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domingo, 23 de mayo de 2021

ELOGIO DEL BANCO



Aun sabiendo que todo perece,

debemos construir en granito

nuestras moradas de una noche

Nicolás Gómez Dávila

 

Me gusta pasear y encontrarme con personas que porque sí, se sientan en un banco. Se permiten detenerse, demorarse y admirarse todavía por las cosas que tienen a su alrededor. Se detienen para detener el mundo o para ponerlo en marcha de otra manera. Para abrirse, si surge, a la confidencia y a la intimidad. Frente a las prisas, las distancias y lo utilitario: la lentitud, lo próximo y gratuito.

En un documental sobre Jim Jarmusch una voz introduce  su filmografía así:

            Una calle vacía

            Una silueta solitaria

            Alguien que espera

            Un diálogo que se rompe

            Un suspiro, una mirada, una risa desencajada

            El silencio

Podrían ser las líneas escritas por cualquier transeúnte que sufre lo que llamaré simpatía por los bancos, que las  anota sin más en su memoria o quizá en una libreta a modo de poema. ¿Para qué?, preguntarán los pragmáticos; a lo que ella o él contestará: para nada, me ha venido en gana.  Como le ha venido en gana tomar asiento. También podrían ser esas líneas sobre las películas de Jarmusch las escritas por un personaje suyo, Paterson, un conductor de autobús y poeta, inspirado en el poeta, pediatra y ginecólogo William Carlos Williams (1883-1963).

Paterson (2016), Jim Jarmusch


Escribe Olga Muñoz Carrasco, en William Carlos Williams o la presencia del mundo: la poesía de Williams se nutre pues, como la del conductor en la pantalla, de la experiencia ordinaria del mundo. Sus versos registran objetos, paisajes o personas sin intromisiones, en una tentativa radical de reconocimiento a través de su realidad objetiva.

Podría dedicarme a hacer un Paterson/WCW y registrar los bancos con los que me voy encontrando. Los buscaría para ver dónde están situados, qué vistas tienen, si invitan a relacionarse con otros o a estar sentados solos, si son cómodos, si los habitan personas mayores, niños, un grupo de amigos o familias. ¿Por qué después del confinamiento de tres meses precintaron los bancos como si fueran armas explosivas y sin embargo podías sentarte en una terraza?

Los bancos no son los que más promueven el consumo, como tampoco  el caminar sin rumbo fijo. Charlar con otros, jugar, leer, sorprenderse con los encuentros, dejar pasar el tiempo mientras éste deja –casi imperceptiblemente– un resto en nuestro cuerpo. Algunos lo llaman tiempo perdido. Otros tiempos muertos. Esos momentos que a menudo en una novela o en un guión se despachan con una elipsis.

Leo –en mi banco –a  Hugo Mujica, en La carne y el mármol: no tenemos un cuerpo, somos corporales o más aún, lo estamos siendo y haciendo. Lejos de ser un sustantivo, la corporeidad es verbo: es el incorporar, corporizar vivencias que se van plasmando carne, huellas, latidos… unidad psicofísica que genera al que soy.

Una manera de estar con los otros que constituye  los cimientos –bien asentados en una pieza de madera, de granito o de metal –para levantar un entre sólo posibilitado en la medida que nos apartamos de la vorágine de tantas inercias, ruidos, pantallas y sobreinformaciones que, si nos descuidamos, nos pasan por encima. Y no queremos cuerpos apisonados.



Sloterdijk cuenta en su primer volumen de Esferas, cómo la existencia del feto en el seno materno sería insoportable sin una capacidad para desatender la cantidad de ruidos que le llegan, como pueden ser los provocados por la digestión de la madre o los sonidos del corazón, que para él serían equiparables a los de una obra en la que se trabaja noche y día o a la de un bar lleno de gente hablando. Quizá tendríamos que recuperar –si es que la hemos perdido –esa  capacidad para discernir tonos.

Seguir el consejo de Jane Jacobs en Vida y muerte de las grandes ciudades: mirar y escuchar las ciudades reales; fijarnos en lo que nos rodea. Aunque sea un simple banco. Y dejarlo latir, porque de ese latido quizá dependa nuestro bombeo.


Si hay un fondo ético en la tarea estética es justamente por ese motivo: todo lo que hagamos por aumentar el número de lugares hospitalarios, de lugares en donde se pueda respirar, en donde se pueda transitar, entrar y salir sin necesidad de identificarse, todo lo que hagamos será poco.

Nunca fue tan hermosa la basura, José Luis Pardo.

PATRICIA L.D.

 

 

sábado, 7 de febrero de 2015

Visión de Nueva York, de Carmen Martín Gaite.

En "Visión de Nueva York" me encuentro con una Carmen Martín Gaite (Salamanca, 8 de diciembre de 1925-Madrid, 23 de julio de 2000) que desde este instante pasa a  formar parte de mi imaginario collage en el que voy a pegar a  personas y personajes paseantes. Dice  su hermana Ana María: Amaba la calle. Era como su cuarto de estar, y en este trabajo se aprecia con claridad que sus fuentes de información las obtuvo siempre de su deambular por la ciudad, de su implicación física e intelectual en la actividad ciudadana.

 En "Visión de Nueva York" vemos a Carmen caminar, y seguimos sus pasos no sólo a través de sus palabras, también a través de sus collages. Porque este libro-cuaderno es una mezcla de textos propios y ajenos, fotografías, recortes de periódicos, anotaciones, sobres, facturas, anécdotas, su día a día en esa ciudad, todo cosido por sus manos –ella que tanto admiraba a los artesanos –las manos de Calila, como la llamaba Ignacio Álvarez Vara. Y aquí tengo que recoger algunas palabras de Nacho -como le llamaba Martín Gaite a él- aunque es tan hermoso el retrato que hace de ella  que me quedo con  ganas de transcribirlo entero: Las hadas vienen de mundos tejidos con hilo de oro. Calila llegó a hacer de su forma de tejer el mundo, y de recordarlo, representarlo y presentirlo, una manera de ser. Las cosas insignificantes, ella podía transfigurarlas. Para eso era un hada. Pero ni dibujaba ni vivía ni escribía a golpes de varita mágica. Admiraba el trabajo y lo practicaba como religión.


Carmen Martín Gaite empezó este cuaderno como un homenaje a su amigo Nacho (que desde hacía años le insistía para que fuera a Nueva York) y como un homenaje a Edward Hopper: gracias a una exposición retrospectiva a la que pudo asistir, contempló la obra del pintor, saliendo entusiasmada. Dentro del cuaderno encontramos palabras y un collage dedicado a él: Él no fue un pintor "social" o un "intelectual", afortunadamente estuvo libre de "ideas". Lo que le atrajo en el curso de su larga vida y de su difícil profesión fueron ciertos temas que se repiten: personajes solitarios en habitaciones desnudas, restaurantes, teatros; puentes y azoteas deshabitados (...).   


Por este cuaderno caminamos junto a ella  y nos vamos encontrando a personas anónimas  que gracias a la pluma y el trabajo de cortar y pegar, Carmen  convierte en personajes entrañables; escritoras como Virginia Woolf con la que  tiene tanto en común;  Woody Allen,  Greta Garbo, músicos, calles, sueños, reflexiones, familiares, excursiones y hasta sus ganas de dejar de fumar: A ver si dejo de fumar de una puñetera vez. Ya se me olvidan las veces que lo he decidido y que he vuelto a caer en la chupadita. Tal vez esto de recortar y pegar, además de lo divertido que es, puede llegar a convertirse en un sucedáneo del tabaco(...) Hoy he comprado en Broadway lápices de colores, que aquí son muy baratos, una cinta de cello transparente y el New York Post, que trae muy buena materia para mi trabajo.(...) Busca la materia en todo lo que cae en sus manos y nos lo devuelve con esa mirada tan especial que tanto me gusta.

Tengo la edición de tapa dura, regalo que me hizo mi madre hace unos años, y estos días he decidido volver a abrirlo, leyéndolo y mirándolo como si fuera la primera vez: para los lectores de Martín Gaite es un tesoro. Cuando abrí este blog, una de las primeras entradas que colgué contenía únicamente un collage de este libro  y un texto de los Cuadernos de todo también de la autora. Hoy vuelvo al  blog y quería empezar con ella y con el mundo del collage.

 





PATRICIA L.D.

sábado, 14 de diciembre de 2013

SOLO, de AUGUST STRINDBERG.


Solo, de August Strindberg.
El Cobre Ediciones. 
Edición y posfacio de Alejandro García Schnetzer.
Traducción de Graciela Arancibia.
136 páginas. 12 Euros. 


Ya abrí Solo de Strindberg. Ya lo abrí y lo leí. Lejos queda la lectura de su Inferno, no su recuerdo. Solo también es una obra autobiográfica, pero a diferencia de Inferno, mucho más pausada: nos encontramos a un Strindberg menos agitado. Un Strindberg que pasea (sí, en la búsqueda que he emprendido de seres paseantes, en Solo he encontrado a otro) al ritmo de las estaciones del año: Después de muchas demoras, finalmente llega la primavera, y qué fiesta es caminar bajo los tilos esa primera mañana, cuando las hojas acaban de salir (…) Antes era empujado por el frío y el viento; ahora puedo tomarme mi tiempo, caminar lentamente e incluso sentarme en un banco (p.70) y también al ritmo marcado por su soledad: Para vivir en soledad, antes que nada debes llegar a un acuerdo contigo mismo y con tu pasado. Una larga y ardua tarea, una completa educación en la conquista de uno mismo. Pero no hay estudio más gratificante que el comenzar a conocerse, si tal cosa es posible. (p.41)

            Un estudio al que le ha ayudado mucho la lectura de su querido Balzac, de todos y cada uno de los volúmenes que forman La comedia humana: hasta que los hube terminado todos no me di cuenta de lo que había sucedido. Me había encontrado a mí mismo, y pude hacer una síntesis de todas las antítesis hasta ahora no resueltas de mi vida. Y al ver a la gente a través de sus binóculos había aprendido también a contemplar la vida con los dos ojos, mientras que anteriormente lo había hecho sólo con uno, como a través de un monóculo. (p.41)
           
            Cómo le gusta observar a Strindberg y cómo me gusta leer sus observaciones acerca de las personas con las que se cruza, esas personas a las que busca para escabullirse, aunque sea durante unas horas, de su soledad. Cómo observa con atención minuciosa su nueva casa, su cama, el escritorio, el balcón, las vistas a su alrededor. En la última entrada que escribí en este blog recreé el momento en el que el premio Nobel, Elias Canetti, cogía siendo niño un hacha y perseguía a su prima Laurica con la intención de matarla. A Strindberg también le causó una gran impresión el ver desde su ventana –gracias a un telescopio –a una niña de diez años con un hacha en sus manos: ¿Un hacha en la mano de una niña? Ahora, ¿cómo podían armonizar esas dos cosas? Algún secreto se me escapaba: algo siniestro, desagradable. (p.75). Si para Strindberg es lo más natural del mundo comprender que si vemos a un niño cerca de unas piedras y un río, al final el niño terminará cogiendo esas piedras para lanzarlas al agua, lo del hacha le desconcierta. Y es que mucho antes que Hitchcock, Strindberg sabía que el suspense está a la vuelta de la esquina, o como muy bien nos mostró el maestro del suspense en La ventana indiscreta, al otro lado de la ventana.

            A Strindberg no sólo le vemos mirar desde su ventana, también en sus paseos contempla esas casas en las que han dejado las persianas bien arriba, observando, el cotilla, el interior de una habitación en el que varias personas están reunidas: Nunca había visto el aburrimiento, el hastío, el cansancio de la vida tan resumidos como en esa habitación. (p.63-64)

            Me encantan estos libros en los que la vida va transcurriendo a golpe de observaciones, de paseos, al ritmo de las estaciones. Leer Solo de Strindberg es dejar a un lado el ruido, la rapidez con la que parece ir todo. Alejandro García Schnetzer nos cuenta que Nietzsche consideró a Strindberg un <<hermano espiritual>> (p.124); también que Zola quedó muy impresionado con la lectura de la obra de Strindberg El padre y le escribió una carta: su trabajo es una de las raras obras dramáticas que me han conmovido profundamente. (p.124) Y Thomas Mann lo consideraba un visionario: <<el primero en todo>>. (p.126).
           
                 Elias Canetti  recordaba en La lengua salvada cómo Strindberg se convirtió en el autor predilecto de su madre: durante el tiempo que vivimos en Viena siempre se le saltaban las lágrimas al mencionar a Strindberg, y solo en Zúrich llegó a acostumbrarse tanto a él y a sus libros que podía pronunciar su nombre sin excesiva agitación.  

            Nietzsche, Zola, Thomas Mann, la madre de Canetti disfrutaban leyendo a Strindberg. Y Strindberg disfrutaba leyendo a Balzac, a Goethe, del que obtiene gran deleite por su percepción alegre. Más allá de las crisis matrimoniales, de la manía persecutoria que padeció, me gusta verle en Solo por todo lo que he dicho, tan plácido,  divagando acerca del escritor del Fausto y sobre Schiller, ese poeta del que alguien me dijo que le parecía muy guapo: como si el poeta fuera una estrella del cine que al salir de los rodajes le diese por estudiar a Shakespeare, Kant y Voltaire.
           
            Cuántos nombres en esta entrada, cuántas ganas de seguir leyendo, y a la vez, que sensación al mencionar los nombres de Kant, Schiller, Strindberg de Universo tan lejano del nuestro, como si todo fuera un cuento que pasó hace mucho tiempo… 


Pero necesito que me lo sigan contando.

Patricia L.D.


August Strindberg (Estocolmo, 1849-1912) fue maestro de escuela, actor, telegrafista, bibliotecario, pintor, alquimista y escritor de fama. Su dilatada producción suele dividirse en dos periodos: uno naturalista, que supo elogiar Zola, y otro expresionista, que admiró Nietzsche. El padre (1887), La señorita Julia (1888), Danza macabra (1900) y Espectros (1908) figuran entre sus dramas más aplaudidos por el público y por la crítica, que lo consideró el padre del teatro moderno. Su obra narrativa incluyó novelas, poemas, sátiras, ensayos y narraciones breves. El hijo de la sierva (1886), La plañidera de un loco (1888), Inferno (1897) y Solo (1903) fueron la cima de sus trabajos autobiográficos.
            

sábado, 12 de octubre de 2013

CAMINAR, de Henry David Thoreau.

(…) como si las piernas se hubieran hecho para sentarse y no para estar de pie o caminar, Henry David Thoreau.

 En el  post dedicado al libro de Robert Walser, Diario de 1926, comenté que me gustaría leer sobre el arte de pasear y buscar personajes (ficticios y no ficticios) que le diesen a las piernas. Desde aquella entrada hasta hoy, me han recomendado ya unos cuantos libros. Entre ellos no estaba Caminar de Henry David Thoreau. Caminar llegó en uno de esos paseos tan ramificados que hacemos por Google. Descubrí este breve ensayo y también un artículo en la revista Caimán Cuadernos de Cine (julio-agosto 2013) de Carlos Losilla dedicado a la maravillosa trilogía del director Richard Linklater: Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013).

            Sus protagonistas Jesse y Céline (Ethan Hawke y Julie Delpy) sin duda podrían ponerse en aquel collage que iba/voy a hacer de personajes paseantes, junto a Henry David Thoreau, mi abuelo, Robert Walser y Wordsworth: Cuando un viajero pidió a la criada de Wordsworth que le mostrase el estudio de su patrón, ella le contestó: <<Ésta es su biblioteca, pero su estudio está al aire libre. (p.13)


 William Wordsworth (1770-1850)
         
   Y empiezo  con el primer párrafo de Carlos Losilla:

            Pasear también puede ser un acto de subversión. Mientras paseamos, preferiblemente sin rumbo fijo, no trabajamos, no producimos, no consumimos. Rompemos el circuito mágico del capitalismo. Nos negamos a obedecer las reglas. Y, como mucho, podemos hablar con otro, con otra. Charla también insustancial, que no aporta nada a la gran maquinaria económica.


            Fotograma de Antes del amanecer

Del mismo modo que en la primera parte de esta trilogía nos encontramos a Jesse y Céline deambulando por las calles de Viena sin prisas y  sin ningún objetivo concreto, sin aportar nada a la gran maquinaria económica, Henry David Thoreau (1817-1862) camina desviándose hacia los bosques sabiéndose y sintiéndose al margen de los trayectos prefijados e impuestos por la sociedad: Las carreteras se han hecho para los caballos y los hombres de negocios. Yo viajo por ellas relativamente poco, porque no tengo prisa en llegar a ninguna venta, tienda, cuadra de alquiler o almacén al que lleven. Soy buen caballo de viaje, pero no por carretera. El paisajista, para indicar una carretera, usa figuras humanas. La mía no podría utilizarla. Yo me adentro en la Naturaleza, como lo hicieron los profetas y los poetas antiguos, Manu, Moisés, Homero, Chaucer. (p.18)


            A la par que apuesta por pasear por otros caminos alternativos, alejados de los perfectamente señalizados y estratégicamente orientados por las cercas, también apuesta por un pensamiento salvaje frente a otro domesticado: Así como el ganso silvestre es más rápido y más bello que el domestico, también lo es el pensamiento salvaje, pato real que vuela sobre los pantanos mientras cae el rocío. (p.39).
            Dadme por amigos y vecinos hombres salvajes, no hombres domesticados. (p.43)

            Caminar es un alegato hermoso del paseo, del pasear que es en sí mismo la empresa y la aventura del día, del despreocuparse (dejando a un lado el gran número de ocupaciones diarias), aunque reconociendo también que no siempre es tarea fácil: En el paseo de la tarde me gustaría olvidar todas mis tareas matutinas y mis obligaciones con la sociedad. Pero a veces no puedo sacudirme fácilmente el pueblo. Me viene a la cabeza el recuerdo de alguna ocupación, y ya no estoy donde mi cuerpo, sino fuera de mí. Querría retornar a mí mismo en mis paseos. ¿Qué pinto en los bosques si estoy pensando en otras cosas? Sospecho de mí mismo, y no puedo evitar un estremecimiento, cuando me sorprendo tan enredado, incluso en lo que llamamos buenas obras… que también sucede a veces. (p.15).

            Sabemos que a Céline y a Jesse también les llegará el momento (que no es un momento concreto, señalable en un calendario) en el que ya no puedan desviarse, mantenerse al margen de todo aquello que antes aborrecían; momento  en el que ya habrán tenido que  hacer concesiones y seguramente muchos nos sintamos por eso mismo más cerca de ese pasear de Céline y de Jesse que transcurre por Viena, París o por una pequeña ciudad de Grecia que por los que daba Thoreau por los frondosos bosques; no obstante, en ambos paseos, tanto en el de la pareja como en el de Thoreau, apreciamos y se nos contagia, a pesar de las concesiones, a pesar de la dificultad para quitarnos de encima otras cosas, cierto espíritu de rebeldía que nos invita a pasear y perdernos siempre que podamos por las calles del pueblo o de la ciudad, y a dejarnos sorprender todavía por esos callejones que habíamos olvidado por el simple hecho de no haberlos recorrido jamás.

            Igual que empecé, termino con un párrafo del artículo de Carlos Losilla y a continuación con otro de Thoreau y una breve biografía (de la contraportada del libro):
            Y esa circulación constante entre unos pocos cuerpos que rechazan el orden imperante para construirse otro que compartir, es quizá una alternativa a la realidad, una ficción otra, un posible inicio para la revolución.
            Pues seguramente la revolución empieza en la ficción, que no es otra cosa que pensar alternativas para la vida. Carlos Losilla.

            Espero que seamos más imaginativos, que nuestros pensamientos sean más claros, más frescos y etéreos, como nuestro cielo; nuestros conocimientos más amplios, como nuestras praderas; nuestro intelecto, en términos generales, de una escala mayor, como nuestros truenos, nuestros relámpagos, nuestros ríos, montañas y bosques; e incluso que nuestros corazones se correspondan en amplitud, profundidad y grandeza con nuestros mares interiores. p.29

        
    Henry David Thoreau (1817-1862). Ensayista, topógrafo, disidente nato y maestro de la prosa, su auténtico empleo fue, según él se ocupó de recordar, “inspector de ventiscas y diluvios”. Su nombre ha llegado hasta nuestros días ligado a dos libros capitales para el pensamiento individualista y antiautoritario: Ensayo sobre la Desobediencia Civil (1849) y Walden, o la Vida en los Bosques (1854). Caminar (Walkig) fue, sin embargo, en vida de Thoreau, su obra más popular. Concebida como conferencia, y leída en numerosas ocasiones, sólo se llegó a publicar póstumamente. Es, sobre todo, una defensa de un “pensamiento salvaje”, que arroje sobre nuestra conciencia una luz más parecida a la de un relámpago que a la de una vela. Su ironía y el rumbo de vagabundeo que por momentos toman sus reflexiones, hacen de la lectura de este libro algo tan tonificante como un paseo de buena mañana. Y no hace falta que Thoreau nos recuerde que “el aburrimiento no es sino otro nombre de la domesticación.”


Patricia L.D.

jueves, 8 de agosto de 2013

DIARIO DE 1926, de Robert Walser.

 La uÑa RoTa, Segovia. Mayo 2013. 80 páginas. 12 euros.

Y después de pasar unos días con Robert Walser en el bolsillo, quería escribir una breve miscadigresión sobre esta lectura, Diario de 1926,  antes de irme a tierras cántabras. 

            Me gusta Robert Walser porque me recuerda a mi abuelo. Como a mi abuelo, a Robert Walser le gustaba mucho pasear, y siempre que lo leo me entran unas ganas inmensas de salir por la puerta, o levantarme del banco en el que estoy sentada y darle a los pies, como hacía mi abuelo y como hacía Walser, que le sobrevino la muerte también paseando. Menciono aquí, en este mismo párrafo, que Robert Walser tiene un librito titulado El paseo, y en Diario de 1926 el narrador da unos cuantos: Hoy he dado un agradable paseíto, breve, mínimo y sin alejarme demasiado, he entrado en una tienda de comestibles y he visto en su interior a una agradable muchachita, de estatura igualmente mínima y porte y actitud visiblemente modestos. p.7

            Según avanzaba en la lectura de este relato breve de extensión razonable p.30, me preguntaba si habrá algún libro que hable sobre el arte de pasear. Busqué en Google pero no encontré nada, o no lo que quería. Páginas que nos hablasen de personas y personajes paseantes. Se me ocurrió que podría hacer un collage con esos personajes y personas paseantes. Quizá lo haga. Y mientras no encontraba nada, ni hacía el collage, volvía a las páginas de Diaro de 1926, y a cada frase las mismas ganas de siempre de emprender la aventura del paseo: Encontrar una habitación, esto es, la búsqueda de un espacio, un atelier de creación, que al mismo tiempo sea un lugar indicado para contener el sueño, ha sido para mí desde siempre, ruego encarecidamente que se tenga en cuenta, una forma inmejorable de salir a dar un paseo y darle al cuerpo una alegría al aire libre. p.29

            Como muchos paseos en los que nuestra atención se posa en una cosa para al ratito posarse en otra, así Walser pasa de un tema a otro, como si nada, como si fuera lo más natural del mundo, y está bien que así sea; y vamos descubriendo que esos paseos son el inicio de otros: “y ya veré qué rumbo toma ese paseo hacia los dominios de mi experiencia vital, experiencia que me observa con aire problemático, con la mirada misteriosa de lo que aún no está resuelto, y a la que observo a mi vez con aire parecido. pp.44-45


            Es el segundo libro que leo de la editorial La uÑa RoTa (del otro ya hablé por aquí: En la pausa, de Diego Meret). El primero me llamó la atención por su portada, por su brevedad, por su llamar la atención tan silencioso;  y el segundo por su portada, por su brevedad, por su llamar la atención –en esta ocasión-tan amarilla y con sombrero. Y por su autor, claro. Adoro a Walser. Quizá por los paseos. Quizá porque su lectura me lleva  a pasear. Quizá porque como dijo Hermann Hesse si los poetas como Walser se contaran entre los espíritus que gobiernan, no habría guerras. Si tuviera cien mil lectores, el mundo sería mejor. Sea como fuere, el mundo está justificado por haber gente como  Walser. Quizá porque me recuerda y me acuerdo mucho de mi abuelo. 

Patricia L.D. 
De la nota de prensa de la editorial:

Sobre el autor
Robert Walser nació en Biel (Suiza) en 1878 y murió durante uno de sus incontables paseos no muy lejos del hospital psiquiátrico de Herisau, al este de Suiza, el día de Navidad de 1956. Es, sin duda, uno de los más importantes escritores en lengua alemana del siglo XX. Autodidacta, errante, finísimo estilista de la lengua alemana y provisto de una mirada capaz de destripar la realidad con la más suave ironía.
Encomiado por Musil, Bernhard y Walter Benjamin, apreciado por Kafka, Canetti, Thomas Bernhard, Coetzee o Peter Handke, entre otros, el prestigio de Walser –«un prestigio moderado y sombrío, que es el único que podría convenirle», como señala Luigi Amara– se debe tanto a sus primeras y aparentes novelas, Los hermanos Tanner, y Jacob von Gunten o El ayudante como a sus prosas breves, entre las que destacan el primer libro, Los cuadernos de Fritz Kocher, que dio a la imprenta en 1904, y las famosas nouvelles El paseo, o Vida de poeta, La rosa, así como los microgramas Escrito a lápiz, publicados en España por Siruela.

Sobre el traductor
Juan de Sola (Barcelona, 1975) es traductor y editor. Ha traducido, entre otros, a Joseph Roth, Hofmannsthal, Richter, Brecht, Lowry, Beckett y Gabriel Josipovici. En la actualidad prepara la edición de la Correspondencia entre Goethe y Schiller. Fue premiado por el Gobierno de Suiza en reconocimiento por sus traducciones de Robert Walser, entre las que destaca El bandido, La habitación del poeta y Microgramas I. Ha impartido clases de Teorías de la lectura y Crítica literaria en la UOC. Para La uÑa RoTa ha traducido El hundimiento, de Nossack. Su web: http://juandesola.com/wp/

Sobre el ilustrador de la cubierta:
Eduardo Jiwnani (http://www.laluzroja.com/), autor de la portada de libro, vive y trabaja en Madrid como diseñador gráfico. En 2004 creó la editorial La Luz Roja para dar salida a pequeñas tiradas de poemarios y catálogos de artista. Para La uÑa Rota ilustró la cubierta de Obra inacabada, de Bertolt Brecht (traducida por Miguel Sáenz).