la alegría imparable de su intercambio de ideas sin inhibiciones. A los dos les gusta también dialogar con los autores que leen y con todo aquello que en algún momento puede hacer saltar la chispa artística. Disfruté mucho de Marienbad eléctrico. Aunque ha sido después, cuando he leído Por qué me gusta Barthes, y cuando he seguido los pasos de Dominique siguiendo los de Ming-liang que me he acercado más al libro de Vila-Matas.

Una amiga me envía una fotografía del banco que me gusta fotografiar. También compartimos esa alegría imparable de intercambio de ideas sin inhibiciones. Vila-Matas fue a Marienbad –donde transcurre una de sus películas favoritas, El año pasado en Marienbad, de Alain Resnais– para sentir lo que Dominique Gonzalez-Foerster siente cuando trata de transformar un espacio que parece condenado a no cambiar nunca; Dominique Gonzalez-Foerster fue a Taipéi y lo transformó.

Y hasta aquí, supongo, un por qué me gusta Enrique Vila-Matas.

Patricia L.D.

martes, 22 de septiembre de 2020

La vida simple, Sylvain Tesson

 
La vida simple, Sylvain Tesson
Alfaguara, 2013
Traducción: César Aira
240 páginas
 
 

Sylvain Tesson (París, 1972), escritor y viajero, decidió  realizar un viaje  que a diferencia de los anteriores le obligase a quedarse largo tiempo en un mismo lugar. Para ello eligió una cabaña al norte de la reserva natural de Baikal-Lena, en el sur de Siberia. Duración: Seis meses. Cada mes da lugar a un capítulo: Febrero-el bosque. Marzo-el tiempo. Abril-el lago. Mayo-los animales. Junio-los llantos. Julio-la paz. Seis meses en los que irá anotando en el diario su experiencia allí. Como sabía ya antes de marcharse que iba a pasar mucho tiempo en la cabaña y que habría momentos de vacío, se equipó de un buen surtido de textos, p.26: cuando uno desconfía de la pobreza de su vida interior, hay que llevar buenos libros: con ellos siempre se podrá llenar el vacío. La lectura de esos libros dará lugar a reflexiones que se mezclarán con lo que él vive en ese entorno. Aparte de su adorado Walt Whitman, y un sinfín de escritores,  están algunas guías naturalistas que le servirán para aprender los nombres de pájaros, plantas e insectos y así, al nombrarlos, de algún modo dar las gracias a todo lo que le acoge durante ese tiempo. Nombrar a cada ser que le recibe como muestra de  cortesía. En  este bosque aprenderá a disfrutar, gracias a la soledad y del tiempo del que dispone, del goce de las cosas. Lo que no sé si para descubrir esto es necesario marcharse a un lugar lejano y con ciertas condiciones un tanto extremas: como esas bajas temperaturas que sobrelleva con una estufa de hierro bien alimentada de leña, y el suplemento para el cuerpo de sorbos de té  y litros de  vodka. Eso sí, el escenario es más llamativo por diferente.

Su objetivo: Simplificar la vida. Sobriedad. Dejar todas las demandas de la ciudad aparcadas, olvidarse del resto del mundo y dedicarse a la contemplación y a las actividades esenciales como tener calor, comida y bebida. Sylvain Tesson ni es el primero ni será el último, sólo otra variación del personaje cansado de todo que decide retirarse, y demostrarse que es posible  vivir de otra manera. P.36: Leer, sacar agua, cortar leña, escribir y servirse té se vuelven liturgias. P.40: El lujo del ermitaño es la belleza. Su mirada, dondequiera que la pose, descubre un esplendor absoluto.

La figura que cree encarnar Sylvain es la del ermitaño,  que se mantiene aparte, en un amable rechazo. Se parece al convidado que, con un gesto suave, rechaza un plato. Si la sociedad desapareciera, el ermitaño proseguiría su vida de ermitaño. El ermitaño no se opone, se casa con un modo de vida. No denuncia una mentira, busca una verdad. Es físicamente inofensivo y se lo tolera como si perteneciera a un orden intermedio, una casta media entre el bárbaro y el civilizado, pp.126-127. A diferencia de un místico que trata de desaparecer, el ermitaño lo que quiere es reconciliarse con el mundo. Regresar a una vida más sencilla, sin el constante flujo de estímulos que tiene en la ciudad y que al ser absorbido por ellos  le impiden el goce de lo simple. P.40:  La cabaña es un laboratorio. Un alambique donde precipitar los deseos de libertad, de silencio y soledad. Un campo experimental donde inventarse una vida a marcha lenta. Los animales, el viento, el sol, las tormentas, las relaciones con unas pocas personas en las que no es obligatorio estar diciendo algo constantemente…

Sylvain Tesson, será un ermitaño durante seis meses, apartado de la sociedad en la que vive, para luego volver a ella y publicar su experiencia, que consiste en contrastar lo que allí ha vivido con lo que se vive en la urbe. Un tiempo lento frente a un tiempo frenético. Un mundo que te exige contestar a todas sus llamadas y preguntas frente a otro en  el que predomina  el silencio sin apenas interlocutores. Un borrarse temporal para luego hacerse otra vez visible. ¿Contradicciones?: lo valiente sería mirar las cosas a la cara: mi vida, mi época y lo demás. La nostalgia, la melancolía, la ensoñación dan a las almas románticas la ilusión de una huida virtuosa. Pasan por medios estéticos de resistencia a la fealdad, pero no son más que la máscara de la cobardía. ¿Qué soy? Un cobarde, abrumado por el mundo, recluido en una cabaña en el fondo de los bosques. Un poltrón que se alcoholiza en silencio por no atreverse a asistir al espectáculo de su época ni visitar su conciencia caminando por la playa. P.153

Ya casi al final,  p.226: es bueno saber que en un bosque del mundo, allá lejos, hay una cabaña donde algo es posible, situada no muy lejos de la dicha de vivir, y recuerdo El libro de la almohada, de Sei Shonagon, un diario en el que esta escritora japonesa del siglo X iba anotando las pequeñas cosas de la vida, esas que suelen pasar desapercibidas hasta que  las encontramos atendidas por alguien que sí tuvo la delicadeza necesaria para apreciarlas, y a las que supo darle palabras. Pienso también en muchos gestos, en muchas personas con las que afortunadamente nos encontramos día tras día en las calles por las que transitamos: quiero creer que LO POSIBLE ESTÁ AHÍ. Que por mucho que nos apetezca en algunos momentos escapar, mejor que nuestra mirada no quede recluida en ninguna cabaña remota; que sepa encontrar esa dicha de vivir, aquí y ahora y entre todos. Por lo menos hay que seguir intentándolo.

Patricia L.D.

 
Esta entrada también fue publicada en el blog colectivo A leer que son dos días.

sábado, 7 de febrero de 2015

Visión de Nueva York, de Carmen Martín Gaite.

En "Visión de Nueva York" me encuentro con una Carmen Martín Gaite (Salamanca, 8 de diciembre de 1925-Madrid, 23 de julio de 2000) que desde este instante pasa a  formar parte de mi imaginario collage en el que voy a pegar a  personas y personajes paseantes. Dice  su hermana Ana María: Amaba la calle. Era como su cuarto de estar, y en este trabajo se aprecia con claridad que sus fuentes de información las obtuvo siempre de su deambular por la ciudad, de su implicación física e intelectual en la actividad ciudadana.

 En "Visión de Nueva York" vemos a Carmen caminar, y seguimos sus pasos no sólo a través de sus palabras, también a través de sus collages. Porque este libro-cuaderno es una mezcla de textos propios y ajenos, fotografías, recortes de periódicos, anotaciones, sobres, facturas, anécdotas, su día a día en esa ciudad, todo cosido por sus manos –ella que tanto admiraba a los artesanos –las manos de Calila, como la llamaba Ignacio Álvarez Vara. Y aquí tengo que recoger algunas palabras de Nacho -como le llamaba Martín Gaite a él- aunque es tan hermoso el retrato que hace de ella  que me quedo con  ganas de transcribirlo entero: Las hadas vienen de mundos tejidos con hilo de oro. Calila llegó a hacer de su forma de tejer el mundo, y de recordarlo, representarlo y presentirlo, una manera de ser. Las cosas insignificantes, ella podía transfigurarlas. Para eso era un hada. Pero ni dibujaba ni vivía ni escribía a golpes de varita mágica. Admiraba el trabajo y lo practicaba como religión.


Carmen Martín Gaite empezó este cuaderno como un homenaje a su amigo Nacho (que desde hacía años le insistía para que fuera a Nueva York) y como un homenaje a Edward Hopper: gracias a una exposición retrospectiva a la que pudo asistir, contempló la obra del pintor, saliendo entusiasmada. Dentro del cuaderno encontramos palabras y un collage dedicado a él: Él no fue un pintor "social" o un "intelectual", afortunadamente estuvo libre de "ideas". Lo que le atrajo en el curso de su larga vida y de su difícil profesión fueron ciertos temas que se repiten: personajes solitarios en habitaciones desnudas, restaurantes, teatros; puentes y azoteas deshabitados (...).   


Por este cuaderno caminamos junto a ella  y nos vamos encontrando a personas anónimas  que gracias a la pluma y el trabajo de cortar y pegar, Carmen  convierte en personajes entrañables; escritoras como Virginia Woolf con la que  tiene tanto en común;  Woody Allen,  Greta Garbo, músicos, calles, sueños, reflexiones, familiares, excursiones y hasta sus ganas de dejar de fumar: A ver si dejo de fumar de una puñetera vez. Ya se me olvidan las veces que lo he decidido y que he vuelto a caer en la chupadita. Tal vez esto de recortar y pegar, además de lo divertido que es, puede llegar a convertirse en un sucedáneo del tabaco(...) Hoy he comprado en Broadway lápices de colores, que aquí son muy baratos, una cinta de cello transparente y el New York Post, que trae muy buena materia para mi trabajo.(...) Busca la materia en todo lo que cae en sus manos y nos lo devuelve con esa mirada tan especial que tanto me gusta.

Tengo la edición de tapa dura, regalo que me hizo mi madre hace unos años, y estos días he decidido volver a abrirlo, leyéndolo y mirándolo como si fuera la primera vez: para los lectores de Martín Gaite es un tesoro. Cuando abrí este blog, una de las primeras entradas que colgué contenía únicamente un collage de este libro  y un texto de los Cuadernos de todo también de la autora. Hoy vuelvo al  blog y quería empezar con ella y con el mundo del collage.

 





PATRICIA L.D.

miércoles, 1 de enero de 2014

LAS 10 LECTURAS Y LOS 10 ESTRENOS DE CINE (2013)

 LOS DIEZ LIBROS QUE MÁS HE DISFRUTADO EN EL 2013:

1. La luz difícil, de Tomás González.
2. Ha dejado de llover, de Andrés Barba.
3. Solo, de Strindberg.
4. Soy una caja, de Natalia Carrero.
5. La abadía de Northanger, de Jane Austen.
6. Caminar, de Thoreau.
7. La libertad según Hannah Arendt, Maite Larrauri.
8. Sostiene Pereira, de A. Tabucchi.
9. Diario 1926, de Robert Walser.
10. Persona, de Julián Marías.

DE LAS PELÍCULAS ESTRENADAS EN EL 2013 ME QUEDO CON:

1. Antes del anochecer, de Richard Linklater.
2. La vida de Adéle, de Abdellatif Kechiche.
3. Blue Valentine, de Derek Cianfrance.
4. 12 años de esclavitud, de Steve McQueen. 
5. The Master, de Paul Thomas Anderson.
6. Amour, de Michael Haneke.
7. Sólo Dios perdona, de Nicolas Winding Refn.
8. Lincoln, de Steven Spielberg.
9. Las ventajas de ser un marginado, de Stephen Chbosky.
10. Tomboy, de Céline Sciamma.


PATRICIA L.D. 

sábado, 30 de noviembre de 2013

HISTORIAS DE UNAS MANOS. TRES AUTOBIOGRAFÍAS.

Tengan un poco de paciencia y acompáñenme –en esta máquina del tiempo improvisada –a Cambrils, año 1909. ¿Ven a ese niño de cinco años que está sentado en el sillón, en esta habitación repleta de juguetes? Sí, está vestido como un rey, con su capa de armiño y su corona doradísima. Justo ahora está presionando con las manos sus pequeños párpados, para visualizar esas imágenes que tanto le gustan: primero unos huevos fritos (sin sartén) y unos relojes a punto de derretirse. A continuación se ve –cómo no –a sí mismo, junto a un amigo, paseando los dos por el campo. Están atravesando un puente sin barandas. Mientras él camina, ayuda a avanzar al otro, que va en triciclo, y de repente, se le ocurre una idea muy brillante, así es de original.
            Gira su cara para ver si viene alguien, y al comprobar que sólo ellos dos están en ese paisaje, decide darle un empujón al niño del triciclo que cae cinco metros rodando. Nuestro pequeño rey mira hacia abajo, sonríe, y corre a su casa para contar lo que ha pasado: ¡el niño se ha caído! ¡el niño se ha caído!
            Mientras el niño dolorido está tumbado en su cama, nuestro rey con pantalones cortos se encuentra en la planta de abajo, en una mecedora balanceándose una y otra vez, una y otra vez, qué bien se siente. Observa desde su privilegiada posición como bajan dos muchachas con jofainas llenas de sangre. Pero él está de buen humor, en esa mecedora adornada con labor de crochet que cubre el respaldo, los brazos y el almohadón del asiento, mientras él se lleva unas cerezas a su boca rosada. También la labor está adornada con gruesas cerezas de terciopelo. Qué bonito, cómo se gusta y cómo le gusta todo.
            Le vemos coger el camino de regreso a su casa, lleno de gozo, contemplando el contraste de los colores del campo, ¿no ven lo hermoso que es todo? Llama a la puerta y una vez dentro grita: ¡Estoy aquí madre! ¡Que me traigan mi traje de rey!
            De nuevo en su habitación, vestido de rey, alcanza con sus manos el cetro que hay junto al sillón.
(…)
Viajemos ahora al 1910, esta vez a Rustshuk, Bulgaria. Otro niño de cinco años está sentado sobre su cama, en una habitación más modesta que la anterior: una cama, una mesita y una lámpara. Mira fijamente el papel de la pared, los numerosos círculos oscuros de su dibujo. Está moviendo su boca, dando vida a diversos personajes que parece observar, animándolos con su voz. Cierra la boca y sigue mirando. Hasta que sus ojos se quedan fijos y vemos que ahora aparece en un patio fuera de la casa, jugando a la pelota solo. Llega una niña, un poco mayor que él con un montón de cuadernos. Él sale corriendo hacia ella, le pregunta qué tal en el cole, qué es lo que has aprendido hoy, ¿te han leído cuentos? La niña empieza a contarle y él se muere de gusto con lo que escucha de boca de su prima, que ya está aprendiendo a leer y a escribir.
            La niña abre uno de los cuadernos y el pequeño queda fascinado con todas esas letras llenas de tinta azul. ¿Observan cómo acerca su mano para tocarlas? Pero la prima se adelanta a los deseos del pequeño y cierra de golpe el cuaderno. Que se entere que le han prohibido enseñarlo, que nadie más –sólo, sólo ella –puede tocarlo.
            El niño le pide cariñosamente que le deje señalar las letras con el dedo, sin tocarlas, y preguntar al mismo tiempo qué significan. La niña le deja, le responde diciéndole el significado, pero el niño nota que lo dice con titubeos y le grita: ¡No lo sabes! ¡Eres una mala alumna!
            Al día siguiente se repite la misma historia. Le pide que le deje los cuadernos. Que pueda ver lo que hay escrito.
            Ella los saca y los contempla sin que el niño pueda ver las letras: ¡Eres demasiado pequeño! ¡Eres demasiado pequeño! ¡Aún no sabes leer!
            Sale disparada hacia un muro y ahí los deja, fuera del alcance del niño, que aunque salta y salta no consigue llegar.
            El niño furioso va al patio de la cocina, agarra con sus manos bien fuerte el hacha de cortar la leña. Regresa donde está ella: ¡Agora vo matar a Laurica! ¡Agora vo a matar a Laurica! Y ella sale corriendo dando gritos, chillando como una loca.
            El abuelo va corriendo hacia el niño para detenerle. Le quita el hacha de las manos y le regaña.
            El abuelo y otras personas deliberan qué castigo merece el niño.
            Subamos otra vez a la habitación. Sigue mirando el papel de la pared. Entra su madre y él la abraza, apretándola fuerte con sus manos: Pronto aprenderás a leer y escribir. No tienes que esperar a ir a la escuela. Puedes aprender ahora mismo, le consuela ella.
(…)
            Y nuestro último viaje nos exige viajar a otro continente, quizá por unas calles que podríamos llamar de Las Pequeñas Tristezas (como le gustará llamarlas a nuestro protagonista cuando se haga mayor). Estamos en el año 1902, en Nueva York. Él tiene ahora once años. Baja corriendo las escaleras de su casa, para llegar al saloncito de la primera planta. Se encuentra una bicicleta y unos cinco libros. Es el día de Reyes. Con una mano toca el sillín de la bici, pero a los pocos segundos se va directamente a por los libros. Lleva una bata puesta, tiene frío, pero coge uno y se sienta tiritando en el suelo. Lo abre.
            Ahora está junto a su primo de la misma edad, jugando en un parque. Una pandilla se acerca a ellos y empieza a gritarles: ¡sois unos maricas! ¡sois unos maricas! El primo coge una piedra y la lanza al vientre de uno; él también decide coger otra piedra y lanzarla contra el mismo niño. Accidentalmente le da en la cabeza. Cae muerto, y sus amigos se agachan rodeándole. A lo lejos se oye la sirena de un coche policía. Los primos salen corriendo, perseguidos por dos de la pandilla, pero consiguen escapar, han sido más rápidos. Están agotados del esfuerzo.
            Si nos acercamos a casa de su tía, veremos cómo ésta les está preparando a los dos sus rebanadas de pan de centeno, con mantequilla fresca y un poquito de azúcar. Las devoran mientras escuchan a la mujer, con una sonrisa angelical.
            Despidámonos de él donde le dejamos, en la salita, con su bata, y sus manos sosteniendo el libro que tenía abierto.
            Despidámonos de este viaje en el tiempo y volvamos al 2013.

            Todas estas manos, las que empujan al niño del triciclo y cogen el cetro; las que sostienen con fuerza el hacha contra una niña, señalan unas palabras y  abrazan a una madre; así como las que lanzan una piedra y sostienen un libro,  pertenecen respectivamente a Salvador Dalí, Elias Canetti y Henry Miller. Unas manos de niños que sirvieron más tarde para crear unas obras ejemplares. He adaptado a mi antojo estos fragmentos de vida que he encontrado en sus autobiografías porque me parecieron bastante reveladores, y me pareció que se podían poner  en relación unos con otros a través de esas manos.
            El primero lo hallé en Vida secreta de Salvador Dalí un libro que considero una genialidad. Me lo dejaron y al final me lo he comprado, demasiada tentación. Voy por la página 115 y son 430, así que quizá en otra ocasión le dedique otra entrada.
            El de Elias Canetti (premio Nobel de Literatura en 1981) pertenece al primer volumen  de su autobiografía formada por los libros, La lengua salvada, La antorcha al oído y Juego de ojos.  He leído los dos primeros, y de vez en cuando me gusta releer sus páginas. Empecé en 2009 y espero en breve leer la parte que me falta.
            Y el de Henry Miller pertenece a su Trópico de Capricornio.  Henry Miller aparece en todo lo que escribe, incluso cuando escribe sobre otros, así que creo que podríamos considerar todos sus libros autobiográficos. Me parece curioso –lo contó en una entrevista –que padeciera fagomanía, porque cuando le leemos nos da la sensación de ser un hombre con un hambre descomunal de/por todo. Si nunca han leído nada de él recomendaría antes que los Trópicos (Trópico de Cáncer, Trópico de Capricornio) empezar por El coloso de Marusi y sus Cartas a Anaïs Nin o Cartas Durrell-Miller. 1935-1980. ¿Y por qué no recomendar el Trópico de Capricornio que lo he leído tres veces? Pues porque Miller creo que es un caso raro, perteneciente a esa especie que en su autobiografía se pinta peor de lo que es. Así lo dijeron sus amigos más cercanos, como Lawrence Durrell: Debe admitirse, sin embargo, que Miller disfrutaba bastante dando una imagen de sí mismo que sugiere algo entre un fullero, un cow-boy y un payaso; es en realidad su propio fallo si el crítico se atemoriza ante la imagen que presenta de un malhechor despiadado, antisocial e inmoral. Esta vena fáustica en Miller es, sin embargo, una fuente de considerable diversión para sus amigos, que saben que es el más amable, considerado y honorable de los hombres. Ciertamente su generosidad fundamental y su bien corazón le confieren unos rasgos muy poco adecuados para interpretar a Mefistófeles. (Fragmento perteneciente al libro Tres calas en la novela norteamericana del siglo XX, de Bernd Dietz).
            Igual en sus cartas y en El coloso de Marusi vemos otro Miller que nos prepara para el de los Trópicos… Si es que se necesita preparación.
Bon apettit

Patricia L.D.

 Salvador Dalí (1904-1989)
Elias Canetti (1903-1994)
Henry Miller (1891-1980)

viernes, 25 de octubre de 2013

La historia de mi máquina de escribir, de Paul Auster.

La historia de mi máquina de escribir, Paul Auster.
Editoria Seix Barral, 2013.
Ilustraciones de Sam Messer.
Tapa dura.64 páginas.12,95 Euros.

            Utilizo el teclado de mi ordenador portátil Toshiba para escribir una entrada sobre el libro de Paul Auster La historia de mi máquina de escribir, escrito por el autor –cómo no –con la misma máquina a la que se refiere el título y que encontramos retratada por Sam Messer en la portada: una Olympia. 
           
            En el año 2000, la Olympia y Auster cumplieron veintiséis años de relación, y si las cincuenta cintas que compró el escritor para la máquina, en su papelería de Brooklyn –preocupado por si se quedaba sin las cintas, por si se extinguían – le siguen durando, entonces cuando escribo este post, ellos llevan ya 39 años de convivencia. Una relación que se remonta al año 1974, cuando un antiguo compañero de la Facultad se la ofreció en un momento en el que Auster no tenía dinero para hacerse con una. Desde entonces la máquina de escribir Olympia le ha acompañado a todas partes, y ha seguido en pie sin apenas quejarse por nada (un gritito al arrancarle el hijo de Auster la palanca de retroceso del carro, cambios de cinta, alguna cicatriz, abolladuras…), y sobreviviendo a la llegada –que se quitó del medio a tantas y tantas máquinas de escribir –de los ordenadores. Yo empecé a  parecer un enemigo del progreso, el último pagano aferrado a las antiguas costumbres en un mundo de conversos digitales. p.28-29.


            Esta  Olympia podríamos decir que es una más de la familia –alguien más y no algo –gracias a los retratos que ha hecho de ella Sam Messer, que en cuanto la vio en la casa del escritor se enamoró. Unos retratos que luego le sirvieron a Auster para hacerse más consciente de ella. Nos cuenta: Los cuadros están ejecutados con brillantez, y me siento orgulloso de mi máquina de escribir por haberse constituido en tan valioso tema pictórico, pero al mismo tiempo Messer me ha obligado a ver de otro modo a mi vieja compañera. Aún me encuentro en pleno proceso de adaptación, pero, ahora, siempre que contemplo esos cuadros (tengo dos colgados en la pared del cuarto de estar), me resulta difícil pensar en mi máquina de escribir como un eso. Sin prisa pero sin pausa, eso se ha convertido en ella. p.42.

            Y mientras leemos la historia que ha escrito Auster sobre su vieja amiga y contemplamos las ilustraciones que la acompañan de Messer, empezamos a sentir que esa máquina tiene vida propia.

            Y nos acordamos de una frase de La montaña mágica de Thomas Mann: aquella pieza, que pasaba de generación en generación sin que el tiempo pasase por ella. Y se nos ocurre que quizá esa máquina –como la radio de mi abuela, o los cuatro pequeños volúmenes de El Quijote de mi abuelo –también pase de generación en generación; y seguramente nosotros nos iremos antes que esa radio, que ese Quijote, y que esa máquina de escribir que seguirá ahí cuando ya no estemos, aunque no sabemos si sirviendo con sus teclas para contar otras historias o bien observando toda silenciosa desde algún desconocido lugar.


            Pero sí –y discúlpenme esta debilidad - a veces una cree que ellos tienen vida propia.
 Patricia L.D. 
           
Paul Auster ya apareció por este blog.
            Sam Messer ha expuesto sus pinturas desde 1983. Sus obras se encuentran en numerosos museos y colecciones privadas de todo el mundo, entre ellos el Museo Whitney de Arte Americano y el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York. Su libro anterior, One Man By Himself: Portraits of John Serl, fue publicado por Hard Press en 1995. Vive en Santa Mónica, California, con su hija, y enseña en la Universidad de Yale. 

jueves, 8 de agosto de 2013

DIARIO DE 1926, de Robert Walser.

 La uÑa RoTa, Segovia. Mayo 2013. 80 páginas. 12 euros.

Y después de pasar unos días con Robert Walser en el bolsillo, quería escribir una breve miscadigresión sobre esta lectura, Diario de 1926,  antes de irme a tierras cántabras. 

            Me gusta Robert Walser porque me recuerda a mi abuelo. Como a mi abuelo, a Robert Walser le gustaba mucho pasear, y siempre que lo leo me entran unas ganas inmensas de salir por la puerta, o levantarme del banco en el que estoy sentada y darle a los pies, como hacía mi abuelo y como hacía Walser, que le sobrevino la muerte también paseando. Menciono aquí, en este mismo párrafo, que Robert Walser tiene un librito titulado El paseo, y en Diario de 1926 el narrador da unos cuantos: Hoy he dado un agradable paseíto, breve, mínimo y sin alejarme demasiado, he entrado en una tienda de comestibles y he visto en su interior a una agradable muchachita, de estatura igualmente mínima y porte y actitud visiblemente modestos. p.7

            Según avanzaba en la lectura de este relato breve de extensión razonable p.30, me preguntaba si habrá algún libro que hable sobre el arte de pasear. Busqué en Google pero no encontré nada, o no lo que quería. Páginas que nos hablasen de personas y personajes paseantes. Se me ocurrió que podría hacer un collage con esos personajes y personas paseantes. Quizá lo haga. Y mientras no encontraba nada, ni hacía el collage, volvía a las páginas de Diaro de 1926, y a cada frase las mismas ganas de siempre de emprender la aventura del paseo: Encontrar una habitación, esto es, la búsqueda de un espacio, un atelier de creación, que al mismo tiempo sea un lugar indicado para contener el sueño, ha sido para mí desde siempre, ruego encarecidamente que se tenga en cuenta, una forma inmejorable de salir a dar un paseo y darle al cuerpo una alegría al aire libre. p.29

            Como muchos paseos en los que nuestra atención se posa en una cosa para al ratito posarse en otra, así Walser pasa de un tema a otro, como si nada, como si fuera lo más natural del mundo, y está bien que así sea; y vamos descubriendo que esos paseos son el inicio de otros: “y ya veré qué rumbo toma ese paseo hacia los dominios de mi experiencia vital, experiencia que me observa con aire problemático, con la mirada misteriosa de lo que aún no está resuelto, y a la que observo a mi vez con aire parecido. pp.44-45


            Es el segundo libro que leo de la editorial La uÑa RoTa (del otro ya hablé por aquí: En la pausa, de Diego Meret). El primero me llamó la atención por su portada, por su brevedad, por su llamar la atención tan silencioso;  y el segundo por su portada, por su brevedad, por su llamar la atención –en esta ocasión-tan amarilla y con sombrero. Y por su autor, claro. Adoro a Walser. Quizá por los paseos. Quizá porque su lectura me lleva  a pasear. Quizá porque como dijo Hermann Hesse si los poetas como Walser se contaran entre los espíritus que gobiernan, no habría guerras. Si tuviera cien mil lectores, el mundo sería mejor. Sea como fuere, el mundo está justificado por haber gente como  Walser. Quizá porque me recuerda y me acuerdo mucho de mi abuelo. 

Patricia L.D. 
De la nota de prensa de la editorial:

Sobre el autor
Robert Walser nació en Biel (Suiza) en 1878 y murió durante uno de sus incontables paseos no muy lejos del hospital psiquiátrico de Herisau, al este de Suiza, el día de Navidad de 1956. Es, sin duda, uno de los más importantes escritores en lengua alemana del siglo XX. Autodidacta, errante, finísimo estilista de la lengua alemana y provisto de una mirada capaz de destripar la realidad con la más suave ironía.
Encomiado por Musil, Bernhard y Walter Benjamin, apreciado por Kafka, Canetti, Thomas Bernhard, Coetzee o Peter Handke, entre otros, el prestigio de Walser –«un prestigio moderado y sombrío, que es el único que podría convenirle», como señala Luigi Amara– se debe tanto a sus primeras y aparentes novelas, Los hermanos Tanner, y Jacob von Gunten o El ayudante como a sus prosas breves, entre las que destacan el primer libro, Los cuadernos de Fritz Kocher, que dio a la imprenta en 1904, y las famosas nouvelles El paseo, o Vida de poeta, La rosa, así como los microgramas Escrito a lápiz, publicados en España por Siruela.

Sobre el traductor
Juan de Sola (Barcelona, 1975) es traductor y editor. Ha traducido, entre otros, a Joseph Roth, Hofmannsthal, Richter, Brecht, Lowry, Beckett y Gabriel Josipovici. En la actualidad prepara la edición de la Correspondencia entre Goethe y Schiller. Fue premiado por el Gobierno de Suiza en reconocimiento por sus traducciones de Robert Walser, entre las que destaca El bandido, La habitación del poeta y Microgramas I. Ha impartido clases de Teorías de la lectura y Crítica literaria en la UOC. Para La uÑa RoTa ha traducido El hundimiento, de Nossack. Su web: http://juandesola.com/wp/

Sobre el ilustrador de la cubierta:
Eduardo Jiwnani (http://www.laluzroja.com/), autor de la portada de libro, vive y trabaja en Madrid como diseñador gráfico. En 2004 creó la editorial La Luz Roja para dar salida a pequeñas tiradas de poemarios y catálogos de artista. Para La uÑa Rota ilustró la cubierta de Obra inacabada, de Bertolt Brecht (traducida por Miguel Sáenz).


lunes, 5 de agosto de 2013

Felipe II y la mujer más fea de Francia. Una fábula. Joan-Pau Rubiés y Adolfo Álvarez Barthe.

Menoslobos Taller Editorial.
Marzo,2013. 
56 páginas. 20 euros. 

 “Felipe II y la mujer más fea de Francia. Una fábula” tiene su origen en un relato oral que el historiador Joan-Pau Rubiés contó a sus tres hijos después de visitar El Escorial en el verano del 2009 junto al pintor e ilustrador del libro,  Adolfo Álvarez Barthe. El relato no lo contó alrededor de un fuego, pero seguro que esas palabras tenían como  fondo evocador el macizo de El Escorial, como lo tenía una fotografía del personaje Pereira en el libro de Tabucchi.


Aquella fotografía se la había hecho él, en mil novecientos veintisiete, había sido durante un viaje a Madrid y al fondo se veía el perfil macizo de El Escorial.

            Tanto Joan-Pau Rubiés a la hora de escribir su fábula, como Adolfo Álvarez Barthe al realizar sus ilustraciones trabajan con material e imágenes ya existentes, pero para reapropiárselas y moldearlas a su manera.  “Felipe II y la mujer más fea de Francia. Una fábula” no es una lección de Historia –aunque quien la cuenta es historiador y quien la pinta es un apasionado de ella –sino una historia breve acompañada de unas ilustraciones muy bellas, con  carácter ejemplarizante. No en vano está dedicada a sus hijos, lo que no quita que también los adultos disfrutemos de ella.


             En esta fábula no hay ratones, ni gatos; tampoco osos, tortugas o liebres. Sí están  Felipe II, el conde de Chinchón, la princesa Isabel de Valois, su padre Enrique de Francia, el pintor Alonso Sánchez y su mujer. Y aquí empieza todo: El rey de España Felipe II desea aliviar a su pueblo de la pesada carga de los impuestos. Sus consejeros han encontrado la solución en el matrimonio de Felipe con Isabel, la hija de Enrique, rey de Francia. Este enlace sellará la muy necesaria paz y asegurará la seguridad de sus reinos y la prosperidad a sus vasallos. Pero el conde de Chinchón tiene otras ideas…

            En un pasaje de “La abadía de Northanger” de Jane Austen nos encontrábamos a la protagonista, Catherine, muy alegre porque su querido Henry había leído “Los misterios de Udolfo” de Ann Radcliffe, su libro favorito. Ella le preguntaba: ¿Cree de veras que Udolfo es el libro más bonito del mundo? Y él divertido le contestaba: ¿El más bonito? Eso depende de la encuadernación.

            Si Henry hubiese tenido en sus manos la edición que nosotros tenemos en las nuestras de “Felipe II y la mujer más fea de Francia. Una fábula” tendría que convenir que efectivamente es un libro bonito, puede que no EL MÁS  bonito del mundo, de acuerdo, pero sí el más bonito en el que se describe a la mujer más fea de Francia. Las ilustraciones, las tapas, el papel, la edición bilingüe (español e inglés) son muestra del buen hacer de la editorial.


            El viernes pasado tuvimos la oportunidad de ir a la presentación del libro. Mientras esperaba a que el ilustrador me firmara el ejemplar, una señora que no conocía de nada me preguntó: ¿cómo será la mujer más fea de Francia? Les digo lo mismo que le dije a ella: habrá que leer el libro.

            El escritor y el pintor de esta fábula son: 

            Joan-Pau Rubiés fue educado en Barcelona (de donde viene su amistad con Adolfo Álvarez Barthe) y posteriormente en Cambridge. Durante muchos años fue profesor de historia internacional en la London School of Economics. Ha investigado la historia de los viajes y las percepciones europeas de otras culturas en la época moderna, incluyendo los territorios ultramarinos de la Monarquía Católica. Ahora es profesor de investigación ICREA en la Universidad Pompeu Fabra, Barcelona. La literatura es su otra gran pasión.

            Adolfo Álvarez Barthe, pintor, nace en León en 1964. Ha realizado numerosas exposiciones tanto individuales como colectivas y ha participado en ferias nacionales e internacionales. Su obra, que parte de un virtuosismo técnico poco frecuente en nuestros días, juega y combina elementos de la tradición occidental, aportando una mirada moderna. Historia, crítica y creación son los pilares que vertebran su pintura.


Patricia L.D.


domingo, 16 de junio de 2013

Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi.


SOSTIENE PEREIRA
Antonio Tabucchi
Anagrama, 2006
Traducción de Carlos Gumpert y Xavier González Rovira.
184 Págs. 7,90 Euros.

            Pereira comenzó a sudar, porque pensó de nuevo en la muerte. Y pensó: Esta ciudad apesta a muerte, toda Europa apesta a muerte. (p.13)

            Esa ciudad que apesta a muerte, como toda Europa es Lisboa en el año 1938 durante la dictadura salazarista; y el hombre que suda y piensa en ese olor es Pereira, un periodista del Lisboa que un día decide buscar a alguien para que escriba las necrológicas anticipadas de los artistas que mañana morirán. Entonces encuentra a Monteiro Rossi, un joven que a diferencia de Pereira no está interesado en la muerte sino en la vida. Pero, ¿qué dice, señor Pereira?, exclamó Monteiro Rossi en voz alta, a mí me interesa la vida. (p.22)
           
            Efectivamente, Monteiro Rossi habla en voz alta, porque le interesa la vida, el presente, la política. Poco a poco, Pereira irá acercándose más a Monteiro Rossi y a su novia Marta, y serán para él la encarnación de lo que el  doctor Cardoso –que ha leído a Freud –denomina el evento: el evento es un acontecimiento concreto que se verifica en nuestra vida y que trastoca o perturba nuestras convicciones o nuestro equilibrio, en fin, el evento es un hecho que se produce en la vida real y que influye en la vida psíquica, usted debería reflexionar sobre si en su vida ha ocurrido algún evento. He conocido a una persona, sostiene haber dicho Pereira, mejor dicho, a dos personas, un joven y una muchacha. (p.102)

            Gracias a ese evento, a la aparición de esos dos jóvenes, Pereira empezará a cuestionarse su vida y a replantearse si debe permanecer en silencio o empezar a hablar. Callar, mirar hacia otro lado, hacer como si no fuera con él  la cosa, seguir "monologando" con el retrato de su difunta esposa y recordar sus años de estudiante en Coimbra; o bien hablar, mirar de frente al presente, tomar partido. Sí, dijo Pereira, pero si ellos tuvieran razón mi vida no tendría sentido, no tendría sentido haber estudiado Letras en Coimbra y haber creído siempre que la literatura era la cosa más importante del mundo, no tendría sentido que yo dirija la página cultural de ese periódico vespertino en el que no puedo expresar mi opinión y en el que tengo que publicar cuentos del siglo XIX francés, ya nada tendría sentido, y es de eso de lo que siento deseos de arrepentirme, como si yo fuera otra persona y no el Pereira que ha sido siempre periodista, como si tuviera que renegar de algo. (p.103)
           
            Sostiene Pereira sostiene que uno se puede arrepentir de lo que no ha hecho y empezar a hacerlo. Sostiene Pereira a través de la boca del doctor Cardoso, nos habla de la teoría de la confederación de las almas que vendría a confirmar esa posibilidad de cambio: Lo que llamamos la norma, o nuestro ser, o la normalidad, es sólo un resultado, no una premisa, y depende del control de un yo hegemónico que se ha impuesto en la confederación de nuestras almas; en el caso de que surja otro yo, más fuerte y más potente, este yo destrona al yo hegemónico y ocupa su lugar, pasando a dirigir la cohorte de las almas, mejor dicho, la confederación, y su predominio se mantiene hasta que es destronado a su vez por otro yo hegemómico, sea por un ataque directo, sea por una paciente erosión. Tal vez, concluyó el doctor Cardoso, tras una paciente erosión haya un yo hegemónico que esté ocupando el liderazgo de la confederación de sus almas, señor Pereira, y usted no puede hacer nada, tan sólo puede, eventualmente, apoyarlo. (p.104)

            Pereira finalmente apoyará a ese yo que puja por derrotar al otro que hasta ahora ha dominado su personalidad, y ayudará a Monteiro Rossi y a Marta, dejará a un lado el silencio y por fin podrá pedirse un oporto seco y fumar tranquilamente un cigarro.
            ¿Una limonada, señor Pereira?, le preguntó solícito Manuel mientras él se sentaba a una mesa. No, respondió Pereira, tomaré un oporto seco, prefiero un oporto seco. Es una novedad, señor Pereira, dijo Manuel, y más a estas horas, pero de todos modos me alegra, eso quiere decir que está mejor. (p.175)

            ¿Es la literatura un evento –como lo son Monteiro Rossi y Marta  para Pereira –que puede trastocar nuestras convicciones?

            Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi (1943-2012) me gustó mucho la primera vez que lo leí y me ha gustado mucho la segunda. Espero conseguir un día  la adaptación cinematográfica, aunque sin haberla visto todavía, ya me he imaginado a Marcelo Mastroianni como Pereira.


Fotograma de Sostiene Pereira (1996), de Roberto Faenza

Patricia L.D.