Mostrando entradas con la etiqueta miscadigresiones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta miscadigresiones. Mostrar todas las entradas

domingo, 5 de septiembre de 2010

De Henry Miller a Proust

Porque hay libros que nunca terminan. Porque prenden y nunca se apagan. Porque te queman pero no quieres que te echen agua. Porque te asalta la necesidad de coger un lapicero. Porque parece que te roban, aunque te dan. Porque crees que van dirigidos a ti, pero van dirigidos a todos. Porque todos empezamos a mirar a través de sus mundos. Porque hacen mundo. Porque necesitas comunicarlo. Porque después quieres gritar. Y se lo escribes a Anaïs Nin. Y le pides opinión: lo que me interesa de manera vital es la reacción de una mente femenina. Y no recuerdas si te contestó o no. Pero da igual. Sigues copiando y  copiando y le sigues enviando párrafos del libro, de ese libro. ¿Siente lo mismo que tú? y hoy es Proust, y mañana es Cendrars, y pasado será Hamsun. Y te sientes primo de Dostoievski. Y mezclas unos con otros. Y qué más da. Te llevas las manos a la cabeza con desesperación, ¿y qué escribo ahora yo? Ellos parecen haberlo dicho todo. Te paralizas, te bloqueas. Pero luego sigues hacia delante. Sigues. Adelante, porque está muy bien que existan ellos, pero también que existas tú. Y escribes, divagas, te pierdes, te vuelves a encontrar, pero no, prefieres las digresiones. Y te dices que un escritor puede desconcertar a una psicólogo. Y que además es el escritor más psicólogo que el psicólogo: el escritor no da respuestas. Mantiene el drama, el misterio, el esquema indescifrable es lo vital. Y retomas a Proust. Siempre Proust. Y te hubiese gustado leer el guiño que le dedicó Alan Pauls. Pero ya estabas muerto. Y ahora, en tu muerte, te llega aquella carta que le enviaste a Anaïs. La vuelves a abrir. En el cielo hay ángeles-carteros. El sello es de una ciudad desconocida. Lo abres. Te descubres. Te lees de nuevo. Te acuerdas, sí, de aquella carta que escribiste y decides ir a la biblio-celestial y volver a coger En busca del tiempo perdido. Ni allí, en el cielo, se termina Proust, ni allí se apaga, ni allí quieres que echen agua. Pero antes relees la carta, tus propias grafías. Ha pasado tiempo, pero sigues pensando lo mismo:

Lo que me ha ocurrido después de leer a Albertine es que estoy en llamas. Es todo lo que puedo hacer para no subrayar cada línea. Este hombre parece quitarme las palabras de la boca, robarme cada una de mis propias experiencias, sensaciones, reflexiones, introspecciones, sospechas, tristezas, torturas, etc, etc.

Me pregunto a mí mismo: ¿soy el único que experimenta esto o se trata de un sentimiento general que se produce en todos los que devoran con avidez el texto de Proust? En este libro, recuérdelo usted, soy poco consciente -muy poco- de las belleza de su lenguaje, de los matices y demás. El contenido es lo que me asalta, y el sentimiento. No puedo dejar de repetirlo: es como si lo hubiera escrito para mí personalmente. Y por ende me pregunto con verdadera perplejidad qué obtienen los demás de esta obra, qué comprenden aquellos que no han saboreado esas particulares experiencias. En lugar de estar ahíto por la excesiva acumulación de detalles, por las repeticiones con variaciones que Proust emplea con tanta habilidad, estoy fascinado y temeroso del final inevitable, no puede haber final, por cierto, dado el tratamiento que utiliza. Es tan ilimitado como el universo mismo.
 
P.L.
 

domingo, 29 de agosto de 2010

Domingos Alegres

Abro El Mundo al tuntún y me encuentro con la página dedicada a excéntricos: Leonora Carrington. Leonora tiene una gata, una gata a la que no ha puesto nombre. Recuerdo que Holly, el personaje interpretado por Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, también tiene un gato, y le llama Gato. Gato. Es raro, no el nombre del gato Gato, sino la palabra "gato": ga-to.
Y al pensar en más cosas raras recuerdo haber  leído ayer en Mantra algo que le parecía raro al narrador. Lo busco y lo transcribo: Me gustaban las revistas de superhéroes (en especial esos números especiales del sindicalismo con superpoderes que era la serie <<Campeones de la Justicia>>, donde aparecían todos juntos -Supermán, Batman, Wonder Woman, Aquaman, Flash, Flecha Verde, Atom, Linterna Verde, Canario Negro...-y compartiendo una misma casa y, bastante seguido, peleándose entre sí), pero mi variedad predilecta era la serie <<Domingos Alegres>>. La variedad <<Domingos Alegres>> era -ya desde su nombre-algo raro. Una variante culta bajo ese nombre que nunca comprendí. ¿Eran revistas que sólo podían ser leídas durante el domingo porque su función era alegrártelos? Yo siempre pensé y sigo pensando que el domingo era el día más triste de la semana (...)
Y me he acordado también de ese párrafo porque al leerlo anoche pensé que hacía tiempo que no sentía el domingo como el día más triste de la semana. Anoche sentí nostalgia de aquellos domingos tristes. Hasta que ha llegado el domingo y al abrir la terraza me he encontrado con ese insecto ahí: muerto. Y no sé si dejarlo sin nombre, o llamarle La Polilla Mariposa. Así, tipo historieta.
 Tipo Domingos Alegres.
P.L.

sábado, 21 de agosto de 2010

Lluvia


Y el otro día llovió. Y aproveché para hacer una fotografía. Hoy la he vuelto a mirar, y al verla me he acordado de Lluvia, de Victoria de Stefano. He ido a la estantería, y sí, el libro seguía ahí. La protagonista, ya no lo recordaba, se llama Clarice. Clarice, alter ego de Victoria, homenaje, nos lo dice Ednodio Quintero, a Clarice Lispector, y a la Carice Daloway de Virginia Woolf, y tampoco recordaba estos datos. Quizá porque en el año que descubrí Lluvia todavía no había leído nada de Clarice, la otra Clarice, la escritora brasileña. Y hace poco se paseó por aquí Lispector, la de Venezuela. Y si continuase estableciendo relaciones caería agotada, tambaleada por su infinitud. Y quizá en ese agotamiento me dormiría y soñaría con un artículo que me enviaría una amiga sobre Vila-Matas hablando de Lluvia; y con la lluvia de Seven; y la lluvia de Blade Runner; y en ese sueño cogería de nuevo el libro de Victoria, y lo abriría, y leería algunas páginas, y pensaría en la escritura y la vida; y en el sueño y la vigilia. Y al despertar me daría la vuelta y alcanzaría el libro: Es impresionante cómo el embrión de un relato puede surgir de cualquier parte. Todo lo que se requiere es prestarle atención a lo que salta unos centímetros por arriba o por debajo del fondo familiar de las rutinas. Todo lo que hace falta es bajar de la torre al mundo... Subir, bajar. Pasear la mirada de arriba abajo, lanzarla más allá del límite a partir del cual se vuelve borrosa. Subir bajar. Arriba abajo. E intentaría escribir un post diciendo que el otro día llovió, y hablaría de una fotografía, y de la lluvia reflejada, y no recordaría que la frase ¿cuántos recuerdos contiene una lágrima? era creación mía, y no de la película 2046, sino que yo la asocié a esa película, a esas mujeres llorando, y creería que la saqué de allí, pero no, era mía, aunque lo habría olvidado. Y volvería a ver en dvd la película, y daría vueltas a eso de los recuerdos, y la memoria, y de las proyecciones que hacemos, y entonces me iría de ahí a Inception, y a pensar en esos mundos simultáneos, y en Bergson, y de nuevo a Lluvia de Stefano, y en subir, bajar de la torre al mundo, y en pasear la mirada de arriba abajo, lanzarla más allá del límite a partir del cual se vuelve borrosa, y dormirme y sentir una lágrima bajo la lluvia, y despertar y apartarme esa lágrima de la cara, y preguntarme: ¿cuántos recuerdos contiene una lágrima?

P.L.