Recuerdo -hace mucho tiempo- que mi amiga Vanesa me contó algo sobre un cuadro, algo sobre cómo al mirar ese cuadro sentía que ella había estado allí, como si hubiese vivido en esa época, y en ese momento. Me gustaría, si se acuerda, que me dijese qué cuadro era. Yo tengo una sensación similar cuando leo una carta que le envió Lawrence Durrell a Henry Miller. En ella le cuenta cómo un grupo de amigos subieron una noche borrachos a la Acrópolis. Estaban allí, sentados y embriagados por el vino y la poesía, cuando de repente, uno de ellos, Katsimbalis, se levantó de golpe y gritó:<<¿Queréis oír los gallos de Ática, condenados modernos?>>. Ninguno le contestó. A continuación fue corriendo al borde del precipicio y de su boca salió un espeluznante Quiquiriquiii. Y a ese Quiquiriquiii fueron uniéndose los maullidos de un gato, y luego otro, y otro tras otro. En un instante pareció que toda Atenas despertaba al grito de Katsimbalis. Y los amigos reían a carcajadas. Cuando leo esa carta, entro en ella. Entro en la Acrópolis, en esa noche mágica, y estoy allí. Escuchando, riendo con ellos. También siento que he estado allí, en esa época, y ese momento. Como Vanesa en aquel cuadro. Y pienso en el gozo que experimentaría Henry Miller mientras leía esa carta. Desde Nueva York. Y cuánto le hubiese gustado estar reunido con sus colegas. Aquella carta la puso como apéndice para su obra El coloso de Marusi. Una delicia de libro sobre su viaje a Grecia.

Hace poco recibí dos fotografías de Antonio, un compañero de la Facultad que había ido a pasar unos días a Grecia. Una de ellas era ésta. La Acrópolis. En la noche:
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Quiquiriquiiii |
Pasados unos días en un correo suyo aparecía una frase de Borges: “Solo una cosa no hay. Es el olvido.” Y acordándome del cuadro de Vanesa y de la carta de Lawrence Durell, y de la similitud entre lo que sentimos al ver ese cuadro y al leer esa carta, me pregunto si en verdad no habríamos estado allí, en ese otro mundo, ella en el del cuadro y yo en la Acrópolis con Katsimbalis y los demás, lo único que hasta entonces la memoria no nos lo hubiese recordado.
Y después de leer la frase de Borges en el correo de Antonio continué con el libro que tenía entre manos, Dietario voluble de Enrique Vila-Matas. Nos habla de Nungesser y Coli, los dos pilotos que no consiguieron atravesar el océano Atlántico. Dos semanas más tarde de su tentativa, lo consiguió Lindbergh. Se acuerda de ellos, de los dos pilotos gracias a la lectura de un un haiku de Sebald: <<El 8 de mayo de 1927/ los capitanes/ Nungesser & Coli/ despegaron de Le Bourget/ & después nunca más/ se les volvió/ a ver.>>. Nungesser y Coli desaparecieron, y tras hablarse un tiempo de su historia, todo cayó en el silencio. Sebald los recupera en su haiku, a continuación los recupera Vila-Matas, y ahora yo. Porque solo una cosa no hay. Es el olvido.
Vila-Matas menciona un cuadro del pintor mexicano, Ángel Zárraga, cuadro que es un homenaje a aquellos dos pilotos desaparecidos. Además de ellos, en el cuadro salen unas mujeres esperando, a modo de cuadros autónomos dentro del cuadro. (¿Sería el cuadro de Vanesa, de su época, de su momento?). Y termina el párrafo Vila-Matas diciéndonos:<<He mirado esa pintura y después me he olvidado de todo, salvo del olvido>>.
Sí, después de leer la frase de Borges en el correo electrónico de mi compañero, me encuentro en el libro de Vila-Matas esa otra parafraseándola. Y pienso en lo que le gusta a Laly todo lo relacionado con las casualidades. Y cuánto disfruta con los libros de Paul Auster. Ayer me contaba que había terminado el último y que también hay casualidades. Y mi madre me dijo que tengo que leer Leviatán, de Paul Auster, que me va a gustar mucho.
Me acuerdo, para terminar, que Borges además de decir que <<Solo una cosa no hay. Es el olvido>>, también sostenía que las casualidades no existen, que los sucesos imprevistos son producidos por hechos y circunstancias en las que nada tiene que ver el azar sino leyes muy precisas que nosotros, los hombres, desconocemos y por ello las atribuimos a lo incontrolable.
P.L.