jueves, 23 de mayo de 2013

Las damas de Hitchcock, de Donald Spoto.

Editorial Lumen.
Tapa dura. 384 páginas.
22,90 euros.


Leyendo Las damas de Hitchcock me he sentido un poco James Stewart (L.B.Jeffries) en “La ventana indiscreta”: cogiendo la cámara o los prismáticos –dependiendo del momento –para observar bien la relación que mantuvo el genio con las mujeres que trabajaron con él y así no perder detalle.

Antes de este libro Donald Spoto  ya había dedicado otros dos a la vida y obra del maestro del suspense: El arte de Alfred Hitchcock y Alfred Hitchcock: la cara oculta del genio. Es conocido por las numerosas biografías que ha escrito, entre las que se incluyen las de Marlen Dietrich, Audrey Hepburn, Laurence Olivier, Marilyn Monroe o Ingrid Bergman.

            Dividido en quince capítulos el libro abarca desde los años en los que trabajaba Hitchcock para la productora británica Famous Players-Lasky –que pertenecía a  la Paramount Pictures –hasta su muerte. O dicho de otra manera: desde Virginia Valli que fue la primera dama de Hitchcock en El jardín de la alegría hasta Tippi Hedren en Marnie, la ladrona.

            En casi todos los capítulos Donald Spoto sigue la misma estructura: primero  introduce a las diversas actrices, hablándonos un poco de sus vidas antes de conocer a Hitchcock; luego pasa a contar la relación que mantuvieron con él en los rodajes, y finalmente qué fue de ellas después de dejar el plató. A Donald Spoto le interesa sobre todo esclarecer el motivo por el cual Hitchcock mantuvo una actitud de amor-odio con la mayoría: Admirador de Madeleine Carroll durante un momento y cruelmente despectivo al siguiente, Hitchcock la mantuvo en guardia durante todo el rodaje. Aquella fue la primera muestra de un rasgo que marcaría en el futuro sus relaciones con la mayoría de sus actrices protagonistas: atracción y repulsión simultáneas, una mirada casi idólatra desde detrás de la cámara y el correspondiente deseo de humillarlas y rebajarlas. Tan contradictoria actitud dejó huella en el ambiente psicológico de sus películas más maduras, y en la vida real fue la conducta esquizoide responsable de que infligiera un daño considerable a sus actrices durante el tiempo que trabajó con ellas. (p.85)

            No sé hasta qué punto se puede considerar “un daño considerable” para una actriz que el director le exija –echando por tierra los deseos de ella –ponerse un traje de chaqueta gris (Kim Novak en Vértigo) o que tenga que repetir muchas veces una escena (la famosa escena de Janet Leigh en la ducha para Psicosis). Tampoco que Hitchcock no tuviese ningún reparo en contar cientos de chistes verdes delante de ellas, así como apenas dirigirles (ni a ellas ni a los actores) ni ofrecerles más apuntes sobre los personajes que tenían que interpretar. ¿Esto es tan horrible? En algunos momentos he tenido la sensación que a muchas les faltaba tomarse menos en serio las excentricidades de Hitchcock. Por eso me han gustado especialmente unas páginas en las que aparece en escena ¡tachán-tachán! la actriz Tallulah Bankhead (Naúfragos) que además de compartir con Hitchcock en el plató el gusto por las historias subidas de tono, su voz de barítono, su tosca sensualidad y rápido sentido del humor hacían de ella un personaje único, tanto en su profesión como en su vida social. Tallulah no se achicó con Hitchcock y por eso seguramente él no le causó ningún temor ni le abrumó con sus bromas.
            
<<Nunca la han confundido con un hombre por teléfono?>>, le preguntó el columnista Earl Wilson en una ocasión, a lo que ella replicó sin vacilar: <<No, ¿y a usted?>>. Según ella misma y sus biógrafos, sus amantes, hombres y mujeres, eran legión. Un día, en Nueva York, vio a un antiguo novio con quien no se había cruzado en ocho años, se le acercó corriendo y le gritó: <<¡Creía haberte dicho que esperaras en el coche!>> (p.158)

Resulta interesante volver a ver Vértigo siguiendo la lectura que hace de ella Donald Spoto. Alfred Hitchcock tenía fijación por las mujeres rubias y trataba de transformar a sus actrices en su ideal de mujer.  Supervisaba todo lo que tuviera que ver con su presentación en la pantalla, desde los peinados hasta el guardarropa, desde el maquillaje hasta los zapatos, desde los ángulos de cámara hasta el montaje final. (p.267) Esa obsesión por convertir a una mujer en las fantasías que uno tiene la vemos en Scottie Fergusson (James Stewart) con el personaje interpretado por Kim Novak (Madeleine/Judy):


<<Él te transformó, ¿verdad?>>, grita Stewart a Novak al final de la película, refiriéndose al hombre que <<creó>> a Madeleine partiendo de Judy. <<Te dio forma del mismo modo que yo te di forma a ti, solo que mejor. No solo fue el pelo y la forma de vestir, sino los gestos y la manera de hablar. Y luego, ¿qué hizo? ¿Te adiestró? ¿Te hizo ensayar? ¿Te dijo exactamente lo que debías hacer y decir? Fuiste una alumna aventajada, ¿verdad? ¡Sí que lo fuiste!>> (p.268)

            Y al final Donald Spoto nos reserva la que sí parece una relación un tanto enfermiza del genio con Tippi Hedren, que llegó a contratar a un espía para que le diera cuenta de todos los movimientos de la actriz cuando no estaba junto a él. Una relación que según François Truffaut mermó a Hitchcock: Estoy convencido –escribió François Truffaut –de que Hitchcock no volvió a ser el mismo después de Marnie la ladrona y de que el fracaso de la película mermó de manera importante su confianza en sí mismo. Eso no tuvo tanto que ver con su tropiezo en la taquilla (ya había sufrido otros) como con el descalabro de su relación personal y profesional con Tippi Hedren. (p.325) Marnie, la ladrona reflejaría parte de esa relación si vemos a Sean Connery (Mark Rutland) como Hitchcock y a Tippi Hedren (Marnie) como la propia Tippi. 

Marnie: “Lo único que quiero es que me dejes sola (…) Si quieres ayudarme sólo tienes un modo de hacerlo, y es dejándome en paz. ¿Aún no lo comprendes? Creo que está claro. No puedo soportar que me toques”.
Mark: ¿Y si intentásemos descansar? Mañana seguiremos discutiendo.
Marnie: “No hay nada más que discutir. Ahora ya sabes qué siento, y continuaré sintiendo lo mismo mañana y al día siguiente, y al otro y al otro…”
(…)
Marnie: “Para usted yo soy un animal más de los que acostumbra a capturar”.

            Jessie Matthews, Nova Pilbeam, Silvia Sidney, Teresa Wright, Joan Fontaine, Margaret Lockwood, Grace Kelly, Ingrid Bergman, Eva Marie Saint, Kim Novak…Todas cayeron presas en las garras de Hitchcock. Tuvieron que aguantar a un genio, que no por serlo estaba exento de debilidades y muchos muchos complejos. Lo tuvieron que padecer pero también formaron parte de películas maravillosas. Tenemos que agradecer que Hitchcock transformase  -no sólo a las actrices en su ideal- todas sus obsesiones en arte. También nos habla Spoto de la esposa de Hitchcock, Alma Reville y de la hija de los dos, Patricia Hitchcock. Pero por hoy basta de ejercer de papá Freud (como ejercían Ingrid Bergman en Recuerda, o Sean Connery en Marnie, la ladrona)  y  ya está bien de mirar y analizar. Dejemos la cámara y los prismáticos en el desván.

 Patricia L.D.

jueves, 16 de mayo de 2013

Banda Aparte (1964), de Jean-Luc Godard.

Aquí están los tres: Odile, Franz y Arthur.
Dos ladrones de poca monta junto a esa joven que, en medio de la clase de inglés y sin prestar atención a la profesora, saca el espejo de bolsillo para preguntarse en francés, si quitarse las gomas del pelo o no.  He ahí el mayor dilema en los años de juventud: Coletas o no coletas. Y a la mierda Shakespeare. Y a la mierda Thomas Hardy.

Al final Odile se suelta el pelo. Y entonces Odile sonríe. Odile fuma. Odile besa. Odile odia. Odile baila. Odile se vuelve poeta en el centro de la tierra. En esos días sacados de una historia de Kafka y un artículo de Larra lo mejor que se puede hacer es dar al Play y ver esta película. Como Odile también quiero fumar, bailar, sonreír, besar. Atravesar el Louvre con ellos, con el abrigo, las bailarinas y la falda escocesa, corriendo, corriendo, corriendo y en nueve minutos y cuarenta y tres segundos batir el récord de Jimmy Johnson de San Francisco. Correr, correr, ¡dos segundos menos que la marca de él!  Lo que importa no es contemplar los cuadros, sino pasarlos de largo. Atravesar el Louvre. Sin mirar atrás.Sin la mole del pasado. Llegar hasta el final.


Y mientras que los demás siguen observando los Giotto, los Rubens y los Rembrand  nosotros nos largamos en el descapotable, tragándonos las aceras, dejando que las gotas de lluvia choquen contra el cristal, contra nuestros cuerpos, poniéndonos el sombrero, quitándonoslo y volviéndonoslo a poner. Arthur&Franz con Odile en medio: leyendo, derrapando.
Cuando piensas que ya no queda rastro de silencio (músicos locos, lavadoras, secadoras, móviles, televisiones y radios) te pones “Banda Aparte” y descubres que todavía es posible el milagro de un minuto de silencio. Shh. Ningún sonido. Ya que no tenemos nada que decir guardemos un minuto de silencio, dice Franz. Vale, dice Odile, uno, dos, tres… Y entonces callan, y todo se queda en silencio. Ni las voces de los camareros, ni los vasos chocando contra las copas, ni las bolas de billar. Nada se oye en este bar en el que están los 3 perdiendo el tiempo. Dios, un minuto de silencio, dedicarse a perder el tiempo, silencio, silencio, silencio, no pensar en nada. Qué gusto.Y nos gusta tanto que rebobinamos la secuencia para recuperar ese minuto  que nos regala Jean-Luc Godard. Aquí están los tres metidos en esa burbuja silenciosa:


Aunque un minuto de silencio puede durar mucho. Un verdadero minuto dura una eternidad. Godard lo sabe, y por eso, ese minuto contenido en la película equivale a 36 segundos de nuestro  reloj de pulsera y  el de pared. Tenemos que reconocerlo, el silencio total da miedo. Mejor acompañado del ruido de las teclas del ordenador. Y de los pasos de un baile. De baile y teclado, los dos bien mezclados. Mientras ellos bailan yo tecleo entre paréntesis los sentimientos de cada uno de los tres:  

(Arthur se mira los pies pero piensa en la boca de Odile, en sus besos románticos. Odile se pregunta si se han fijado en que sus pechos se mueven debajo del suéter. Franz piensa en todo y nada. No sabe si el mundo se convierte en sueño o el sueño en mundo.)


“Banda aparte” va sobrada de frescura. De humor, de amor al cine, de tigres de Bengala, de bicicletas y juventud,  de cine negro, de presente, de levedad mezclada con pistolas, de silencio, de drama, de algún "te quiero" y de rombos en un jersey. Instantes que, una vez terminado el film, sabes que no regresarán jamás. ¿O quizá sí? Qué sé yo. Paso, pasito, paso.

Fin


Patricia L.D.



viernes, 3 de mayo de 2013

La libertad según Hannah Arendt, de Maite Larrauri.

La libertad según Hannah Arendt
Autora: Maite Larrauri
Ilustrador: Max
Páginas: 103
14,50 euros

Hace poco descubrí en la Biblioteca Pública de El Escorial la colección de Tándem Ediciones, “Filosofía para profanos”, una colección dedicada al ámbito del pensamiento que tiene como objetivo “facilitar el acceso a la filosofía de algunos autores, no explicando sus vidas o resumiendo sus teorías, sino ofreciendo, para cada uno de ellos, una llave con la que puedan ser leídos”. En las estanterías tenían dos libros de esta colección: “La amistad según Epicuro” y “La libertad según Hannah Arendt”. Me decidí por el segundo.

La autora, Maite Larrauri, empieza este libro contándonos la extrañeza que le causó encontrar en un artículo sobre la vida de Hannah Arendt (1906-1975)  escrito por su amiga Mary McCarthy (1912-1989) un halago a la belleza de sus piernas. Recordé entonces “Friedrich Nietzsche en sus obras” de Lou Andreas Salomé y busqué en sus primeras páginas: “Incomparablemente hermosas y de noble formación, hasta atraer de manera involuntaria hacia ellas la mirada, eran las manos de Nietzsche, de las que él mismo creía  que revelaban su espíritu”. Unas piernas, unas manos. Una buena manera de introducirnos en la obra de dos pensadores, Hannah Arendt en el artículo de Mary McCarthy, Friedrich Nietzsche en el libro de Lou Andreas Salomé, a través de sus cuerpos; una buena manera de no olvidar que la filosofía no nace de seres etéreos que hablan de ideas gaseosas. Quizá por ese motivo no le gustaba a Hannah Arendt que la denominasen filósofa: “ya que Arendt no se identifica con los filósofos que <<adoptan el color de los muertos>>, esto es, que entienden que deben liberarse del cuerpo y situarse al margen de la humanidad común y corriente”.

            Maite Larrauri luego se sumerge –nos sumerge- en el pensamiento de Arendt haciéndolo latir, dándole vida gracias a su exposición, a los párrafos elegidos de la obra de Hannah Arendt, y a los estupendos dibujos de Max.

            ¿En qué consiste “pensar”? ¿Por qué es peligroso hacerlo? ¿y no hacerlo, qué consecuencias tendría? ¿Cuándo coinciden el pensar y el actuar? ¿qué entendemos por libertad? Nos iremos a la plaza pública ateniense, nos encontraremos con Sócrates –¡ese tábano, ese pez torpedo, esa comadrona!- y nos veremos sometidos, como se veían sometidos los que se encontraban con él, a un sinfín de preguntas.

            p.23: “Pensar es una actividad más parecida a la que realizaba Penélope, que tejía durante el día y destejía durante la noche. Pero, a pesar de la ausencia de conclusiones definitivas, pensar nos impide ser crédulos y obedientes, no nos dejaremos tan pronto convencer por lo que todos dicen o por lo que dicten las modas o por los discursos oficiales. Nos habremos vuelto más atentos hacia lo particular, nos habremos alejado de las creencias comunes.
            Eso no significa que Arendt esté de acuerdo con el repetido dicho de que “pensar nos hace libres”: sólo pensar no nos hace libres, porque la libertad se muestra en la acción, en la intervención en el mundo para hacer aparecer algo que previamente no existía. Pensar es un ejercicio en soledad y, en cambio, ser libre es actuar, lo que requiere la participación de otros seres humanos.”

            “La libertad según Hannah Arendt”, como en los objetivos señalados al principio de esta colección es nada más –ni nada menos –que una llave para abrir la obra de Arendt, porque seguramente despertará a muchos lectores el deseo de leerla.

En junio se estrenará la película “Hannah Arendt” de Margarethe von Trotta. Se centra en la época que Arendt estuvo como reportera en la revista The New Yorker en el proceso contra el teniente coronel de las SS Adolf Eichmann y que dio lugar a su libro “Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal.”
           
            Patricia L.D.
           






Otros libros de la colección "Filosofía para profanos":

- El deseo según Gilles Deleuze.
- La sexualidad según Michel Foucalut.
- La guerra según Simone Weil.
- La felicidad según Spinoza.
- La potencia según Nietzsche.
- La amistad según Epicuro.
- El ejercicio según Marco Aurelio.
- La educación según John Dewey.

martes, 19 de marzo de 2013

HA DEJADO DE LLOVER, de Andrés Barba.



Ha dejado de llover
Andrés Barba
Anagrama, 2012
200 páginas
16,90 Euros; Versión Kindle: 12,34.


Ha dejado de llover, de Andrés Barba (Madrid, 1975) contiene cuatro nouvelles: Paternidad, Astucia, Fidelidad y Compras. Cuatro novelas breves que tienen en común el situarse en Madrid, centrarse en la familia, y <<ser distintas variaciones del mismo tema: una persona, súbita y accidentalmente, entiende por fin la vida de otra>>.

            Sorprende la sutileza con la que el autor ahonda en los pliegues y repliegues de las relaciones familiares, especialmente entre madres e hijas (en Paternidad entre padre e hijo). Unas relaciones en las que hay “algo” que obstaculiza el trato, no cede, oprime, no deja moverse con desenvoltura. “Algo” que es difícil verbalizar, unas veces porque se desconoce qué puede ser ese “algo” (se siente, pero del mismo modo que un niño siente la presencia de un fantasma en la oscuridad); otras, teniendo más claro el problema, no se tiene la presteza necesaria –por falta de costumbre –para encontrar las palabras exactas y existe el miedo a no ser entendido por el otro; o por sentir que se está atravesando un campo de minas, y por mucho cuidado que se ponga, tarde o temprano una de ellas nos va a explotar. Pero lo que caracteriza a estas cuatro historias es que al final nada salta por los aires, ya que todo de una forma natural –sin más –se resuelve: de un modo instantáneo –imprevisto – la vida sitúa a cada uno de los personajes en los que se centra cada una de las historias, en un momento en el que ya comprende al otro. Entonces recordamos el título del libro y su acierto: ha dejado de llover. Y terminamos la historia y miramos por la ventana –del mismo modo que mira ese maniquí de la portada- como cuando deja de llover, y sentimos cierta calma; o si estamos fuera de casa, reanudamos nuestro caminar donde lo habíamos dejado. Ese poso nos deja sus finales, aunque por el camino la atmósfera que nos ha acompañado es de cierta tristeza. La de asistir a la vida de unas personas que no sólo han heredado los gestos de sus padres, el color de sus ojos o de su pelo, también toda una <<herencia sentimental>> (tema que le interesa al autor) que de un modo u  otro les hace moverse con cierta torpeza entre los lazos familiares, que aunque no son elegidos, no dejan de formar parte de nosotros.

            Gracias a la prosa de su autor, que sabe detenerse, observar, prestar atención a temas tan cotidianos y sin embargo, tan difíciles de aprehender con las palabras, asistimos a los vericuetos de la intimidad de unos personajes a los que nos gustaría, en más de una ocasión, tenderles las manos, o quizá ese abrazo que sabemos que deberíamos dar más a menudo y muchas veces, también por torpeza, no damos.

Delicatessen
Patricia L.D.


Del libro: Andrés Barba (Madrid, 1975) se dio a conocer en 2001 con La hermana de Katia (finalista del Premio Herralde y llevada a la gran pantalla por Mijke de Jong), a la que le siguió un excelente libro de nouvelles titulado La recta intención, y cinco novelas más que le confirmaron como una de las firmas más importantes de su generación: Ahora tocad música de baile, Versiones de Teresa(Premio Torrente Ballester), Las manos pequeñas, Agosto, octubre y Muerte de un caballo(Premio Juan March). En colaboración con Javier Montes recibió el premio Anagrama de Ensayo por La ceremonia del porno y es también autor, junto al pintor Pablo Angulo, del Libro de las caídas. Fue elegido por la prestigiosa revista Granta como uno de los mejores narradores jóvenes en español. Su obra ha sido traducida a diez idiomas.
           

martes, 12 de marzo de 2013

PERSONA, de Julián Marías.

"Hay que insistir en la idea de que la persona es alguien corporal: alguien, no algo."

                                De una conferencia de Julián Marías.

Hace unos días me encontré con Javier Lee, compañero del club de lectura, en la biblioteca de San Lorenzo de El Escorial. Seguí su recomendación y cogí una película de un director y escritor que hemos reseñado por aquí: Philippe Claudel. La película me gustó mucho, pero hoy no quería comentar esa película, sino cómo en ese espacio público que es nuestra biblioteca a la vez que espacio para muchos ensimismamientos, entre recomendaciones y una conversación acerca de nuestros trabajos, cada uno de nosotros ya estaba seleccionando sus libros para llevárselos después. Es decir, que de modo simultáneo estábamos intercambiando opiniones y –sin comunicárnoslo el uno al otro –elegíamos proyectos de lectura para los próximos días: esos libros, que al poco rato, estaríamos cogiendo en préstamo.

            Uno de los que elegí fue “Persona”, de Julián Marías (1914-2005). Un ensayo del filósofo, en el que intenta esclarecer qué es la persona, y en el que nos podemos encontrar con las ideas –que me han llevado a introducir el libro como lo he hecho –del ensimismamiento (retracción o retiro a la interioridad) y la convivencia (relación interpersonal). Julián Marías no se centra más en una de las dos, por la sencilla razón, que no concibe la persona sino en la simultaneidad de ambas. p.41: Junto a su esencial apertura, la persona es un <<dentro>>, un ámbito (…) no consiste solo en actos y gestos, sino a la vez, en inextricable mezcla con ellos, imágenes, recuerdos, evocaciones, expectativas, deseos, nostalgias, sentimientos de toda índole que coexisten con la vida exterior, de la que son testigos los demás. En ambos <<mundos>> vive simultáneamente el hombre.

            Me acuerdo, ahora, de la secuencia de “Annie Hall” (Woody Allen, 1977) en la que los personajes de Diane Keaton (Annie) y Woody Allen (Alvy Singer), aparecen –poco después de conocerse –conversando en la terraza de un piso. Por un lado asistimos a lo que se dicen, al diálogo que mantienen, y por otro lado vemos los pensamientos que no se dicen, el diálogo que mantienen cada uno de ellos, con sus respectivos gustos, deseos, proyectos, etc.



Un guiño a esta escena lo encontramos en “500 días juntos” (Marc Webb, 2009) donde Joseph Gordon-Levitt (Tom) va a casa de su exnovia, Zooey Deschanel (Summer) y por un lado se muestra en la mitad de la pantalla lo que está ocurriendo (realidad) y en la otra mitad lo que le gustaría a Tom que ocurriese (expectativas). Secuencias que nos sirven como ejemplos de andar por casa, sobre lo que Julián Marías dice también acerca de la persona, y que guarda relación con nuestra distensión temporal (no somos simplemente presente). P.122-124: Lo decisivo, lo que da a la persona un puesto único en el conjunto de todo lo conocido con intuición y que permite la experiencia, es la inclusión de la irrealidad en su realidad. Podríamos decir que lo real no es más que real, y en ese sentido, presente. La persona, no: es desde luego pasado y futuro, memoria de lo que fue, y que sigue actuando, formando parte de lo que <<es>>, y sobre todo futuro incierto, anticipación o proyecto, y consiste primariamente en ello.

La persona, por ese componente de irrealidad del que habla Julián Marías, está en proceso, somos constante innovación, ya que no tenemos una constitución prefijada, dada, cerrada, y por lo tanto, no se puede decir de una persona <<esto es>>. P.32: El animal está <<dado>>, no solo en lo que es como organismo, sino en el repertorio de sus acciones que tiene que realizar; pero que están ya determinadas por su especie; en eso consiste su naturaleza. En el hombre, por el contrario, se introduce la irrealidad –el futuro incierto –como constitutivo de su realidad, ya que está presente proyectivamente en la persona. El repertorio de sus acciones posible, no solamente no está realizado, sino que no está ni siquiera dado como pauta fija, ya que la persona es libertad intrínseca e inseguridad.

            Ligadas a estas ideas que nos pueden ayudar a comprender qué es la persona, Julián Marías nos habla de la vocación, del amor, de la amistad, de la función que ha tenido la literatura a la hora de entender qué es la persona, de la autenticidad/inautenticidad… Después de leer el libro y escribir estas pocas líneas sobre él, me pregunto: ¿pero todo esto se puede meter en un librito de 180 páginas? Creo que no. Creo que este ensayo, como tantos otros, es una invitación a seguir dando vueltas a temas que siempre tendrían que estar repensándose, y para referirnos a ellos, tomamos prestadas  palabras que dedica Marías a la persona: están siempre abiertos, son inagotables, tienen siempre nuevas posibilidades no ensayadas. Quizá, este ensayo sea una llamada a la reflexión –si es que no la hacemos día a día - a cada uno de nosotros para ir ensayando esas otras posibilidades, y de las que dependerá en gran medida nuestra forma de interactuar con los demás y de vivir nuestra vida.

Difícil entender el lugar al que se está relegando ¿hoy? a la filosofía. Difícil también encontrar libros como “Persona”, y no lo digo porque no se publiquen libros que nos puedan interesar tanto como el de Marías, sino porque es difícil hacerse con él. Por iberlibro he visto que lo tienen en unas pocas librerías y como lleva años descatalogado su precio oscila entre los 25 euros y los 126.  En fin. Menos mal que todavía es posible descubrirlo (no había oído hablar de él) en algunas bibliotecas públicas que no han tenido que cerrar sus puertas.


            Puede resultar interesante, después de leer este libro, ver “El séptimo continente” (Michael Haneke, 1989) para descubrir en imágenes la despersonalización y el ocultamiento de la persona, también temas que investiga Marías. Agradezco a Rubén R. su propuesta de visionarla. Ha sido un acierto.

            pp.28-29: La despersonalización, que no puede ser total, hace que algunos lleguen a la muerte, al balance total, con una impresión desoladora: <<no he vivido>>. Lo interesante es que puede coincidir con una vida llena de acción, contenidos y éxitos; pero todo se siente <<ajeno>>, un error respecto a lo que había tenido que ser la vida de esa persona única, que se descubre, diríamos, en hueco, al entrar en últimas cuentas consigo.

            p.50: La dispersión habitual de la vida hace problemática la concentración, condición imperiosa para el hallazgo de la propia persona. (…) Es improbable que el hombre de nuestro tiempo se pregunte por su destino último, lo que le haría tropezar con su realidad personal, porque su atención está absorbida por las noticias, por las preocupaciones impuestas por la burocracia, las regulaciones de todo orden, los quehaceres profesionales, raras veces conexos con la vocación, la anticipación de la percepción de las subvenciones, jubilaciones, pensiones, servicios públicos, hasta una muerte vista con ojos <<administrativos>> y que se presenta como un mero término de la vida, sin lugar a un balance personal y un interrogante acerca de la posibilidad de un destino ulterior.

            p.125: el hombre sabe que podría no haber nacido, y esto lo obliga a la vez a imaginar y proyectar su vida y a justificarla, a tratar de darle sentido –se entiende, buen sentido, ya que la posibilidad del absurdo acompaña a la conciencia de contingencia, es una permanente tentación.


Patricia L.D.



lunes, 18 de febrero de 2013

MALDITO KARMA, de David Safier.

Algunos recordaréis la película A propósito de Henry (Mike Nichols, 1991) en la que Harrison Ford interpreta al personaje Henry Turner, un abogado al que sólo le interesa el dinero y el  éxito y que por conseguirlos no tiene miramientos en  esconder pruebas o tergiversar hechos si es necesario. Un día recibe un disparo, y aunque no muere, sí pierde la memoria. Una vez recuperado tiene que aprender lo desaprendido tras el accidente, y volver a iniciar la vida donde la dejó, con la curiosidad prácticamente de un niño y con el asombro de quien va descubriendo  que no se siente nada identificado con  aquella persona que supuestamente era él. Como si ese disparo además de la memoria le hubiese volteado la escala de valores a la hora de afrontar la vida. Su familia que antes estaba en un segundo plano, pasará al primero, y en el trabajo no se encuentra nada cómodo.


Maldito Karma, D.Safier
Seix Barral,2009.
320 págs.

¿Por qué menciono A propósito de Henry para hablar de Maldito Karma, la novela de David Safier (Bremen, 1966)  que ha vendido no sé cuantos millones de ejemplares? Porque el argumento es prácticamente el mismo, aderezado con el toque de la reencarnación. Si se fijan en la portada, esos animalillos son Kim Lange en versión reencarnada. Antes de su primera muerte, Kim era una famosa presentadora de TV que al igual que Henry Turner, no tenía ningún inconveniente en pisotear a quien fuera con tal de mantenerse en primera línea. Tampoco le importaba no disponer de tiempo para estar con su familia. Un día muere y entonces descubre que ha desperdiciado toda  su vida en tonterías y se ha olvidado de lo importante: su querido marido Alex y su querida hija Lilly. A partir de ahora, hará todo lo posible por recuperarles. Para conseguirlo tendrá que ir acumulando buen karma, haciendo buenas obras y con la compañía de un curioso amigo, Casanova (sí, el famoso conquistador que nos le encontramos casi al principio de la historia en estado-hormiga, y del que podremos leer fragmentos de sus Memorias en notas a pie de página). Juntos vivirán aventuras a lo Alvin y las ardillas, y tratarán de ir subiendo, reencarnación tras reencarnación, en la escala animal, hasta cumplir sus objetivos.

                Maldito Karma da lo que promete, ni más ni menos: un rato de diversión. Un libro para desconectar de un día ajetreado, o para reírte un poquito. Lo que me hubiese gustado es que David Safier hubiese trabajado más la verosimilitud y el tratamiento de los personajes. Porque está bien que circulen este tipo de libros que no tienen más pretensiones que el entretenimiento, pero unos mínimos no estarían de más. No llegas a creerte mucho a Kim Lange, una mujer que cada vez que se reencarna lo  hace en animales más “evolucionados” gracias a sus buenos actos, pero resulta que esos buenos actos están al nivel de su comportamiento al principio de la historia: para conseguir lo que quiere se sigue llevando por delante todo lo que haga falta. Si leen el libro, descubrirán muchas incongruencias de este tipo; la narradora de la historia,  que también es Kim, no sabe sólo lo que le pasa a ella, sino también todo lo que piensan los demás, como si estuviese dentro de sus cabezas; o parece la Samantha de Embrujada, en el sentido de que todo lo que quiere, termina consiguiéndolo y prácticamente al instante, sin justificarse  en ningún momento a qué se debe este poder; por no mencionar lo planos que son los personajes; lo que no quita que la historia resulte simpaticona, se lea  de un tirón -predominan los diálogos que además fluyen bien, no en vano el autor es también guionista de televisión- y bueno, a veces el cuerpo te pide más que una historia, una historieta.

                Lo recomiendo para días de playa.

Patricia L.D.

domingo, 27 de enero de 2013

La mujer de sombra, de Luisgé Martín.

Luisgé Martín
Anagrama,  2012.
232  págs.
16,06 €. Versión Kindle: 13,29 €.

"Yo creo que la verdad es muchas veces perniciosa", La mujer de sombra.

"¿La verdad? Puede que no la soportaras", Abre los ojos.

Leyendo “La mujer de sombra” de Luisgé Martín (Madrid, 1962) me he acordado en varios momentos del cine de  Alfred Hitchcock.

            Primero: porque nos encontramos con un personaje, en este caso Eusebio, que lleva una vida bastante normal y de la noche a la mañana todo su mundo pega un giro. Entonces algo que es más fuerte que él le lleva a convertirse en una especie de detective, en un hombre que quiere saber a toda costa la verdad, aunque ésta sea insoportable. El giro empieza el día que su amigo Guillermo le cuenta que al margen de su matrimonio también mantiene una relación sadomasoquista con una mujer que se apoda Marcia. Cuando Guillermo muere, Eusebio sentirá la obligación de ir a darle la noticia a Marcia. Se enamora a primera vista e inicia una vida con ella. ¿Pero cuál es el problema? Que la mujer de la que se enamora, no tiene nada que ver con esa persona de la que le hablaba Guillermo. A él no le humilla, no le amordaza, no le pega, sólo recibe ternura y caricias. ¿Quién es Marcia/Julia? Ya tenemos los ingredientes para que se desencadene la historia –trepidante, vertiginosa –de una obsesión.

            Segundo: Eusebio pondrá todos los recursos que estén a su alcance para saber más de la ¿doble vida? de Julia. Chantajeará a un profesor para que le diga cómo acceder a la contraseña del ordenador de Julia, la espiará, chateará por páginas similares en las que Guillermo entraba y gracias a las cuales conoció a Marcia.  Ahí entablará trato con personas que también usan apodos, también se inclinan por el mundo de las perversiones sexuales, y también, si se las trata fuera del mundo virtual, parecen equilibradas, “normales”. Como el reportero y su novia de "La ventana indiscreta" que sin remilgos se saltarán las reglas que haga falta (espiar, allanamiento de morada, etc.)

            Tercero: la importancia de los dos nombres. Guillermo/Segismundo; Marcia/Julia; Nicole/Olivia. Cómo no recordar aquella dualidad en “Vértigo” de Madeleine/Judy. Y la obsesión del personaje interpretado por James Stewart (Scottie) por recuperar a Madeleine, de transformar si es necesario a Judy en la difunta Madeleine. En un momento concreto de "La mujer de sombra", parece que nos metemos en una escena de esta película o en el guiño que le hizo Amenábar en “Abre los ojos”:  P.106: “Al ver a Marcia, como si fuera un espíritu o una aparición angélica, sonríe: cierra de nuevo los ojos.” En “Abre los ojos” también encontrábamos el desdoblamiento  Sofía/Nuria; Apariencia/realidad.

Fotograma de "Vértigo" (1958), de Alfred Hitchcock.


Fotograma de "Abre los ojos"(1997), Alejandro Amenábar.


            Cuarto: el lector, como el espectador de las películas de Hitchcock, siente que está leyendo/viendo una parte tan privada de los otros que no tendría que estar ahí. Se siente un voyeur.

            Eusebio se meterá cada vez en un mundo más oscuro, de secretos, de querer saber qué ocultan las personas que le rodean, no sólo a los que va conociendo en chats, también personas con las que ya mantenía trato. Y sobre todo descubrirá a lo largo de esta búsqueda su lado perverso, su gusto por las aberraciones. Hasta que un día, hechizado, fascinado, cruzará el límite. ¿Hay vuelta atrás? También leyendo recordamos a Dorian Gray, al doctor Jekyll y Mr.Hyde, referencias mencionadas en el libro. “Piensa en Dorian Gray: se le ennegrece el alma, pero su rostro se conserva armonioso y puro.” (p.218); “Eusebio sabe ahora que la única felicidad posible es la que no se forja a costa de esconder los vicios. La felicidad del doctor Jekyll, que no mancha nunca su virtud con los actos abominables de mister Hyde. Olvidarlo todo para poder volver a perpetrarlo luego.” (p.225).


            Narrada en tercera persona, dividida en secuencias breves, con un estilo que atrapa desde el primer momento,  la novela se lee a un ritmo casi frenético, el mismo con el que recorre Eusebio el camino que ya no tiene posibilidad de recorrerse en sentido inverso. Y como en Hitchcock, suspense, tensión, los vericuetos psicológicos, algún McGuffin, y alguna que otra ventana indiscreta.
 
            p.173: “Ésa es la verdadera fascinación, el deslumbramiento: saber cómo se comportan a la luz del día los seres aberrantes, cómo se disfrazan. Ver la bondad de los vampiros y la ternura de los monstruos.”

Patricia L.D.



miércoles, 23 de enero de 2013

LA LUZ DIFÍCIL, de Tomás González.

 
TOMÁS GONZÁLEZ
La luz difícil
Alfaguara, 2012
136 páginas. 16,15 €
Entre las palabras y el silencio.


En “La luz difícil” de Tomás González (Medellín, Colombia, 1950) el narrador nos dice: el tiempo es materia elástica que depende de la alegría y la aflicción. Y precisamente “La luz difícil” es una historia que fluye a través de esa concepción del tiempo, y no por la otra más rígida que queda atrapada en un reloj de pulsera, o en uno gigante de alguna estación de tren. En esta historia todo fluye al ritmo del pulso vital de David, un hombre de setenta y ocho años que pondrá por escrito en una pila de folios sus memorias: tanto lo que le dio gozo, como lo que le consumió. Aunque la vista ya le falla y empieza a ver las formas del mundo onduladas y líquidas, guarda los momentos compartidos con su mujer, sus tres hijos, sus estudios sobre la luz, sus cuadros, su mirada, “todo eso, con todo detalle, aquí conmigo”. Y puesto que ya no puede pintar cuadros, pintará con palabras tintadas de mora la vida. Una vida, que como todas, no está exenta de dolor. En este caso, de mucho dolor, como es el tener que enfrentarse a la decisión de un hijo de no querer seguir viviendo. Y no porque no se tengan ganas de vivir, sino porque el dolor físico es insoportable, tanto que llega un momento en el que ya no se puede seguir describiendo con palabras: “<<indescriptible>> es la última palabra que se pronuncia antes de que se acaben todas las palabras y quede sólo la sordomuda brutalidad del hecho”.


            ¿Se puede describir ese otro dolor que sienten unos padres ante el sufrimiento de un hijo, la inminencia de la programada muerte, y la ausencia posterior? Tomás González en una entrevista que le hicieron con motivo de la presentación del libro, contestaba que se puede, pero si no es en el momento en el que transcurren los hechos. “En el presente, el sentimiento de dolor es tan grande que no permite expresión”. En este caso, las palabras, al igual que ocurre con el dolor físico intenso, son suplantadas por “la sordomuda brutalidad del hecho”. Y de ahí la elección de un personaje que cuente lo vivido desde muchos años después.


            En la literatura, como en la vida, no hay blanco y negro, todo es más complejo, y por eso leyendo “La luz difícil” descubrimos/sentimos que todo está más allá de los posibles debates que giren en torno a si uno está  a favor o en contra de la eutanasia. Es fácil opinar, incluso dar razonamientos complejos para inclinarse hacia un lado o hacia otro, pero un buen libro (y en este caso además muy bello, poético) es una bomba contra todas esas palabras. Cómo nos gusta enredarnos. También al narrador de esta historia antes de pasar por ese horror, era un hombre propenso a entretenerse en “telarañas brumosas” y “tristezas arbitrarias” pero cuando le golpea de frente y bien fuerte la vida, siente entonces que todo aquello tenía mucho de imaginario, de mero entretenimiento. Y qué importa entonces ya el reconocimiento ajeno por las obras, y tantas otras preocupaciones que ahora se presentan ridículamente ociosas.


            Me gusta la calidez y belleza con la que se cuenta esta historia, me gusta la placidez de la mirada de David, su vejez, esos ojos que empiezan a cerrarse a las formas que le rodean pero que sin embargo ha aprendido a ver de otra manera: “En la vida se mezclan los hechos grandes con los pequeños, y con el mucho paso del tiempo las perspectivas se pierden. Qué es lo pequeño, qué es lo grande, nadie sabe. Nadie sabe si hay cosas menos importantes que otras. Nadie sabe si las cosas tienen algún orden o son arbitrarias.”

Patricia L.D.


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jueves, 17 de enero de 2013

LA CINTA BLANCA (MICHAEL HANEKE, 2009)






Título: La cinta blanca
Dirección: Michael Haneke.
País: Francia, Alemania, Austria
Año: 2009. Fecha de estreno: 15/01/2010
Duración: 145 min.
Género: Drama.
Reparto: Ulrich Tukur, Susanne Lothar, Josef Bierbichler, Burghart Klaußner, Marisa Growaldt, Janina Fautz, Michael Kranz, Jadea Mercedes Diaz, Michael Schenk, Steffi Kühnert
Distribuidora: Golem Distribución
Productora: Les Films du Losange, X-Filme Creative Pool, Wega Film.


Puro Haneke: pero en blanco y negro.

Me cuesta imaginar a un espectador de “La cinta blanca” comiendo palomitas. Más: no me imagino a ningún espectador viendo una película de Michael Haneke comiendo nada, porque todas sus películas han terminado poniéndome mal cuerpo (especialmente las 2 “Funny Games”, “La pianista”, “Caché”, y la recién estrenada en nuestro país y nominada este año a 5 Oscars: “Amour”). Encontrar una sonrisa en su mundo nos ayudaría como asidero al que agarrarnos para coger aire y  seguir con el visionado, el “problema” es que en  pocas aparece esa sonrisa, aunque en “La cinta blanca” por lo menos vemos las que intercambian una pareja de enamorados. Precisamente la voz en off con la que arranca la película y que nos irá contando la historia que acontece en un pueblo del norte de Alemania, pertenece al enamorado –ya anciano –que tratará de dar cuenta de los extraños accidentes que tuvieron lugar y que serían el germen de algo de insospechado alcance: “Quizás así se aclaren los acontecimientos que ocurrieron en este país.” El film podría verse como una reflexión –con la que podremos estar de acuerdo o no –acerca  de los orígenes del nazismo.

            Los niños de este pueblo tienen las caras marchitas (como siempre, impresionante el trabajo que hace el director incluso con actores y actrices no profesionales). Desde muy pronto se les inculca que todo lo que se salga de la moral reinante será castigado con palos. Niños, que a su vez, pasarán de ser víctimas a convertirse en verdugos. Haneke: “Quería contar una historia en la que unos niños, elevaran a categoría de regla absoluta los ideales que les inculcaron sus padres. Ahora bien, si convertimos un ideal en regla absoluta, se vuelve inhumano, es en cierta manera, la raíz de toda forma de terrorismo”.

             La elección de rodar la película en blanco y negro no es baladí (¿lo es algo en este director tan perfeccionista?) ya que Haneke lo asocia a la memoria/recuerdos tanto individuales como colectivos. Subrayar la brillante fotografía. Podríamos robar muchos momentos y enmarcarlos como cuadros. Unos cuadros en los que si estuviésemos dentro nos sentiríamos, eso sí, como el pájaro enjaulado del Pastor, o como sus hijos, carentes de nada que se aproxime al libre albedrío, a la capacidad de elegir. Parece que aquí  sólo hay una opción: la crueldad.

            Al director austriaco se le ha puesto la etiqueta de pesimista, no obstante, yo le veo como el narrador de “La cinta blanca”, en el sentido que si esa voz en off quiere dar cuenta de algo es porque confía que al contarlo podría revelarnos una forma de conocimiento que nos serviría quizá para comprender un poco más la condición humana, aunque lo que nos muestre no nos resulte  agradable. Frente a esa etiqueta de pesimista, el propio director dice: “Para mí pesimistas son lo que hacen películas para atontar a la gente. Piensan que no vale la pena hablar de cosas de verdad. Hace falta cinismo para sacarle el dinero a la gente y hacer un cine balsámico. Eso sí que es pesimismo.”

            No sólo recomiendo “La cinta blanca”, sino todo el cine de este director. Toda su obra forma un conjunto coherente con su apuesta por diseccionar las enfermedades de nuestra sociedad. Pero eviten verlas comiendo. Palomitas o lo que sea.

Patricia L.D.   
     Nota. Premios destacados: Palma de Oro en el Festival de Cannes; Premios del Cine Europeo (Película, director, guión); Globo de Oro a la mejor película extranjera.