| Julia, Ana María Moix Lumen, 2002 240 páginas Tapa dura con sobrecubierta 15,90 euros |
domingo, 2 de marzo de 2014
ANA MARÍA MOIX (Barcelona, 1947- 28 de febrero de 2014)
sábado, 25 de enero de 2014
UN ÁRBOL CRECE EN BROOKLYN, de Betty Smith.
Un árbol
crece en Brooklyn, de Betty Smith.
Debolsillo,2010.
Traducción
de Rojas Clavell
512
págs. 9,95 Euros.
-En el mundo no hay lugar como éste-dijo Francie.
-¿Como cuál?
-Como Brooklyn. Es mágico, no es real…
La
sensación que me ha dejado Un árbol crece
en Brooklyn es la misma que me dejan las películas de Frank Capra (Qué bello es vivir, Juan Nadie, El secreto de
vivir…) o la misma que me dejó aquella serie en blanco y negro titulada La pandilla. Una sensación que asocio a
“lo entrañable”.
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| La pandilla (Our gang) |
Todavía
escucho el bullicio de Williamsburg (Brooklyn); todavía veo a la protagonista de
esta historia, Francie Nolan, esperando que llegue su padre, temiendo que
regrese borracho pero ansiosa de escucharle subir las escaleras, que entre en
la habitación y la llame Prima Donna, y si es cantando
entonces ella será la niña más dichosa del mundo:
En Dublín, ciudad encantada,
las muchachas son tan bellas…
Allí fue donde conocí…
Veo a su hermano Neeley, saliendo junto ella a
comprar la carne que les ha encargado su madre, tan trabajadora, todo el día
fregando; también veo a los dos consiguiendo un gran árbol de Navidad; y les veo
leyendo, primero una página de la
Biblia y a
continuación otra de Shakespeare:
ese pan que no les va a faltar, pan de papel, de letras sagradas y laicas. Veo
a Francie con la taza de café entre las manos, sintiendo su calor, el aroma.
He
disfrutado metiéndome en el mundo de esta familia, ver cómo no es necesario salir
en busca del Anillo Único, ni pasar por
multitud de odiseas para vivir un sinfín de aventuras. Cotidianas, sí, pero
aventuras al fin. Cotidianas como coger unos patines ajenos para darse el gusto
de dar una vuelta a la manzana sobre 8 ruedas. Cotidianas como ir a la biblioteca
y seguir leyendo los autores que empiezan por la “A”, porque Francie quiere
leerlo todo, absolutamente todo; como la ternura de los besos del padre; pasear
y observar la droguería, la pastelería y la tienda de té; cotidianas como decir
la primera mentira deliberada, ser
pillada y saber al instante que una quiere ser escritora.
Betty
Smith, la autora de Un árbol crece en
Brooklyn, dijo que el libro tenía
bastante de su biografía. No es difícil intuir que ella no sólo era Francie,
también el árbol del título: Todo ser se
esfuerza por subsistir. Miren ese árbol: crece a través de las rejas, no recibe
sol y sólo tiene agua cuando llueve. Brota en tierra áspera y es fuerte porque
su persistente lucha lo fortalece. P.103.
Betty Smith con la perspectiva que da el paso
del tiempo transformó el lugar en el que transcurrió su dura niñez y
adolescencia así como sus experiencias en una bonita declaración de amor: Un árbol crece en Brooklyn es su Brooklyn; y supo ver que junto a las penurias que vivió su familia también se
podían contar momentos de alegría (o al menos eso es lo que le hubiese gustado a ella y por eso así lo contó: ventajas del arte de ficcionar).
Elia
Kazan se encargó de la adaptación de la novela (si no la han visto la
encontrarán como “Lazos humanos”) en 1945. Fue su primera película. James Dunn
(en el papel de Johnny, el padre de Francie) se llevó el Óscar a actor de
reparto. Estuvo nominada a Mejor Guión. Y Peggy Ann Garner (en el papel de
Francie) se llevó el Premio Juvenil de la Academia.
Prefiero
que pase un tiempo desde que termino un libro hasta que veo la adaptación y de
este modo evitar las comparaciones, pero en esta ocasión la vi justo el mismo
día que terminé la lectura. Creo que merece la pena, ese lado “entrañable” que
comentaba al principio está en la atmósfera, en los personajes, aunque me
hubiese gustado disfrutar una adaptación de Capra. La historia de Betty Smith
es muy Frank Capra. O así me lo parece.
Sobre la tierra de los libres
y el hogar de los valientes…
Patricia
L.D.
Casada
dos veces y madre de dos hijas, la autora murió en su casa de Chape Hill
(Carolina del Norte), en 1972.
miércoles, 1 de enero de 2014
LAS 10 LECTURAS Y LOS 10 ESTRENOS DE CINE (2013)
LOS DIEZ LIBROS QUE MÁS HE DISFRUTADO EN
EL 2013:
1. La luz difícil, de Tomás González.
3. Solo, de Strindberg.
4. Soy una caja, de Natalia Carrero.
5. La abadía de Northanger, de Jane Austen.
6. Caminar, de Thoreau.
7. La libertad según Hannah Arendt, Maite Larrauri.
8. Sostiene Pereira, de A. Tabucchi.
9. Diario 1926, de Robert Walser.
10. Persona, de Julián Marías.
DE LAS PELÍCULAS ESTRENADAS EN EL 2013
ME QUEDO CON:
1. Antes del anochecer, de Richard Linklater.
2. La vida de Adéle, de Abdellatif Kechiche.
3. Blue Valentine, de Derek Cianfrance.
4. 12 años de esclavitud, de Steve McQueen.
5. The Master, de Paul Thomas Anderson.
6. Amour, de Michael Haneke.
7. Sólo Dios perdona, de Nicolas Winding Refn.
8. Lincoln, de Steven Spielberg.
9. Las ventajas de ser un marginado, de Stephen
Chbosky.
10. Tomboy, de Céline Sciamma.
PATRICIA L.D.
sábado, 14 de diciembre de 2013
SOLO, de AUGUST STRINDBERG.
Solo, de August Strindberg.
El Cobre Ediciones.
Edición y posfacio de Alejandro García Schnetzer.
Traducción de Graciela Arancibia.
136 páginas. 12 Euros.
Ya abrí Solo
de Strindberg. Ya lo abrí y lo leí. Lejos queda la lectura de su Inferno, no su recuerdo. Solo también es una obra autobiográfica,
pero a diferencia de Inferno, mucho
más pausada: nos encontramos a un Strindberg menos agitado. Un Strindberg que
pasea (sí, en la búsqueda que he emprendido de seres paseantes, en Solo he encontrado a otro) al ritmo de
las estaciones del año: Después de
muchas demoras, finalmente llega la primavera, y qué fiesta es caminar bajo los
tilos esa primera mañana, cuando las hojas acaban de salir (…) Antes era
empujado por el frío y el viento; ahora puedo tomarme mi tiempo, caminar
lentamente e incluso sentarme en un banco (p.70) y también al ritmo marcado
por su soledad: Para vivir en soledad,
antes que nada debes llegar a un acuerdo contigo mismo y con tu pasado. Una
larga y ardua tarea, una completa educación en la conquista de uno mismo. Pero
no hay estudio más gratificante que el comenzar a conocerse, si tal cosa es
posible. (p.41)
Un
estudio al que le ha ayudado mucho la lectura de su querido Balzac, de todos y
cada uno de los volúmenes que forman La comedia
humana: hasta que los hube terminado
todos no me di cuenta de lo que había sucedido. Me había encontrado a mí mismo,
y pude hacer una síntesis de todas las antítesis hasta ahora no resueltas de mi
vida. Y al ver a la gente a través de sus binóculos había aprendido también a
contemplar la vida con los dos ojos, mientras que anteriormente lo había hecho
sólo con uno, como a través de un monóculo. (p.41)
Cómo le gusta observar a Strindberg y cómo me gusta leer sus
observaciones acerca de las personas con las que se cruza, esas personas a las
que busca para escabullirse, aunque sea durante unas horas, de su soledad. Cómo
observa con atención minuciosa su nueva casa, su cama, el escritorio, el
balcón, las vistas a su alrededor. En la última entrada que escribí en este
blog recreé el momento en el que el premio Nobel, Elias Canetti, cogía siendo
niño un hacha y perseguía a su prima Laurica con la intención de matarla. A
Strindberg también le causó una gran impresión el ver desde su ventana –gracias
a un telescopio –a una niña de diez años con un hacha en sus manos: ¿Un hacha en la mano de una niña? Ahora,
¿cómo podían armonizar esas dos cosas? Algún secreto se me escapaba: algo
siniestro, desagradable. (p.75). Si
para Strindberg es lo más natural del mundo comprender que si vemos a un niño
cerca de unas piedras y un río, al final el niño terminará cogiendo esas
piedras para lanzarlas al agua, lo del hacha le desconcierta. Y es que mucho
antes que Hitchcock, Strindberg sabía que el suspense está a la vuelta de la
esquina, o como muy bien nos mostró el maestro del suspense en La ventana indiscreta, al otro lado de la
ventana.
A Strindberg
no sólo le vemos mirar desde su ventana, también en sus paseos contempla esas
casas en las que han dejado las persianas bien arriba, observando, el cotilla, el
interior de una habitación en el que varias personas están reunidas: Nunca había visto el aburrimiento, el
hastío, el cansancio de la vida tan resumidos como en esa habitación. (p.63-64)
Me
encantan estos libros en los que la vida va transcurriendo a golpe de
observaciones, de paseos, al ritmo de las estaciones. Leer Solo de Strindberg es dejar a un lado el ruido, la rapidez con la
que parece ir todo. Alejandro García Schnetzer nos cuenta que Nietzsche
consideró a Strindberg un
<<hermano espiritual>> (p.124); también que Zola quedó muy
impresionado con la lectura de la obra de Strindberg El padre y le escribió una carta: su trabajo es una de las raras obras dramáticas que me han conmovido
profundamente. (p.124) Y Thomas Mann lo consideraba un visionario: <<el primero en todo>>. (p.126).
Elias Canetti recordaba en La lengua salvada cómo Strindberg se convirtió en el autor predilecto
de su madre: durante el tiempo que
vivimos en Viena siempre se le saltaban las lágrimas al mencionar a Strindberg,
y solo en Zúrich llegó a acostumbrarse tanto a él y a sus libros que podía
pronunciar su nombre sin excesiva agitación.
Nietzsche, Zola, Thomas Mann, la madre de Canetti disfrutaban leyendo
a Strindberg. Y Strindberg disfrutaba leyendo a Balzac, a Goethe, del que
obtiene gran deleite por su percepción
alegre. Más allá de las crisis matrimoniales, de la manía persecutoria que
padeció, me gusta verle en Solo por
todo lo que he dicho, tan plácido, divagando acerca del escritor del Fausto y sobre Schiller, ese poeta del
que alguien me dijo que le parecía muy guapo: como si el poeta fuera una
estrella del cine que al salir de los rodajes le diese por estudiar a
Shakespeare, Kant y Voltaire.
Cuántos
nombres en esta entrada, cuántas ganas de seguir leyendo, y a la vez, que
sensación al mencionar los nombres de Kant, Schiller, Strindberg de Universo
tan lejano del nuestro, como si todo fuera un cuento que pasó hace mucho
tiempo…
Pero necesito que me lo sigan contando.
Patricia
L.D.
August
Strindberg (Estocolmo, 1849-1912)
fue maestro de escuela, actor, telegrafista, bibliotecario, pintor, alquimista
y escritor de fama. Su dilatada producción suele dividirse en dos periodos: uno
naturalista, que supo elogiar Zola, y otro expresionista, que admiró Nietzsche.
El padre (1887), La señorita Julia (1888), Danza
macabra (1900) y Espectros (1908)
figuran entre sus dramas más aplaudidos por el público y por la crítica, que lo
consideró el padre del teatro moderno. Su obra narrativa incluyó novelas,
poemas, sátiras, ensayos y narraciones breves. El hijo de la sierva (1886), La
plañidera de un loco (1888), Inferno
(1897) y Solo (1903) fueron la cima
de sus trabajos autobiográficos.
sábado, 30 de noviembre de 2013
HISTORIAS DE UNAS MANOS. TRES AUTOBIOGRAFÍAS.
Tengan un poco de paciencia y acompáñenme –en esta
máquina del tiempo improvisada –a Cambrils, año 1909. ¿Ven a ese niño de cinco
años que está sentado en el sillón, en esta habitación repleta de juguetes? Sí,
está vestido como un rey, con su capa de armiño y su corona doradísima. Justo
ahora está presionando con las manos sus pequeños párpados, para visualizar
esas imágenes que tanto le gustan: primero unos huevos fritos (sin sartén) y
unos relojes a punto de derretirse. A continuación se ve –cómo no –a sí mismo,
junto a un amigo, paseando los dos por el campo. Están atravesando un puente
sin barandas. Mientras él camina, ayuda a avanzar al otro, que va en triciclo,
y de repente, se le ocurre una idea muy brillante, así es de original.
Gira
su cara para ver si viene alguien, y al comprobar que sólo ellos dos están en
ese paisaje, decide darle un empujón al niño del triciclo que cae cinco metros
rodando. Nuestro pequeño rey mira hacia abajo, sonríe, y corre a su casa para contar lo que ha pasado: ¡el niño se ha caído! ¡el niño se ha caído!
Mientras
el niño dolorido está tumbado en su cama, nuestro rey con pantalones cortos se
encuentra en la planta de abajo, en una mecedora balanceándose una y otra vez,
una y otra vez, qué bien se siente. Observa desde su privilegiada posición como
bajan dos muchachas con jofainas llenas de sangre. Pero él está de buen humor,
en esa mecedora adornada con labor de
crochet que cubre el respaldo, los brazos y el almohadón del asiento, mientras
él se lleva unas cerezas a su boca rosada. También la labor está adornada con gruesas cerezas de terciopelo. Qué
bonito, cómo se gusta y cómo le gusta todo.
Le
vemos coger el camino de regreso a su casa, lleno de gozo, contemplando el
contraste de los colores del campo, ¿no ven lo hermoso que es todo? Llama a la
puerta y una vez dentro grita: ¡Estoy aquí madre! ¡Que me traigan mi traje de
rey!
De
nuevo en su habitación, vestido de rey, alcanza con sus manos el cetro que hay junto
al sillón.
(…)
Viajemos ahora al 1910, esta vez a Rustshuk, Bulgaria.
Otro niño de cinco años está sentado sobre su cama, en una habitación más
modesta que la anterior: una cama, una mesita y una lámpara. Mira fijamente el
papel de la pared, los numerosos
círculos oscuros de su dibujo. Está moviendo su boca, dando vida a diversos
personajes que parece observar, animándolos con su voz. Cierra la boca y sigue
mirando. Hasta que sus ojos se quedan fijos y vemos que ahora aparece en un
patio fuera de la casa, jugando a la pelota solo. Llega una niña, un poco mayor
que él con un montón de cuadernos. Él sale corriendo hacia ella, le pregunta
qué tal en el cole, qué es lo que has aprendido hoy, ¿te han leído cuentos? La
niña empieza a contarle y él se muere de gusto con lo que escucha de boca de su
prima, que ya está aprendiendo a leer y a escribir.
La
niña abre uno de los cuadernos y el pequeño queda fascinado con todas esas letras
llenas de tinta azul. ¿Observan cómo acerca su mano para tocarlas? Pero la
prima se adelanta a los deseos del pequeño y cierra de golpe el cuaderno. Que
se entere que le han prohibido enseñarlo, que nadie más –sólo, sólo ella –puede
tocarlo.
El
niño le pide cariñosamente que le deje señalar
las letras con el dedo, sin tocarlas, y preguntar al mismo tiempo qué
significan. La niña le deja, le responde diciéndole el significado, pero el
niño nota que lo dice con titubeos y le grita: ¡No lo sabes! ¡Eres una mala
alumna!
Al
día siguiente se repite la misma historia. Le pide que le deje los cuadernos.
Que pueda ver lo que hay escrito.
Ella
los saca y los contempla sin que el niño pueda ver las letras: ¡Eres demasiado
pequeño! ¡Eres demasiado pequeño! ¡Aún no sabes leer!
Sale
disparada hacia un muro y ahí los deja, fuera del alcance del niño, que aunque
salta y salta no consigue llegar.
El
niño furioso va al patio de la cocina, agarra con sus manos bien fuerte el
hacha de cortar la leña. Regresa donde está ella: ¡Agora vo matar a Laurica! ¡Agora vo a matar a Laurica! Y ella sale
corriendo dando gritos, chillando como una loca.
El
abuelo va corriendo hacia el niño para detenerle. Le quita el hacha de las
manos y le regaña.
El
abuelo y otras personas deliberan qué castigo merece el niño.
Subamos
otra vez a la habitación. Sigue mirando el papel de la pared. Entra su
madre y él la abraza, apretándola fuerte con sus manos: Pronto aprenderás a leer y escribir. No tienes que esperar a ir a la
escuela. Puedes aprender ahora mismo, le consuela ella.
(…)
Y nuestro último viaje nos exige viajar a otro continente, quizá por
unas calles que podríamos llamar de Las Pequeñas Tristezas (como le gustará llamarlas
a nuestro protagonista cuando se haga mayor). Estamos en el año 1902, en Nueva
York. Él tiene ahora once años. Baja corriendo las escaleras de su casa, para
llegar al saloncito de la primera planta. Se encuentra una bicicleta y unos
cinco libros. Es el día de Reyes. Con una mano toca el sillín de la bici, pero
a los pocos segundos se va directamente a por los libros. Lleva una bata
puesta, tiene frío, pero coge uno y se sienta tiritando en el suelo. Lo abre.
Ahora
está junto a su primo de la misma edad, jugando en un parque. Una pandilla se
acerca a ellos y empieza a gritarles: ¡sois unos maricas! ¡sois unos maricas!
El primo coge una piedra y la lanza al vientre de uno; él también decide coger
otra piedra y lanzarla contra el mismo niño. Accidentalmente le da en la
cabeza. Cae muerto, y sus amigos se agachan rodeándole. A lo lejos se oye la
sirena de un coche policía. Los primos salen corriendo, perseguidos por dos de
la pandilla, pero consiguen escapar, han sido más rápidos. Están agotados del
esfuerzo.
Si
nos acercamos a casa de su tía, veremos cómo ésta les está preparando a los dos
sus rebanadas de pan de centeno, con mantequilla fresca y un poquito de azúcar.
Las devoran mientras escuchan a la mujer, con una sonrisa angelical.
Despidámonos
de él donde le dejamos, en la salita, con su bata, y sus manos sosteniendo el
libro que tenía abierto.
Despidámonos
de este viaje en el tiempo y volvamos al 2013.
Todas
estas manos, las que empujan al niño del triciclo y cogen el cetro; las que
sostienen con fuerza el hacha contra una niña, señalan unas palabras y abrazan a una madre; así como las que lanzan
una piedra y sostienen un libro,
pertenecen respectivamente a Salvador Dalí, Elias Canetti y Henry
Miller. Unas manos de niños que sirvieron más tarde para crear unas obras
ejemplares. He adaptado a mi antojo estos fragmentos de vida que
he encontrado en sus autobiografías porque me parecieron bastante reveladores,
y me pareció que se podían poner en
relación unos con otros a través de esas manos.
El
primero lo hallé en Vida secreta de
Salvador Dalí un libro que considero una genialidad. Me lo dejaron y al
final me lo he comprado, demasiada tentación. Voy por la página 115
y son 430, así que quizá en otra ocasión le dedique otra entrada.
El
de Elias Canetti (premio Nobel de Literatura en 1981) pertenece al primer
volumen de su autobiografía formada por
los libros, La lengua salvada, La antorcha al oído y Juego de ojos. He leído los dos primeros, y de vez en cuando
me gusta releer sus páginas. Empecé en 2009 y espero en breve leer la parte que
me falta.
Y
el de Henry Miller pertenece a su Trópico
de Capricornio. Henry Miller aparece
en todo lo que escribe, incluso cuando escribe sobre otros, así que creo que
podríamos considerar todos sus libros autobiográficos. Me parece curioso –lo
contó en una entrevista –que padeciera fagomanía, porque cuando le leemos nos
da la sensación de ser un hombre con un hambre descomunal de/por todo. Si nunca
han leído nada de él recomendaría antes que los Trópicos (Trópico de Cáncer,
Trópico de Capricornio) empezar por El coloso de Marusi y sus Cartas a Anaïs Nin o Cartas Durrell-Miller. 1935-1980. ¿Y por
qué no recomendar el Trópico de
Capricornio que lo he leído tres veces? Pues porque Miller creo que es un
caso raro, perteneciente a esa especie que en su autobiografía se pinta peor de
lo que es. Así lo dijeron sus amigos más cercanos, como Lawrence Durrell: Debe admitirse, sin embargo, que Miller
disfrutaba bastante dando una imagen de sí mismo que sugiere algo entre un
fullero, un cow-boy y un payaso; es en realidad su propio fallo si el crítico
se atemoriza ante la imagen que presenta de un malhechor despiadado, antisocial
e inmoral. Esta vena fáustica en Miller es, sin embargo, una fuente de
considerable diversión para sus amigos, que saben que es el más amable,
considerado y honorable de los hombres. Ciertamente su generosidad fundamental
y su bien corazón le confieren unos rasgos muy poco adecuados para interpretar
a Mefistófeles. (Fragmento perteneciente al libro Tres calas en la novela norteamericana del siglo XX, de Bernd
Dietz).
Igual
en sus cartas y en El coloso de Marusi vemos
otro Miller que nos prepara para el de los Trópicos… Si es que se necesita
preparación.
Bon
apettit
Patricia
L.D.
Salvador Dalí (1904-1989)
Elias Canetti (1903-1994)
Henry Miller (1891-1980)
Etiquetas:
Autobiografía,
Elias Canetti,
Henry Miller,
Literatura,
manos,
Pintura,
Salvador Dalí,
Trópico de Capricornio,
Vida secreta de Salvador Dalí
viernes, 25 de octubre de 2013
La historia de mi máquina de escribir, de Paul Auster.
La historia de mi
máquina de escribir, Paul Auster.
Editoria Seix Barral,
2013.
Ilustraciones de Sam
Messer.
Tapa dura.64
páginas.12,95 Euros.
Utilizo el teclado de mi ordenador
portátil Toshiba para escribir una entrada sobre el
libro de Paul Auster La historia de mi máquina de escribir, escrito por el
autor –cómo no –con la misma máquina a la que se refiere el título y que encontramos retratada por Sam Messer en la portada: una Olympia.
En el año 2000, la Olympia y
Auster cumplieron veintiséis años de relación, y si las cincuenta cintas que
compró el escritor para la máquina, en su papelería de Brooklyn –preocupado por si se
quedaba sin las cintas, por si se extinguían – le siguen durando, entonces
cuando escribo este post, ellos llevan ya 39 años de convivencia. Una
relación que se remonta al año 1974, cuando un antiguo compañero de la Facultad se
la ofreció en un momento en el que Auster no tenía dinero para hacerse con una.
Desde entonces la máquina de escribir Olympia le ha acompañado a todas partes,
y ha seguido en pie sin apenas quejarse por nada (un
gritito al arrancarle el hijo de Auster la palanca de retroceso del carro,
cambios de cinta, alguna cicatriz, abolladuras…), y sobreviviendo a la llegada
–que se quitó del medio a tantas y tantas máquinas de escribir –de los
ordenadores. Yo empecé a parecer un enemigo del progreso, el
último pagano aferrado a las antiguas costumbres en un mundo de conversos
digitales. p.28-29.
Esta Olympia podríamos decir que es una más
de la familia –alguien más
y no algo –gracias a los retratos que ha hecho
de ella Sam Messer, que en cuanto la vio en la casa del escritor se enamoró.
Unos retratos que luego le sirvieron a Auster para hacerse más consciente de ella. Nos cuenta: Los cuadros están ejecutados con
brillantez, y me siento orgulloso de mi máquina de escribir por haberse
constituido en tan valioso tema pictórico, pero al mismo tiempo Messer me ha
obligado a ver de otro modo a mi vieja compañera. Aún me encuentro en pleno
proceso de adaptación, pero, ahora, siempre que contemplo esos cuadros (tengo
dos colgados en la pared del cuarto de estar), me resulta difícil pensar en mi
máquina de escribir como un eso.
Sin prisa pero sin pausa, eso se ha convertido en ella. p.42.
Y mientras leemos la historia que ha
escrito Auster sobre su vieja amiga y contemplamos las ilustraciones que la
acompañan de Messer, empezamos a sentir que esa máquina tiene vida propia.
Y nos acordamos de una frase de La montaña mágica de Thomas Mann: aquella pieza,
que pasaba de generación en generación sin que el tiempo pasase por ella. Y se nos ocurre que
quizá esa máquina –como la radio de mi abuela, o los cuatro pequeños volúmenes
de El Quijote de mi abuelo –también pase de
generación en generación; y seguramente nosotros nos iremos antes que esa radio,
que ese Quijote, y que esa máquina de escribir que
seguirá ahí cuando ya no estemos, aunque no sabemos si sirviendo con sus teclas
para contar otras historias o bien observando toda silenciosa desde algún desconocido lugar.
Pero sí –y discúlpenme esta
debilidad - a veces una cree que ellos tienen
vida propia.
Patricia L.D.
Paul Auster ya apareció por este blog.
Sam Messer ha expuesto sus pinturas desde 1983.
Sus obras se encuentran en numerosos museos y colecciones privadas de todo el
mundo, entre ellos el Museo Whitney de Arte Americano y el Museo Metropolitano
de Arte de Nueva York. Su libro anterior, One
Man By Himself: Portraits of John Serl, fue publicado por Hard Press en
1995. Vive en Santa Mónica, California, con su hija, y enseña en la Universidad de Yale.
sábado, 12 de octubre de 2013
CAMINAR, de Henry David Thoreau.
(…) como si las
piernas se hubieran hecho para sentarse y no para estar de pie o caminar, Henry David Thoreau.
En el
post dedicado al libro de Robert Walser, Diario de 1926, comenté
que me gustaría leer sobre el arte de pasear y buscar personajes (ficticios y
no ficticios) que le diesen a las piernas. Desde aquella entrada hasta hoy, me
han recomendado ya unos cuantos libros. Entre ellos no estaba Caminar de
Henry David Thoreau. Caminar llegó en uno de esos paseos tan
ramificados que hacemos por Google. Descubrí este breve ensayo y también un
artículo en la revista Caimán Cuadernos de Cine (julio-agosto
2013) de Carlos Losilla dedicado a la maravillosa trilogía del director Richard
Linklater: Antes del amanecer (1995), Antes del
atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013).
Sus protagonistas Jesse y Céline
(Ethan Hawke y Julie Delpy) sin duda podrían ponerse en aquel collage que
iba/voy a hacer de personajes paseantes, junto a Henry David Thoreau,
mi abuelo, Robert Walser y Wordsworth: Cuando un viajero pidió a la
criada de Wordsworth que le mostrase el estudio de su patrón, ella le contestó:
<<Ésta es su biblioteca, pero su estudio está al aire libre. (p.13)
William Wordsworth (1770-1850)
Y empiezo con el primer párrafo de Carlos Losilla:
Pasear
también puede ser un acto de subversión. Mientras paseamos, preferiblemente sin
rumbo fijo, no trabajamos, no producimos, no consumimos. Rompemos el circuito
mágico del capitalismo. Nos negamos a obedecer las reglas. Y, como mucho,
podemos hablar con otro, con otra. Charla también insustancial, que no aporta
nada a la gran maquinaria económica.
Fotograma de Antes del amanecer
Del mismo modo que en la primera
parte de esta trilogía nos encontramos a Jesse y Céline deambulando por las
calles de Viena sin prisas y sin ningún
objetivo concreto, sin aportar nada a la
gran maquinaria económica, Henry
David Thoreau (1817-1862) camina desviándose hacia los bosques sabiéndose y sintiéndose
al margen de los trayectos prefijados e impuestos por la sociedad: Las carreteras se han hecho para los
caballos y los hombres de negocios. Yo viajo por ellas relativamente poco,
porque no tengo prisa en llegar a ninguna venta, tienda, cuadra de alquiler o
almacén al que lleven. Soy buen caballo de viaje, pero no por carretera. El
paisajista, para indicar una carretera, usa figuras humanas. La mía no podría
utilizarla. Yo me adentro en la
Naturaleza , como lo hicieron los profetas y los poetas
antiguos, Manu, Moisés, Homero, Chaucer. (p.18)
A la par que apuesta por pasear por
otros caminos alternativos, alejados de los perfectamente señalizados y
estratégicamente orientados por las cercas, también apuesta por un pensamiento
salvaje frente a otro domesticado: Así
como el ganso silvestre es más rápido y más bello que el domestico, también lo
es el pensamiento salvaje, pato real que vuela sobre los pantanos mientras cae
el rocío. (p.39).
Dadme
por amigos y vecinos hombres salvajes, no hombres domesticados. (p.43)
Caminar
es un alegato hermoso del paseo, del pasear
que es en sí mismo la empresa y la aventura del día, del despreocuparse (dejando
a un lado el gran número de ocupaciones diarias), aunque reconociendo también
que no siempre es tarea fácil: En el
paseo de la tarde me gustaría olvidar todas mis tareas matutinas y mis obligaciones
con la sociedad. Pero a veces no puedo sacudirme fácilmente el pueblo. Me viene
a la cabeza el recuerdo de alguna ocupación, y ya no estoy donde mi cuerpo,
sino fuera de mí. Querría retornar a mí mismo en mis paseos. ¿Qué pinto en los
bosques si estoy pensando en otras cosas? Sospecho de mí mismo, y no puedo
evitar un estremecimiento, cuando me sorprendo tan enredado, incluso en lo que
llamamos buenas obras… que también sucede a veces. (p.15).
Sabemos que a Céline y a Jesse
también les llegará el momento (que no es un momento concreto, señalable en un
calendario) en el que ya no puedan desviarse, mantenerse al margen de todo
aquello que antes aborrecían; momento en el que ya habrán tenido
que hacer concesiones y seguramente muchos nos sintamos por eso
mismo más cerca de ese pasear de Céline y de Jesse que transcurre por
Viena, París o por una pequeña ciudad de Grecia que por los que daba Thoreau
por los frondosos bosques; no obstante, en ambos paseos, tanto en el de la
pareja como en el de Thoreau, apreciamos y se nos contagia, a pesar de las
concesiones, a pesar de la dificultad para quitarnos de encima otras cosas,
cierto espíritu de rebeldía que nos invita a pasear y perdernos siempre que
podamos por las calles del pueblo o de la ciudad, y a dejarnos sorprender
todavía por esos callejones que habíamos olvidado por el simple hecho de no
haberlos recorrido jamás.
Igual que empecé, termino con un párrafo
del artículo de Carlos Losilla y a continuación con otro de Thoreau y una breve
biografía (de la contraportada del libro):
Y
esa circulación constante entre unos pocos cuerpos que rechazan el orden
imperante para construirse otro que compartir, es quizá una alternativa a la
realidad, una ficción otra, un posible inicio para la revolución.
Pues
seguramente la revolución empieza en la ficción, que no es otra cosa que pensar
alternativas para la vida. Carlos Losilla.
Espero
que seamos más imaginativos, que nuestros pensamientos sean más claros, más
frescos y etéreos, como nuestro cielo; nuestros conocimientos más amplios, como
nuestras praderas; nuestro intelecto, en términos generales, de una escala
mayor, como nuestros truenos, nuestros relámpagos, nuestros ríos, montañas y
bosques; e incluso que nuestros corazones se correspondan en amplitud,
profundidad y grandeza con nuestros mares interiores. p.29
Patricia L.D.
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Thoreau
domingo, 15 de septiembre de 2013
CURSO VERANO UIMP / SIN NOTICIAS DE GURB, de Eduardo Mendoza.
Hoy
voy a colgar una lista elaborada por el escritor Eduardo Mendoza (Barcelona,
1943). Del 12 al 16 de agosto tuve la oportunidad de asistir al curso que
impartió en la
Universidad Internacional Menéndez Pelayo en
Santander (Palacio de la
Magdalena ) titulado Los libros que hay que leer. Eduardo Mendoza es divertido cuando
escribe y es divertido como conferenciante. Era verano, hacía calor, y el
ambiente estaba lleno de sonrisas. Allá va la lista:
Memorias de la casa muerta, de Dostoyevsky.
La busca, de Baroja.
Si esto es un hombre, de Primo Levi.
El Quijote, de Cervantes.
Guerra y paz, de Tolstoy.
Anales, de Cornelio Tácito.
Edipo Rey, de Sófocles.
El sur, de Borges.
Las desventuras del joven Werther, de Goethe.
La vida es sueño, de Calderón de la
Barca.
Hamlet, de Shakespeare.
La metamorfosis, de Kafka.
Divina Comedia, de Dante.
Cándido, de Voltaire.
Las amistades peligrosas, de Choderlos de Laclos.
Moby Dick, de Melville.
La isla misteriosa, de Julio Verne.
El sueño eterno, de Raymond Chandler.
El hombre del traje marrón, de Agatha Christie.
Pedro Páramo, de Juan Rulfo.
Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez.
Todo se desmorona, de Chinua Achebe.
Libro de la almohada, de Sei Shonagon.
En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust.
Eduardo Mendoza no
recomendó ninguno de sus libros (en más de una ocasión nos dijo que si se
sentía orgulloso de algo era de su trabajo como traductor) pero V. hace mucho
me comentó que se lo había pasado pipa leyendo Sin noticias de Gurb. A. y A., dos compañeros del curso me regalaron por mi cumple el libro, y en pocos días
lo devoré. En el año 1990 apareció Sin
noticas de Gurb publicado por
entregas en el periódico El
País y un año después salió a
la luz como libro.
Eduardo Mendoza no comprende el gran éxito del libro, pero el caso es que mi
ejemplar es la 44ª impresión. ¿Qué entenderán los que leen el libro –traducido
– y no tienen las referencias necesarias como para saber quién es la cantante
Marta Sánchez ni lo que representaba en aquella época? Se pregunta. El caso es
que como me dijo V. te lo pasas muy bien siguiendo la pista de Gurb. Porque
Gurb apenas aparece en el libro, ha desaparecido, y junto a uno de sus
compañeros alienígenas tendremos que emprender la tarea de encontrarle en la
Barcelona preolímpica.
Gurb se ha transformado en Marta Sánchez, y no sabemos dónde carajo está.
Novela breve escrita en forma de diario, está dividida en quince capítulos
(desde los días 9 hasta el 24). El diario lo va escribiendo ese extraterrestre
compañero de Gurb, y en él anotará unas cuantas veces la frase que da título
del libro: Sin noticias de
Gurb. Hasta que de con él conocerá a varias personas, nuestras costumbres,
nuestra sociedad, paseará por esa Barcelona llena de socavones.
Hace ya días que lo leí y cada vez que pienso en él me sale una sonrisa y
me viene a la cabeza la canción de los bolígrafos Bic pero con Gurb.
Gurb naranja escribe fino
Gurb cristal escribe normal
Gurb naranja, Gurb cristal
Dos escrituras a elegir
Gurb, Gurb, Gurb, Gurb, Gurb
Cuando leo a Mendoza
tengo presente la distinción que hacía Bryce Echenique entre el humor
cervantino y el humor quevedesco: el primero está ligado a lo sonriente, lo
tierno, lo irónico, mientras el segundo es más sarcástico y cruel. Sin duda
Eduardo Mendoza, tanto como escritor como conferenciante se decanta por
el primero.
Patricia L.D.
Nota 1: Obviamente la lista
se quedó corta pero sólo teníamos cinco días, y entre conferencia y conferencia
también fueron saliendo otros libros. Lo que me gusta de Eduardo Mendoza es que
sabe desviarse del programa y perderse si es necesario. No obstante, el
programa lo vimos entero.
Nota 2: “Sin noticias de
Gurb” es un libro que mandan leer a los adolescentes, suele gustarles mucho.
jueves, 8 de agosto de 2013
DIARIO DE 1926, de Robert Walser.
La uÑa RoTa, Segovia. Mayo 2013. 80 páginas. 12 euros.
Me gusta Robert Walser porque me recuerda a mi abuelo. Como a mi abuelo, a Robert Walser le gustaba mucho pasear, y siempre que lo leo me entran unas ganas inmensas de salir por la puerta, o levantarme del banco en el que estoy sentada y darle a los pies, como hacía mi abuelo y como hacía Walser, que le sobrevino la muerte también paseando. Menciono aquí, en este mismo párrafo, que Robert Walser tiene un librito titulado El paseo, y en Diario de 1926 el narrador da unos cuantos: Hoy he dado un agradable paseíto, breve, mínimo y sin alejarme demasiado, he entrado en una tienda de comestibles y he visto en su interior a una agradable muchachita, de estatura igualmente mínima y porte y actitud visiblemente modestos. p.7
Y después de pasar unos días con Robert
Walser en el bolsillo, quería escribir una breve miscadigresión sobre esta lectura, Diario de 1926, antes de irme a tierras
cántabras.
Me gusta Robert Walser porque me recuerda a mi abuelo. Como a mi abuelo, a Robert Walser le gustaba mucho pasear, y siempre que lo leo me entran unas ganas inmensas de salir por la puerta, o levantarme del banco en el que estoy sentada y darle a los pies, como hacía mi abuelo y como hacía Walser, que le sobrevino la muerte también paseando. Menciono aquí, en este mismo párrafo, que Robert Walser tiene un librito titulado El paseo, y en Diario de 1926 el narrador da unos cuantos: Hoy he dado un agradable paseíto, breve, mínimo y sin alejarme demasiado, he entrado en una tienda de comestibles y he visto en su interior a una agradable muchachita, de estatura igualmente mínima y porte y actitud visiblemente modestos. p.7
Según avanzaba en la lectura de este relato
breve de extensión razonable p.30, me
preguntaba si habrá algún libro que hable sobre el arte de pasear. Busqué en
Google pero no encontré nada, o no lo que quería. Páginas que nos hablasen de
personas y personajes paseantes. Se me ocurrió que podría hacer un collage con esos personajes y personas
paseantes. Quizá lo haga. Y mientras no encontraba nada, ni hacía el collage, volvía a las páginas
de Diaro de 1926, y a cada
frase las mismas ganas de siempre de emprender la aventura del paseo: Encontrar una habitación, esto es,
la búsqueda de un espacio, un atelier de creación, que al mismo tiempo sea un
lugar indicado para contener el sueño, ha sido para mí desde siempre, ruego
encarecidamente que se tenga en cuenta, una forma inmejorable de salir a dar un
paseo y darle al cuerpo una alegría al aire libre. p.29
Como muchos paseos en los que nuestra atención se posa en una cosa para al
ratito posarse en otra, así Walser pasa de un tema a otro, como si nada, como
si fuera lo más natural del mundo, y está bien que así sea; y vamos
descubriendo que esos paseos son el inicio de otros: “y ya veré qué rumbo toma ese paseo
hacia los dominios de mi experiencia vital, experiencia que me observa con aire
problemático, con la mirada misteriosa de lo que aún no está resuelto, y a la
que observo a mi vez con aire parecido. pp.44-45
Es el segundo libro que leo de la editorial La uÑa RoTa (del otro ya hablé por
aquí: En la pausa, de Diego Meret). El primero me llamó
la atención por su portada, por su brevedad, por su llamar la atención tan
silencioso; y el segundo por su portada, por su brevedad, por su llamar
la atención –en esta ocasión-tan amarilla y con sombrero. Y por su autor,
claro. Adoro a Walser. Quizá por los paseos. Quizá porque su lectura me
lleva a pasear. Quizá porque como dijo Hermann Hesse si los poetas como Walser se
contaran entre los espíritus que gobiernan, no habría guerras. Si tuviera cien
mil lectores, el mundo sería mejor. Sea como fuere, el mundo está justificado
por haber gente como Walser. Quizá porque me recuerda y me acuerdo
mucho de mi abuelo.
Patricia L.D.
De la nota de prensa de la editorial:
Sobre el autor
Robert Walser nació en Biel (Suiza) en 1878 y murió durante uno de sus
incontables paseos no muy lejos del hospital psiquiátrico de Herisau, al este
de Suiza, el día de Navidad de 1956. Es, sin duda, uno de los más importantes
escritores en lengua alemana del siglo XX. Autodidacta, errante, finísimo
estilista de la lengua alemana y provisto de una mirada capaz de destripar la
realidad con la más suave ironía.
Encomiado por Musil, Bernhard y Walter
Benjamin, apreciado por Kafka, Canetti, Thomas Bernhard, Coetzee o Peter
Handke, entre otros, el prestigio de Walser –«un prestigio moderado y sombrío,
que es el único que podría convenirle», como señala Luigi Amara– se debe tanto
a sus primeras y aparentes novelas, Los
hermanos Tanner, y Jacob
von Gunten o El ayudante como a sus prosas breves, entre
las que destacan el primer libro, Los
cuadernos de Fritz Kocher, que dio a la imprenta en 1904, y las famosas
nouvelles El paseo, o Vida de poeta, La rosa, así como los microgramas Escrito a lápiz, publicados en
España por Siruela.
Sobre el traductor
Juan de Sola (Barcelona, 1975) es traductor y editor. Ha traducido,
entre otros, a Joseph Roth, Hofmannsthal, Richter, Brecht, Lowry, Beckett y
Gabriel Josipovici. En la actualidad prepara la edición de la Correspondencia entre Goethe y Schiller. Fue
premiado por el Gobierno de Suiza en reconocimiento por sus traducciones de
Robert Walser, entre las que destaca El
bandido, La habitación del
poeta y Microgramas I. Ha impartido
clases de Teorías de la lectura y Crítica literaria en la UOC. Para La uÑa RoTa ha traducido El hundimiento, de Nossack. Su
web: http://juandesola.com/wp/
Sobre el ilustrador de la cubierta:
Eduardo Jiwnani (http://www.laluzroja.com/), autor de la portada de libro, vive y
trabaja en Madrid como diseñador gráfico. En 2004 creó la editorial La Luz Roja para
dar salida a pequeñas tiradas de poemarios y catálogos de artista. Para La uÑa
Rota ilustró la cubierta de Obra
inacabada, de Bertolt Brecht (traducida por Miguel Sáenz).
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