miércoles, 19 de octubre de 2011

Opiniones de un payaso o la atrofia de la comprensión

No comprendí que Marie se marchase precisamente con él, pero puede que yo nunca haya “comprendido” a Marie.

Le deseo a usted y a su conciencia unas buenas noches. Pero él siguió sin comprender, de modo que corté yo el primero.

Yo creo que nadie en el mundo comprende a un payaso, ni siquiera otro payaso porque siempre entran en juego la envidia o la rivalidad. A Marie le faltó poco para comprenderme, pero nunca me comprendió del todo.

En Osnabrück me dijo ella por primera vez que tenía miedo de mí, al negarme yo a marchar a Bonn, y que quería ir allí a toda costa, para respirar “aire católico”. La expresión no me gustó y dije que bastantes católicos había en Osnabrück, pero me replicó que yo no la comprendía ni quería comprenderla.

Todos los idiotas reunidos en casa de mi madre se explicarían mi actuación como un buen chiste, mi madre misma, con ácida sonrisa, debería admitir que se trataba de un chiste y nadie sabría que era algo muy serio. Ciertamente saben todos que un payaso debe ser melancólico, para ser un buen payaso, pero para él la melancolía es una cos muy seria, eso sí que no lo comprenden.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Frankenstein o el moderno Prometeo

Año: 1816. Lugar: Suiza. Quiénes: Lord Byron, Percy Bysse Shelley,  Mary W. Shelley  y  Polidori.

Anécdota: Lord Byron propone una apuesta  -¡a ver quién escribe un relato de fantasmas!- y de ahí  y de las conversaciones que Mary escuchaba a sus compañeros de viaje acerca de la posibilidad de dar vida a la materia inerte surgieron las imágenes que dieron lugar a Frankenstein o el moderno Prometeo:

Vi -con los ojos cerrados, pero con la aguda visión mental-, vi al pálido estudiante de artes impías, de rodillas junto al ser que había ensamblado. Vi al horrendo fantasma de un hombre tendido; y luego, por obra de algún ingenio poderoso, manifestar signos de vida, y agitarse con movimiento torpe y semivital. Debía ser espantoso; pues supremamente espantoso sería el resultado de todo esfuerzo humano por imitar el prodigioso mecanismo del Creador del mundo. El éxito aterraría al propio artista; huiría horrorizado de su odiosa obra. Confiaría en que, abandonada a sí misma, se apagaría la leve chispa de la vida que había infundido; en que este ser que había recibido tan perfecta animación se resolvería en materia inerte; y así pudo dormir, en la creencia de que el silencio de la tumba extinguiría para siempre la existencia efímera del horrendo cadáver al que había juzgado cuna de la vida. El estudiante está dormido, pero se despierta; abre los ojos; mira, y descubre al horrible ser junto a la cama; ha apartado las cortinas y le mira con sus ojos amarillentos, aguanosos, pero pensativos.
 
De la introducción de Mary W. Shelley para la edición de Standard Novels

jueves, 8 de septiembre de 2011

Los papeles de Aspern


Entretanto llegó el verano; sus días transcurrieron lenta y plácidamente, y ahora, al evocarlos, me parecen los más felices de mi vida. Permanecía en el jardín durante las horas en que el calor no era excesivo: me había hecho arreglar la glorieta, y había mandado colocar en ella una mesa baja y un sillón. Allí llevaba libros y carpetas -siempre tenía entre manos alguna tarea literaria- y trabajaba y aguardaba, meditaba y esperaba, mientras las plantas bebían la luz del sol y el viejo palacio inescrutable palidecía bajo sus rayos, hasta que luego, cuando el día declinaba, empezaba a recobrarse y enrojecer. Y mis papeles susurraban mecidos por la brisa vagabunda del Adriático.
Los papeles de Aspern, Henry James

lunes, 25 de julio de 2011

A SINGLE MAN

"(...) y en una ocasión -oh, pero sólo una-, me despertó de un sueño, como el sueño de la muerte, la presión espiritual de unos labios sobre los míos propios."
Eleonora, Edgar Allan Poe

domingo, 10 de julio de 2011

Las cosas. Las piezas.



(...) aquella pieza, que pasaba de generación en generación sin que el tiempo pasase por ella.
Thomas Mann, La montaña mágica




sábado, 12 de marzo de 2011

CISNE NEGRO


Viviendo así, como le digo que vivía, en esa soledad, a la larga hay peligros a los que uno se expone. Es inevitable. En cuanto el ser humano está solo cae en la sinrazón. Lo creo: creo que la persona entregada a sí misma está ya atacada por la locura porque en el brote de un delirio personal nada la detiene.
Escribir, Marguerite Duras
Traducción de Ana María Moix


Algunos dioses y mortales han visitado el mundo de las sombras y encontrado el camino de regreso. Sin embargo, los habitantes de los infiernos saben que quien come del fruto de su reino queda presa de su hechizo para siempre.
La montaña mágica, Thomas Mann
Traducción de Isabel García Adánez

domingo, 23 de enero de 2011

Solo una cosa no hay. Es el olvido.

Recuerdo -hace mucho tiempo- que mi amiga Vanesa me contó algo sobre un cuadro, algo sobre cómo al mirar ese cuadro sentía que ella había estado allí, como si hubiese vivido en esa época, y en ese momento. Me gustaría, si se acuerda, que me dijese qué cuadro era. Yo tengo una sensación similar cuando leo una carta que le envió Lawrence Durrell a Henry Miller. En ella le cuenta cómo un grupo de amigos subieron una noche borrachos a la Acrópolis. Estaban allí, sentados y embriagados por el vino y la poesía, cuando de repente, uno de ellos, Katsimbalis, se levantó de golpe y gritó:<<¿Queréis oír los gallos de Ática, condenados modernos?>>. Ninguno le contestó. A continuación fue corriendo al borde del precipicio y de su boca salió un espeluznante Quiquiriquiii. Y a ese Quiquiriquiii fueron uniéndose los maullidos de un gato, y luego otro, y otro tras otro. En un instante pareció que toda Atenas despertaba al grito de Katsimbalis. Y los amigos reían a carcajadas. Cuando leo esa carta, entro en ella. Entro en la Acrópolis, en esa noche mágica, y estoy allí. Escuchando, riendo con ellos. También siento que he estado allí, en esa época, y ese momento. Como Vanesa en aquel cuadro. Y pienso en el gozo que experimentaría Henry Miller mientras  leía esa carta. Desde Nueva York. Y cuánto le hubiese gustado estar reunido con sus colegas. Aquella carta la puso como apéndice para su obra El coloso de Marusi. Una delicia de libro sobre su viaje a Grecia.


Hace poco recibí dos fotografías de Antonio, un compañero de la Facultad que había ido a pasar unos días a Grecia. Una de ellas era ésta.  La Acrópolis. En la noche:
Quiquiriquiiii

Pasados unos días en un correo suyo  aparecía una frase de Borges: “Solo una cosa no hay. Es el olvido.” Y acordándome del cuadro de Vanesa y de la carta de Lawrence Durell, y de la similitud entre lo que sentimos al ver ese cuadro y al leer esa carta, me pregunto si en verdad no habríamos estado allí, en ese otro mundo, ella en el del cuadro y yo en la Acrópolis con Katsimbalis y los demás, lo único que hasta entonces la memoria no nos lo hubiese recordado.

Y después de leer la frase de Borges en el correo de Antonio continué con el libro que tenía entre manos, Dietario voluble de Enrique Vila-Matas.  Nos habla de Nungesser y Coli, los dos pilotos que no consiguieron atravesar el océano Atlántico. Dos semanas más tarde de su tentativa, lo consiguió Lindbergh. Se acuerda de ellos, de los dos pilotos gracias a la lectura de un un haiku de Sebald: <<El 8 de mayo de 1927/ los capitanes/ Nungesser & Coli/ despegaron de Le Bourget/ & después nunca más/ se les volvió/ a ver.>>. Nungesser y Coli desaparecieron, y tras hablarse un tiempo de su historia, todo cayó en el silencio. Sebald los recupera en su haiku, a continuación los recupera  Vila-Matas, y ahora yo.  Porque solo una cosa no hay. Es el olvido.

Vila-Matas menciona un cuadro del pintor mexicano, Ángel Zárraga, cuadro que es un homenaje a aquellos dos pilotos desaparecidos. Además de ellos, en el cuadro salen unas mujeres esperando, a modo de cuadros autónomos dentro del cuadro. (¿Sería el cuadro de Vanesa, de su época, de su momento?). Y termina el párrafo Vila-Matas diciéndonos:<<He mirado esa pintura y después me he olvidado de todo, salvo del olvido>>.

Sí, después de leer la frase de Borges en el correo electrónico de mi compañero,  me encuentro en el libro de Vila-Matas esa otra parafraseándola. Y pienso en lo que le gusta a Laly todo lo relacionado con las casualidades. Y cuánto disfruta con los libros de Paul Auster. Ayer me contaba que había terminado el último y que también hay casualidades. Y mi madre me dijo que tengo que leer Leviatán, de Paul Auster,  que me va a gustar mucho. 

Me acuerdo, para terminar,  que Borges además de decir que <<Solo una cosa no hay. Es el olvido>>, también sostenía que las casualidades no existen, que los sucesos  imprevistos son producidos por hechos y circunstancias en las que nada tiene que ver el azar sino leyes muy precisas que nosotros, los hombres,  desconocemos y por ello las atribuimos a lo incontrolable.

P.L.


domingo, 16 de enero de 2011

Notas de domingo

Casi cuando estamos llegando al final de la película Deseando amar, uno de los personajes le cuenta a otro,  que antiguamente, si alguien tenía un secreto que no quería compartir con nadie, lo que hacía era subir a una montaña en busca de un árbol, luego buscaba un agujero en él, y susurraba su secreto al agujero. Al terminar, lo cubría con barro y dejaba ahí el secreto para siempre. Hace unos meses hice esta fotografía. La foto de un agujero. De un árbol. En la Casita del Príncipe:

Encontré un agujero, pero no susurré ningún secreto. Sí me pregunté, si alguien, alguna vez, habría depositado uno en él. Podría ser, y que hubiese olvidado taparlo después. ¿Cuántos secretos pueden caber en un agujero como ése? Ahí os lo dejo. Por si un día tenéis uno y os urge depositarlo en algún lugar.

Dice Vila-Matas que Nazim Himket comentaba que la cosa más real y bella es vivir. Y no olvidar que vivir es nuestra tarea. Estemos donde estemos (El Escorial, San Lorenzo, Madrid, Tomelloso, Valdemorillo, Navacerrada, Londres, Villalba, Alpedrete, Daimús, Santander), hemos de vivir como si nunca hubiésemos de morir. Aunque, por ejemplo, nos queden unos minutos de vida hay que seguir riendo con el último chiste, mirando por la ventana para ver si el tiempo sigue lluvioso, esperando con impaciencia las últimas noticias de prensa.

Y compartiendo historias, y secretos...  o, por ejemplo, ¿una lectura? como hacía, o parecía que hacía esta mañana una joven con el mismísimo Felipe II.  Así, sentadita en su regazo.



P.L.

viernes, 14 de enero de 2011

Todas las almas



Yo comprendo bien a quien lamenta morirse sólo porque no podrá leer el próximo libro de su autor favorito, o ver la próxima película de la actriz que admira, o volver a tomar cerveza, o hacer el crucigrama del nuevo día, o seguir la serie de televisión que sigue, o porque no sabrá qué equipo ha ganado el campeonato de fútbol del año en curso. Lo comprendo perfectamente. No es sólo que todo pueda aún darse, la noticia inimaginable, el giro de todos los acontecimientos, los sucesos más extraordinarios, los descubrimientos, el vuelco del mundo. El revés del tiempo, su negra espalda... Es también que son tantas las cosas que nos retienen. Son tantas las cosas que retendrán a Cromer-Blake. Tantas como a ti. O como a mí. O como a la señora Berry.

***

 Clare Bayes no es así. Clare Bayes sabe más de sí misma, que es el conocimiento que hace atractivas a las personas, lo que les da valor: que puedan dirigirse, que puedan preparar y conducir sus actos. Lo que conmueve es hacer sabiendo que lo que se hace o se deja de hacer tiene peso y significación. El azar no conmueve, y lo inocente no encierra más promesa que la forma en la que dejará de serlo.

Todas las almas, Javier Marías



martes, 7 de septiembre de 2010

Sostiene Pereira


Aquella fotografía se la había hecho él, en mil novecientos veintisiete, había sido durante un viaje a Madrid y al fondo se veía el perfil macizo de El Escorial.
Antonio Tabucchi, Sostiene Pereira

domingo, 5 de septiembre de 2010

De Henry Miller a Proust

Porque hay libros que nunca terminan. Porque prenden y nunca se apagan. Porque te queman pero no quieres que te echen agua. Porque te asalta la necesidad de coger un lapicero. Porque parece que te roban, aunque te dan. Porque crees que van dirigidos a ti, pero van dirigidos a todos. Porque todos empezamos a mirar a través de sus mundos. Porque hacen mundo. Porque necesitas comunicarlo. Porque después quieres gritar. Y se lo escribes a Anaïs Nin. Y le pides opinión: lo que me interesa de manera vital es la reacción de una mente femenina. Y no recuerdas si te contestó o no. Pero da igual. Sigues copiando y  copiando y le sigues enviando párrafos del libro, de ese libro. ¿Siente lo mismo que tú? y hoy es Proust, y mañana es Cendrars, y pasado será Hamsun. Y te sientes primo de Dostoievski. Y mezclas unos con otros. Y qué más da. Te llevas las manos a la cabeza con desesperación, ¿y qué escribo ahora yo? Ellos parecen haberlo dicho todo. Te paralizas, te bloqueas. Pero luego sigues hacia delante. Sigues. Adelante, porque está muy bien que existan ellos, pero también que existas tú. Y escribes, divagas, te pierdes, te vuelves a encontrar, pero no, prefieres las digresiones. Y te dices que un escritor puede desconcertar a una psicólogo. Y que además es el escritor más psicólogo que el psicólogo: el escritor no da respuestas. Mantiene el drama, el misterio, el esquema indescifrable es lo vital. Y retomas a Proust. Siempre Proust. Y te hubiese gustado leer el guiño que le dedicó Alan Pauls. Pero ya estabas muerto. Y ahora, en tu muerte, te llega aquella carta que le enviaste a Anaïs. La vuelves a abrir. En el cielo hay ángeles-carteros. El sello es de una ciudad desconocida. Lo abres. Te descubres. Te lees de nuevo. Te acuerdas, sí, de aquella carta que escribiste y decides ir a la biblio-celestial y volver a coger En busca del tiempo perdido. Ni allí, en el cielo, se termina Proust, ni allí se apaga, ni allí quieres que echen agua. Pero antes relees la carta, tus propias grafías. Ha pasado tiempo, pero sigues pensando lo mismo:

Lo que me ha ocurrido después de leer a Albertine es que estoy en llamas. Es todo lo que puedo hacer para no subrayar cada línea. Este hombre parece quitarme las palabras de la boca, robarme cada una de mis propias experiencias, sensaciones, reflexiones, introspecciones, sospechas, tristezas, torturas, etc, etc.

Me pregunto a mí mismo: ¿soy el único que experimenta esto o se trata de un sentimiento general que se produce en todos los que devoran con avidez el texto de Proust? En este libro, recuérdelo usted, soy poco consciente -muy poco- de las belleza de su lenguaje, de los matices y demás. El contenido es lo que me asalta, y el sentimiento. No puedo dejar de repetirlo: es como si lo hubiera escrito para mí personalmente. Y por ende me pregunto con verdadera perplejidad qué obtienen los demás de esta obra, qué comprenden aquellos que no han saboreado esas particulares experiencias. En lugar de estar ahíto por la excesiva acumulación de detalles, por las repeticiones con variaciones que Proust emplea con tanta habilidad, estoy fascinado y temeroso del final inevitable, no puede haber final, por cierto, dado el tratamiento que utiliza. Es tan ilimitado como el universo mismo.
 
P.L.
 

domingo, 29 de agosto de 2010

Domingos Alegres

Abro El Mundo al tuntún y me encuentro con la página dedicada a excéntricos: Leonora Carrington. Leonora tiene una gata, una gata a la que no ha puesto nombre. Recuerdo que Holly, el personaje interpretado por Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, también tiene un gato, y le llama Gato. Gato. Es raro, no el nombre del gato Gato, sino la palabra "gato": ga-to.
Y al pensar en más cosas raras recuerdo haber  leído ayer en Mantra algo que le parecía raro al narrador. Lo busco y lo transcribo: Me gustaban las revistas de superhéroes (en especial esos números especiales del sindicalismo con superpoderes que era la serie <<Campeones de la Justicia>>, donde aparecían todos juntos -Supermán, Batman, Wonder Woman, Aquaman, Flash, Flecha Verde, Atom, Linterna Verde, Canario Negro...-y compartiendo una misma casa y, bastante seguido, peleándose entre sí), pero mi variedad predilecta era la serie <<Domingos Alegres>>. La variedad <<Domingos Alegres>> era -ya desde su nombre-algo raro. Una variante culta bajo ese nombre que nunca comprendí. ¿Eran revistas que sólo podían ser leídas durante el domingo porque su función era alegrártelos? Yo siempre pensé y sigo pensando que el domingo era el día más triste de la semana (...)
Y me he acordado también de ese párrafo porque al leerlo anoche pensé que hacía tiempo que no sentía el domingo como el día más triste de la semana. Anoche sentí nostalgia de aquellos domingos tristes. Hasta que ha llegado el domingo y al abrir la terraza me he encontrado con ese insecto ahí: muerto. Y no sé si dejarlo sin nombre, o llamarle La Polilla Mariposa. Así, tipo historieta.
 Tipo Domingos Alegres.
P.L.

sábado, 28 de agosto de 2010

MANTRA

Martín Mantra sonrió una sonrisa leve pero que parecía involucrar la sutil acción de demasiados músculos. Martín Mantra nos miró a todos, a uno por uno, antes de sacar del bolsillo de su delantal un revólver, abrirlo con el mismo movimiento seguro con que se quiebra una rama o el espinazo de un animal pequeño pero peligroso, ponerle una bala en el tambor, hacerlo girar, cerrarlo, llevarse el largo caño a la boca sin arruinar su sonrisa rara y apretar el gatillo. No pasó nada, pero el sonido del percutor golpeando sobre el azar de una recámara sin munición nos pareció más poderoso que el de varios truenos, porque se trataba de un momento importante, iniciático, sagrado.
Después, enseguida, Martín Mantra -con una voz inesperadamente dulce y extendiéndonos su mano y su revólver, como si fueran una ofrenda y una bienvenida- preguntó quién iba, quién quería, quién se atrevía a ser el próximo.
Fui yo.


jueves, 26 de agosto de 2010

Fahrenheit 451



Al otro lado de la calle, hacia abajo, las casas se erguían con sus lisas fachadas. ¿Qué había dicho Clarisse, una tarde? <<Nada de porches delanteros. Mi tío dice que antes solía haberlos. Y la gente, a veces, se sentaba por las noches en ellos, charlando cuando así lo deseaba, meciéndose, y guardando silencio cuando no quería hablar. Otras veces, permanecían allí sentados, meditando sobre las cosas. Mi tío dice que los arquitectos prescindieron de los porches frontales porque estéticamente no resultaban. Pero mi tío asegura que éste fue sólo un pretexto. El verdadero motivo, el motivo oculto, pudiera ser que no querían que la gente se sentara de esta manera, sin hacer nada, meciéndose y hablando. Éste era el aspecto malo de la vida social. La gente hablaba demasiado. Y tenía tiempo para pensar. Entonces, eliminaron los porches. Y también los jardines. Ya no más jardines donde poder acomodarse. Y fíjese en el mobiliario. Ya no hay mecedoras. Resultan demasiado cómodas. Lo que conviene es que la gente se levante y ande por ahí. Mi tío dice... Y mi tío... Y mi tío...>>
La voz de ella fue apagándose.
Ray Bradbury, Fahrenheit 451